El peligro que deja abierto es, sin embargo, cuando observamos la conducta del gobierno de la pareja reinante, la dirección de ese cambio…
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Lunes, 18 de mayo 2026
El peligro que deja abierto es, sin embargo, cuando observamos la conducta del gobierno de la pareja reinante, la dirección de ese cambio…
Ricardo Lafferriere
Es bueno que los políticos reflexionen y participen en foros de indagación sobre la evolución del pensamiento. Desde esa perspectiva, la invitación a la Senadora Cristina F. de Kirchner para cerrar el congreso de Filosofía, realizado en San Juan con la obvia intención de parangonar el “Congreso de Filosofía” realizado por Perón en 1946 para lanzar su “Tercera Posición” entre el Socialismo Marxista y el “Capitalismo Sinárquico”, es una buena noticia.
Sin embargo, no dejan de preocupar algunas confusiones conceptuales graves incluidas en su alocución, que la acercan peligrosamente a las tesis multiculturalistas que reclaman similar respeto a todas las culturas, sean cuales fueren sus valores. Su reivindicación de “otras formas de organización política” ajenas a la democracia agrega más preocupación a cualquier observador que no pertenezca a ese singular “espacio de reflexión” integrado por los “tres mil filósofos” (¿?) allí convocados.
De los frutos de la racionalidad, la construcción de la democracia formal es el que está sufriendo con más claridad –al menos, en los países no desarrollados- este cambio de posición en la axiología de las mayorías, inducido desde varios frentes.
El ataque al valor de la democracia como “bien deseable” de alcance universal asume una forma casi cerril en sociedades teocráticas en las que los derechos humanos son violados en forma sistemática, con el argumento de que es una “creación occidental” poco menos que diabólica y que frente a ella hay que levantar un fuerte muro que las haga invulnerables, por cierto que en una actitud bastante diferente a su rápida adaptación al uso de las armas, los celulares, los videos y otros tantos logros de la ciencia y la tecnología del odiado “occidente”, a cuyo uso se lanzan con gozo y desmesura.
Pero ese ataque, con ser ínsitamente contradictorio, no es tan grave como el avance del relativismo multicultural producido en el seno del propio mundo occidental y que, en su superficial apariencia de tolerancia, esconde una oscura mancha de discriminación y opera como una vergonzosa autoexculpación, al estilo de “dejemos que esos negritos sigan mutilando los clítoris de sus mujeres, lapidando a las madres solteras, colgando a los homosexuales y gobernándose como salvajes; son sus costumbres y su cultura, que debemos respetar”.
La reflexión viene a cuento a raíz de la curiosa admonición de la Senadora Cristina F. de Kirchner al cerrar el Congreso de Filosofia de San Juan, en cuyo discurso de cierre sostuvo que “ante el fin de aquella bipolaridad que dividió al mundo y la crisis de las ideas neoliberales que se impusieron tras la caída del muro de Berlín en 1989, se hace necesario apelar a un nuevo paradigma, el del respeto por la diversidad de ideas, contrapuesto al pensamiento único que se intenta imponer a partir de la globalización”.
¿Cuál es el “pensamiento único” a que hace referencia? ¿La vigencia mundial de la democracia? ¿La igualdad de todos los seres humanos? ¿Un mundo de mercados abiertos y comercio libre? Pues el siguiente párrafo nos iluminará sobre el sentido de su razonamiento: dijo la Sra. Kirchner que “Hay que tener una apertura mental que nos permita aceptar que otro tipo de gente pueda pensar que puede haber alguien que conciba otra forma de asociación política”. Los tres mil “filósofos” presentes, según La Nación, aplaudieron tan original afirmación.
¿Significa esto que la democracia dejó de ser un valor deseable de alcance universal? ¿Implica que los pactos internacionales que la humanidad forjó luego de la Segunda Guerra que reconocen a la democracia como única fuente legítima de poder –desde el de Naciones Unidas hasta la Carta de la OEA, desde la Declaración de los Derechos del Hombre hasta el Pacto de San José de Costa Rica, deben ser revisados para abrir el camino a las dictaduras de partido, a los caudillismos plebiscitarios, a los clanes tribales del África o a los sistemas populistas autoritarios, todas “formas diferentes de asociación política”?
La esencial igualdad del género humano, construcción milenaria de la cultura occidental que la ilustración terminó de consagrar, vuelve a ser condicionada en esta visión. Los hombres ya no son iguales ni merecen igual protección ni respeto. Sólo los occidentales, o sólo los que están cerca, merecen nuestra observación, simpatía y solidaridad. Sólo los que viven en nuestra aldea tienen derechos. Más aún: si entre éstos hay quienes imaginen “otras formas de asociación política” –por cierto, no definidas- también debemos aceptarlo. Nada dijo sobre los procedimientos en que “otras formas de asociación política” pueden instalarse o perpetuarse. ¿Será el indigenismo? ¿Será la violencia? ¿O la distorsión amañada de la democracia?
Difícilmente pueda imaginarse un retroceso histórico tan cruel y una negación tan patente de la construcción política de la democracia realizada en años de luchas, reivindicaciones de derechos civiles y limitaciones impuestas al poder.
Este relativismo, como decía, golpea fuertemente la idea de la democracia y su concepción del poder como una excepcionalidad destinada a garantizar la convivencia de hombres libres.
Debemos reconocer que este tema tiene su correlato en el propio funcionamiento de las sociedades occidentales y específicamente de la argentina. Los ciudadanos, a raíz del avance de las formas posmodernas de ver el mundo, paulatinamente abandonan –o dan por supuesto- la explicitación de los principios básicos de una sociedad democrática. De esto es grave que se haga eco la visión “filosófica” de la Senadora Kirchner.
Es cierto que la gran mayoría de las personas de las nuevas generaciones, aún en las sociedades democráticas, son formadas con un gran componente posmoderno, que leen menos, que han absorbido los mecanismos de los video-juegos con una lógica cerrada poco compatible con los principios de la causalidad, y que la influencia de la educación sistemática transmitida por la Escuela ha sufrido el doble embate de la cultura mass-mediática y los video clips. La “intuición” reemplaza al razonamiento, las “sensaciones” reemplazan a los sentimientos, las creaciones intelectuales realizadas por la humanidad en tres mil años de elaboración filosófica se tapan por el vocinglerío intrascendente, más parecido a los chillidos de una manada de monos que al vuelo elevado del ágora. Los ciudadanos se “forman” al margen de las grandes construcciones intelectuales.
Esto ¿los hace mejores o peores? Un “multiculturalista” nos respondería quizás que la pregunta está mal planteada, porque no existen valores mejores o peores, sino que hay que respetar a todos por igual, porque todos son expresiones culturales diversas de los seres humanos. Sin embargo, la historia nos enseña que sin las herramientas forjadas por la modernidad (y no por el comodín discursivo que denominan “neoliberalismo”, como lo hace la Senadora en su discurso) no hubieran sido posibles los inmensos cambios hacia la igualdad de las personas.
Sin esas herramientas todavía las jerarquías religiosas seguirían siendo las únicas fuentes de saber, y los señores feudales los únicos depositarios del poder, y el gigantesco avance científico técnico que permitió que los seres humanos seamos hoy seis mil quinientos millones en lugar de pocos cientos no se hubiera producido. En otras palabras, sin la formación humanista-racional abierta con la cultura de la modernidad, los seres humanos serían muchísimo más desiguales que hoy, y quizás hubieran sido los mismos señores feudales y eclesiásticos quienes con más ahínco hubieran sostenido el multiculturalismo para defender sus posiciones.
La nueva realidad genera, sin embargo, un renacimiento del mundo fracturado de medioevo. Las personas, aunque a una escala global, vuelven a comunicarse en forma “audio-táctil”, alejándose de la letra impresa. Los libros no son más la forma predominante de transmisión de saber para la mayoría de los seres humanos, que reducen su comunicación a lo que les llega por los medios audiovisuales.
Pero no todos.
Y aquí está el matiz, tan importante en sus efectos que se convierte en fundamental.
Quienes son inducidos a reducir su visión del mundo a la cultura massmediática, a la civilización del video clip y al relativismo “multicultural” son la inmensa mayoría de los seres humanos que viven en el planeta, quienes de esta forma van también alejándose del poder –o de lo que queda de él, ya que también hay transformaciones en la esencia del poder que es necesario indagar en otro momento-.
Esos seres humanos, que se alejan y hasta desprecian la política, que prefieren encerrarse en la fragmentación de su microcosmos y en todo caso limitar sus esfuerzos a los valores e intereses de la ONG a la que se sienten más afines, que se desinteresan por todo lo que pasa en el mundo que no les parezca que lo afectan en forma directa, son los nuevos alienados cuya actitud permite a otros definir el mundo y sus reglas.
Porque como lo adelantamos, el fenómeno alcanza a casi todos, pero no a todos.
Si observamos dónde y cómo se forman los que –casualmente- tienen en el mundo posiciones de mando –y con ésto definimos a los dirigentes políticos con poder real, a los dueños, gerentes y funcionarios de las grandes compañías multinacionales, o de pequeñas empresas exitosas, a los nuevos ricos que tuvieron la capacidad de ser pioneros en el cambio de paradigma tecnológico y se montaron a tiempo en la onda de las comunicaciones, a quienes definen año tras año las tendencias de la moda, a los jefes militares de los ejércitos más poderosos- observaremos que ninguno o muy pocos de ellos se han formado fuera de los cauces de la modernidad. Al contrario: las herramientas construidas en estos cuatro siglos han sido la base de su formación intelectual, en los mejores Colegios y las más prestigiosas Universidades de sus países, en los centros de investigación más avanzadas o en las Academias de más prosapia.
¿Qué nos dice esta realidad? Pues que nos encontramos ante el viejo y conocido el mundo dual.
Es que a la posmodernidad puede arribarse por dos vías: como una instancia superior de la modernidad que sigue siendo considerada como cimiento ineludible e irreemplazable de la construcción de un ser humano, o como un pretendido reemplazo de la modernidad que, con la ilusión de un atajo, forme “pedazos” de seres humanos, que más que fragmentados son sólo pequeñas parcelas de la unidad de pensamiento, sentimiento y acción que debe configurar una personalidad integral.
Por la primera vía, la posmodernidad nos abre renovados desafíos al poner frente a nosotros el maravilloso escenario de todo lo que falta. Por la segunda, nos reduce las opciones al limitar nuestra visión al pequeño barrio de nuestros instintos primarios.
La modernidad es una etapa de la historia –y de la formación de los individuos en su historia personal- ineludible para la comprensión de la realidad, para la toma de conciencia de su esencial unidad, para la transmisión de valores y reflexiones que costaron siglos de cotejo, luchas, síntesis, articulaciones, juicios. La letra impresa, vehículo de su portentosa expansión, sigue siendo el mecanismo para definir conceptos, elaborar juicios, expresar análisis, relacionar datos, imaginar hipótesis, verificar tesis, poner a prueba supuestos, afirmar creencias y valores. Ese es el mundo “moderno”, sin el cual no existiría ciencia, ni técnica, ni filosofía, ni religión, ni democracia. Sólo, quizás, rudimentos de creencias apenas superiores a la superstición o la magia.
Pero –nuevamente- sólo para algunos.
Porque los otros, los que mandan, los que saben, los que definen, aquéllos en cuyas manos está fijar el rumbo de los países y del planeta, ésos jamás tomarán el atajo y, aún comprendiendo la posmodernidad y su inherente fragmentación de universos, siempre tendrán en claro que el sólido cimiento desde el cual podrán seguir ocupando los sitios que ocupan sigue siendo su capacidad para comprender al mundo en su integridad, en sus interacciones, en su totalidad, en su cosmogonía.
Y –muchos de ellos- en evitar que la mayoría de las personas se den cuenta de ese secreto.
El gran disvalor moral se presenta cuando, teniendo las herramientas de la modernidad en su arsenal intelectual, las personas con poder reniegan de ellas para reforzar visiones sesgadas o simple acumulación de poder al margen de la democracia. Allí abandonan el “colectivo” modernizador, no por ignorancia –como muchos- sino por el inconfensable interés de usar a los demás en propio beneficio.
“Ya no queremos cambiar el mundo” –dijo la Senadora- “Ahora nos conformamos con cambiar el país”.
El peligro que deja abierto es, sin embargo, cuando observamos la conducta del gobierno de la pareja reinante, la dirección de ese cambio. Porque, parafraseando a su marido el presidente, luego del discurso de San Juan no podemos olvidar que “por más que sea Cristina, sigue siendo Kirchner”…
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