Trató de reformar el socialismo marxista, pero acabó por desmontarlo.
En marzo de 1985, un hombre salido del aparato del Partido Comunista de la URSS, verdadero motor de la nación más extensa del mundo, Mijail Gorbachov, pasó a ocupar la secretaría general del mismo. Era joven en comparación con sus antecesores, pero no se pensó que traería un completo rejuvenecimiento del Estado, la sociedad y el bloque dominado por Moscú.
Eugenio Gómez Martínez
De paso, el rejuvenecimiento se convertiría en el fin del “socialismo real”, más
comúnmente llamado comunismo, aunque hay una buena carga de propaganda en la
afirmación.
Gorbachov y los jóvenes pensantes de la URSS ya para
entonces estaban convencidos de que el sistema imperante no daba más: la
economía era incompetente ante el modelo capitalista, la corrupción imperaba en
los dirigentes, en política solo se conocía la fórmula de la fuerza y el Kremlin
derrochaba enormes sumas para mantener la carrera armamentista con E.U. Aunque
no se puede negar que tras la denominada cortina de hierro se vivía en cierta
tranquilidad y que la seguridad social beneficiaba al común.
De todas
maneras, había que reformar el socialismo o volver a sus fundamentos, según la
fórmula de Gorby. Ideó la Perestroika (reestructuración) sobre todo de la
economía; el Glasnost (transparencia) básicamente de la información (antes
ahogada por la censura); y la Democratizatziya, democratización en pueblos
acostumbrados a la dictadura. Decidió negociar con el presidente Reagan la
reducción de armamentos, ordenó retirar de Afganistán las tropas que
abusivamente enviaron sus predecesores e hizo saber a sus satélites de Europa
oriental que podían adoptar el camino que quisieran, en contra de la Doctrina
Brezhnev, que imponía un solo modelo. Pero ¡aquí fue Troya! Porque reformar no
iba a ser algo fácil. Querido en Occidente, pero no apreciado en su tierra, a
partir de su intentona, comenzó a patinar.
Los nuevos dirigentes
implementaron una organización de corte mercantilista en reemplazo de la
controlada por el Estado, pero si esta no funcionaba bien, aquella empezó a
trastabillar; el debilitamiento del control gubernamental dio pie a que el
Partido perdiera las riendas que tan cerrilmente había llevado y el separatismo
de las repúblicas que componían la URSS produjo su implosión; los países
alineados con Moscú se sacudieron el yugo; y Gorbachov perdió el poder a manos
de un ex comunista caracterizado por su oportunismo: Boris Yeltsin.
Los
ciudadanos de la que fue la URSS, repartida a partir del 91 en quince
repúblicas, descubrieron que ya sus respectivos estados no les brindaban
subsidios para productos de consumo esenciales; como empresarios y simples
empleados y obreros, habían trabajado confiando siempre en la sobreprotección
gubernamental, ahora difícilmente entendieron que tenían que convertirse a una
modernización tecnológica que les exigía eficacia. Fueron llamados a votar en
elecciones relativamente libres, pero no estaban acostumbrados; como resultado,
quedaron sometidos a formaciones y dirigentes inescrupulosos, como el sucesor de
Yeltsin, el actual presidente Putin.
En teoría, el comunismo era
internacionalista, pero cuando se desmontó en Rusia, otras repúblicas ex
soviéticas y algunos estados de la Europa oriental, como Checoslovaquia y
Yugoslavia, se dio lugar al renacimiento de nacionalismos feroces. Despertaron
las tribus, según Ignacio Ramonet, y se enfrentaron a muerte rusos y chechenos,
armenios y azerbaiyanos, serbios contra eslovenos, croatas y bosnios
erzegovinos. O sea que Gorbachov puede parecer fracasado a los que miran de
manera superficial. Pero su intentona trajo como consecuencia positiva,
indudable –menos para los amigos de perpetuar los conflictos– el principio del
fin de la guerra fría, enfrentamiento larvado que pudo terminar en “holocausto
nuclear” entre las dos superpotencias. Gorby tuvo que convencer al belicoso
Reagan de que su país ya no era el “eje del mal” al cual había que combatir a
muerte, sino que estaba dispuesto a reducir los armamentos y a convertirse a una
verdadera coexistencia pacífica, como efectivamente sucedió.
Las
prisiones dejaron salir a los disidentes y la libertad de información se puso en
vigencia. Los ciudadanos, acostumbrados a sufrir mansamente no solo durante las
siete décadas del comunismo, sino desde tiempos de los zares, aprendieron que
sus nuevos gobernantes ya no los subyugaban y que la nomenclatura ya no dictaba
más la política, ni continuaba enroscada en su ineficacia y prepotencia. En fin,
había terminado en casi todos los estados signados por el marxismo ese “tipo de
socialismo” –en palabras de Hobsbawm– “rudo, brutal y dominante”, lo que en
buena parte explica su caída.
“Empujado al olvido” en su tierra, como
señala también el mismo autor, sin embargo Gorbachov pasó a la historia como uno
de los grandes reformadores, si se quiere, como uno de los más audaces utópicos
de este tiempo. Después, limitándonos a Rusia, vino una serie de desastres:
durante Yeltsin, en los 90, se produjo una increíble fuga de capitales (más de
136 mil millones de dólares); los que retornaron, lo hicieron a favor de
antiguos dirigentes del Partido.
¿Significado obvio? ¡Corrupción a gran
escala! Ese mandatario tuvo que declarar la moratoria en el pago de la deuda, lo
cual perjudicó a las entidades prestamistas mundiales e hizo caer las bolsas del
planeta.
Con Putin entronizado desde el 2000, el afán separatista de
Chechenia ha sido ahogado en sangre (100 mil civiles muertos), lo cual, a su
vez, ha dado pie a atentados terroristas. Fareed Zakaria, especialista en
política mundial, escribió que el actual zar “dirige la reversión más importante
de las libertades en todo el globo”. Se sabe que no hay oposición y que el
mandatario es casi soberano. Los medios están controlados y las reformas
sociales fueron suspendidas. El 50 por ciento de los ciudadanos manifestaron que
el curso del país no va a ningún lado. Los observadores en Moscú prevén protesta
de proporciones.
En cuanto a política exterior, desde Yeltsin hasta
Putin, los gobernantes rusos no han podido ocultar su afán de seguir dominando
un área que consideran suya: patrocinan a autoridades de la antigua URSS que
favorecen sus intereses, no importa los métodos que empleen, como cuando el
actual mandatario ayuda al déspota instalado en Uzbequistán, Islam Karimov (“uno
de los regímenes más viles del mundo actual”, asegura Zakaria).
Especialmente en el Cáucaso, la explosiva región que une a Europa con
Asia, las ambiciones del Kremlin están en la base de acciones
sangrientas.
Fuente: El Tiempo
(Colombia)
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