“Por más horrendos que sean sus métodos y primitiva su ideología, negar que las FARC son una fuerza militar, con capacidad de mando y acción, es tan ilusorio como intentar sostener, después de lo sucedido en Nariño, Putumayo y Antioquia, que la violencia subversiva se reduce a un puñado de terroristas”.
El conflicto armado colombiano
Las Fuerzas Armadas sufrieron cerca del cañón de La Llorona, en el Urabá
antioqueño, un nuevo golpe -el tercero en algo más de una semana- a manos de las
FARC. Los 16 infantes de marina muertos y 25 heridos en el ataque a la base de
Iscuandé (Nariño), el primero de febrero, los 7 muertos y 4 heridos más en Santa
Ana (Putumayo), al día siguiente, y los 16 caídos en combate este miércoles
suman casi 40 militares muertos y otros tantos heridos entre el primero y el 9
de este mes. Una cifra de bajas que no se presentaba hace mucho.
Utilizar esas acciones como argumento para desvirtuar la política de
seguridad democrática del Gobierno sería un exabrupto, pues distan de cambiar la
ecuación militar. Pero constituyen serios llamados de alarma y son una nueva
prueba de que el conflicto armado es una innegable realidad.
El combate
de La Llorona tuvo lugar en el estratégico acceso al Urabá antioqueño, en una
zona donde las FARC no hacían un ataque de envergadura hace tiempo y que, hasta
la desmovilización del Bloque Bananero de las Auc, estaba taponada por los
paramilitares. Además, fue cerca de una retaguardia profunda de los ´paras´, en
el sur de Córdoba. En otras acciones recientes, poco publicitadas, las FARC han
copado la carretera Popayán-Pasto y quemado varias fincas en Sucre, en Montes de
María, donde se prepara una nueva desmovilización. Lo cual añade el delicado
interrogante de hasta dónde el Gobierno está en capacidad de copar las zonas que
van abandonando los paramilitares.
Aunque sería prematuro concluir que
el repliegue de las FARC ha terminado y puede estar dando paso a una ofensiva,
sí hay que señalar que, después de dos años y medio de sistemática persecución
por parte de las Fuerzas Armadas, esa guerrilla está en capacidad de propinar
golpes contundentes. Han sido acciones militares de cierta envergadura, que
indican disciplina operativa y capacidad de mando centralizado a nivel nacional.
Y que los tres golpes hayan tenido lugar por fuera del área del Plan Patriota
refleja una táctica de las FARC para obligar al Ejército a distraer fuerzas de
su ofensiva principal contra sus retaguardias estratégicas en Caquetá y
Guaviare.
Son hechos militares con significado político, que colocan la
estrategia de seguridad democrática ante un desafío que no había enfrentado en
lo que va de este gobierno. Habrá que ver si las FARC convierten esto en un
patrón y están en capacidad de sostenerlo. O si se trata de coletazos para
tratar de quitarse de encima la presión en el sur. Eso aún no está claro. Como
tampoco lo está que afecten negativamente el prestigio de la política de
seguridad: las encuestas apuntan, más bien, a que, ante estos reveses, la
mayoría de la población urbana tiende a cerrar filas en torno al Presidente y su
política. Pero si continúan repitiéndose, el efecto, militar y de imagen, puede
ser muy negativo.
Por lo pronto, estas acciones ya han tenido un efecto,
y bien contundente: poner seriamente en cuestión la idea oficial de que en
Colombia no hay conflicto armado. Por más horrendos que sean sus métodos y
primitiva su ideología, negar que las FARC son una fuerza militar, con capacidad
de mando y acción, es tan ilusorio como intentar sostener, después de lo
sucedido en Nariño, Putumayo y Antioquia, que la violencia subversiva se reduce
a un puñado de terroristas.
El conflicto armado colombiano es viejo,
persistente, tozudo. Está extendido por la geografía nacional y tiene lejanas
raíces históricas, desdibujadas motivaciones políticas y profundos entronques
rurales. Y ya sabemos de sobra que a la guerrilla no se la derrota a punta de
titulares, adjetivos ni juegos semánticos. Eso es oponerle el léxico a la
realidad. Y con una realidad tan testaruda como la colombiana, eso no parece ni
sabio, ni eficiente.
Fuente: El Tiempo
(Colombia)
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