Pensamiento y Cultura

Natan Sharansky, un hombre comprometido con la democracia desde la propia experiencia

La democracia y el respeto a los derechos humanos deben ser el objetivo de la acción política por razones puramente morales, pero también por pragmatismo, ya que los regímenes libres imponen controles a los gobernantes, obligan a la transparencia y dificultan la violencia arbitraria. Esta es la idea principal del libro de Natan Sharansky, con el que ha conseguido que el propio Bush le recomiende como lectura obligada para establecer una acción política estable y moralmente aceptable.

Esta semana nos fijamos en…
Natan (Anatoly) Sharansky nació en Ucrania en 1948 y es titulado en Ciencias de
Computación por el Instituto Físico-Técnico de Moscú.

Sharansky fue uno
de los miembros fundadores del movimiento judío en el no oficial Grupo de
Control de Helsinki, del que fue portavoz. En 1977 fue arrestado por las
autoridades soviéticas debido a sus actividades sionistas y condenado por cargos
de traición y espionaje.

Aunque el gobierno norteamericano negó
categóricamente cualquier conexión entre Sharansky y la CIA, Sharansky fue
hallado culpable en 1978 y condenado a 13 años de cárcel en el gulag. En ese
momento se puso en marcha una campaña internacional para liberarle, que liderada
por su esposa y en la que participaron organizaciones de todo el mundo, culminó
con su liberación el 11 de febrero de 1986. Esa misma noche, Sharansky emigró a
Israel.

Judaísmo soviético

Desde
su liberación, Sharansky ha sido un promotor incansable de la causa del judaísmo
soviético. En mayo de 1988, fue elegido presidente del recien creado Foro
Sionista, una organización que agrupaba a diferentes ex activistas soviéticos
dedicados a trabajar a favor de los inmigrantes de la extinta Unión Soviética,
identificando y educando al público sobre temas de absorción. Sharansky también
fue editor asociado de “The Jerusalem Report” (1990-95).

El 7 de junio
de 1995, Natan Sharansky anunció el surgimiento de un nuevo movimiento político,
“Israel Be Aliá”, nombre que significa tanto “Israel en Ascenso” como “Israel
por la Inmigración”, denotando la principal noción del movimiento de que la
inmigración y la absorción de los judíos de la diáspora deben ser una alta
prioridad nacional.

En junio de 1996 fue nombrado Ministro de Industria
y Comercio, cargo en el que sirvió hasta julio de 1999, cuando fue nombrado
Ministro del Interior, cargo que ocupó hasta su dimisión en julio de 2000. A
partir de ese momento, Sharansky sirvió como Ministro de Construcción y Vivienda
y Viceprimer Ministro hasta febrero de 2003 en que fue nombrado Ministro sin
Cartera, encargado de los asuntos de Jerusalén, los asuntos sociales y la
diáspora.

Junto con Sajarov

De la
época del trabajo duro en la clandestinidad soviética, a principios de los años
70, Sajarov y Sharansky se opusieron a la colaboración norteamericana con la
Unión Soviética, y hoy Sharansky recuerda el consejo que Sajarov le dio a los
dirigentes norteamericanos: “No confíen en ningún gobierno más de lo que esos
gobiernos confían en sus propios pueblos”. Ya entonces, tanto Sharansky como
Sajarov enseñaron que sólo más democracia puede hacer seguro al mundo para la
democracia. Sólo la libertad de los pueblos hace posible la seguridad.


Algún tiempo después, Sharansky describe lo que estaba sucediendo en
Rusia en los años 80 y principio de los 90: “Cuando uno le da a la gente un
poquito de libertad, inmediatamente la quiere toda; en el momento en que se
suelta el virus de la libertad, no hay marcha atrás. Hasta los soldados se
cansan de sus armas.”

El poder de la
democracia

Pero es con su libro, The Power of Freedom to Overcome
Tyranny and Terror, cuando este ruso pasa a estar en boca de todos los
estadistas mundiales, sobre todo por un aspecto: su obra ha hechizado al
presidente de los Estados Unidos, George Bush, hasta tal punto, que pidió a
todos sus colaboradores que la leyeran. Antes que Bush, el anterior presidente
del Gobierno español, José María Aznar, ya aconsejaba la obra en la que Natan
Sharansky, uno de los grandes defensores de los derechos humanos, personifica la
victoria de la libertad sobre la tiranía.

Su libro The Case for
Democracy: The Power of Freedom to Overcome Tyranny and Terror (La democracia:
El poder de la libertad para vencer a la tiranía y el terror) se revela
inmediatamente como un relato cálido y personal, a la vez que un análisis
desapasionado. El título es el tema: ¿Cómo puede la libertad vencer a la tiranía
y proveer de paz y seguridad?

Según varios críticos, la obra de
Sharansky “es una pequeña obra maestra de sencillez y claridad. La paradoja de
cómo las democracias, regímenes aparentemente débiles, han sido capaces de
vencer a regímenes políticos basados en la fuerza, y por tanto aparentemente
mejor preparados como el nazismo o el comunismo, ha sido estudiada y explicada
en numerosas ocasiones”.

Sharansky proporciona una nueva explicación. Su
capacidad de convicción se basa en la experiencia personal padecida bajo el
totalitarismo soviético. Sharansky clasifica a la población que vive bajo
regímenes de terror en tres clases: los creyentes, que mantienen el régimen; los
disidentes, que se oponen a él, y los “doblepensadores”, que se avienen a
mostrar una lealtad aparente por miedo. Las dos primeras categorías son
minoritarias, y en algún caso la segunda es inexistente, no había disidentes
bajo Stalin.

Ahora bien, en cuanto se introduce un pequeño resquicio de
libertad, los disidentes se vuelven visibles y los “doblepensadores” empiezan a
pasarse a las filas de los disidentes. Los regímenes construidos sobre el miedo
no tienen capacidad de sobrevivir a largo plazo, porque no pueden controlar
siempre a toda la población. Y entra dentro de la naturaleza del ser humano,
dice Sharansky, el gusto por la libertad.

Manual
práctico

Establecida esta premisa, ¿qué pueden hacer las
sociedades libres para fomentar la democracia en los regímenes que gobiernan por
el miedo? También aquí Sharansky recurre a su experiencia personal. Preconiza
una presión constante que permita hacer comprender a los “disidentes” que se les
apoya, a los “doblepensadores”, que pueden perder el miedo, y a los “creyentes”,
que ya no controlan la situación.

Es exactamente la política que aplicó
Ronald Reagan ante la URSS: la contraria a la del apacigüamento y la contención
practicados por “realistas” como Kissinger y Nixon en los años 70.


Sharansky analiza, a continuación, la inestabilidad inherente a las
sociedades amedrentadas. Sus líderes carecen de apoyo popular y, con el tiempo,
pierden a los que creen en ellos. Entonces, el régimen debe esforzarse aún más
para mantenerse en el poder. Para sostenerse, el régimen necesita un enemigo
externo que sirve a dos fines que pueden llegan a ser contradictorios.


Debido a que la sociedad amedrentada ahoga el pensamiento creativo,
carece de progreso científico y técnico y debe, por tanto, remedar el de su
rival. También utiliza a su rival como chivo expiatorio de su propio malestar
político. Por el contrario, los gobiernos de las sociedades libres son
responsables ante el voluntad del pueblo y las leyes de su país. Un líder
democrático con una agenda insensata, no puede desarrollarla indefinidamente.


El papel de Estados Unidos

Sobre
el papel de los Estados Unidos en el mundo, responde a las críticas de los
denominados realistas, tanto de derechas como de izquierdas, que creen que la
política exterior estadounidense debe guiarse por sus intereses y no por sus
ideales. Rechaza la noción de que determinadas culturas son incompatibles con la
democracia. La exportación de libertad a esas sociedades, arguye, es moralmente
correcto, ya que ayuda al pueblo oprimido a conseguir las libertades básicas.
Pero también es correcto pragmáticamente hablando, ya que las sociedades
democráticas tienden a resolver sus diferencias pacíficamente.

Sharansky
aboga por el uso de la presión internacional bien calculada contra las tiranías.
En Oriente Medio, las dictaduras pueden ser vehementemente antiestadounidenses,
pero la gente tiende a ser favorable a Occidente. Occidente puede influir en los
regímenes no democráticos y antiestadounidenses, como Irán, Arabia Saudita y
Siria, insistiendo en que sus pueblos deben disfrutar de algunas libertades
básicas. El déficit de libertad en el mundo árabe, argumenta Sharansky, no
significa que los árabes no se esfuercen por conseguir libertades. El deseo de
libertad es universal y late también en el corazón árabe.

El argumento a
favor de la democracia es doble. La democracia, y el respeto a los derechos
humanos, deben ser el objetivo final de la acción política por razones puramente
morales, pero también por pragmatismo, ya que los regímenes libres imponen
controles a los gobernantes, obligan a la transparencia y dificultan la
violencia arbitraria.

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