“…no basta sólo con la competencia de un Canciller para conducir nuestra política exterior sin dificultades inesperadas, cuando la misión tiene la amplitud de dirigir un cambio radical en nuestra gravitación en la comunidad internacional.”
El Gobierno del Presidente Macri ha anunciado una política exterior radicalmente diferente de la errática, arrogante e ineficaz de quien lo precediera en el poder, reivindicando los lineamientos tradicionales que siguiera la República desde larga data. En síntesis, significa restablecer nuestro diálogo con los países desarrollados de Occidente, sin descuidar los relativos a la gran potencia emergente –China- cada vez más activa en la Argentina y tampocoa Rusia, sin perjuicio de aquellos ajustes que fuesen necesarios para revisar decisiones tomadas por el kirchnerismo en el marco de una política exterior claramente diferente y más ajustada al concepto de entendimientos múltiples que nuestro país ha procurado promover desde siempre. En ese contexto, el nuevo Gobierno ha recordado la condición de aliado extra OTAN que nos fuera conferida por los EE.UU. en la década de los 90 y que ofrece posibilidades no limitadas al campo militar, incluyendo tecnologías de punta con importantes aplicaciones civiles. La República no supo aprovechar estas posibilidades y parece positivo hacerlo, en el entendido que deberá tenerse en cuenta esa declaración de los EE.UU. en ciertas cuestiones delicadas de la política internacional.
Para ejecutar la nueva política exterior el Gobierno ha designado Canciller a Susana Malcorra, una personalidad que se ha hecho notar al servicio de las Naciones Unidas, luego de una trayectoria conocida en el sector privado. Claro está que el acierto de esta designación presupone tener en cuenta que existen obvias diferencias entre los temas globales de la política internacional, propios de esa Organización, y aquellos más concretos de la política exterior de un país. La candidatura de la Canciller a la Secretaría General de dicha organización requiere también especial cuidado para que no interfiera con el eficaz funcionamiento de la Cancillería, como lo reconoce la titular al destacar que le dedicará el 100% de su tiempo, cuestión muy difícil de lograr. Para preparar las decisiones que se deben tomar, es indispensable tener en buen orden el Ministerio –que ya ha perdido competencias en el campo del comercio internacional- y mantener estrecho contacto con aquellas instituciones y personalidades conocedoras de los pasos a dar en el sistema internacional. En el caso del Ministerio, su organigrama fue acordado recién en el mes de marzo y aún hoy hay direcciones y organismos con funcionarios provisionalmente a cargo. Ha trascendido también que la Canciller retendrá la interpretación sesgada que invocó su predecesor –cuya gestión ha sido seriamente cuestionada- para deshacerse de personal del Servicio Exterior altamente experimentado. Pareciera que este criterio dista de facilitar el funcionamiento apropiado de la Cancillería. Tampoco coadyuva al mismo el nombramiento de personas sin experiencia en los asuntos atinentes al servicio diplomático o a los temas estratégicos que enfrenta la República. Se trata de asignaturas pendientes para garantizar el trabajo del Ministerio, más allá de las declaraciones de carácter general que pueden sonar bien, pero que suelen complicarse cuando se abordan los detalles del día a día.
Preciso es reconocer que estas observaciones pueden vincularse a las numerosas actividades desplegadas por la Canciller en el exterior, a poco de asumir su cargo. Ha visitado las capitales de los cinco miembros permanentes del Consejo de seguridad y otros países relevantes para las relaciones exteriores de nuestro país, pero también cabe pensar que algunas de esas actividades podrían haber esperado hasta que se hubiera concluido la organización de la Cancillería y las consultas con personalidades conocedoras de la realidad internacional. Cabe, por ejemplo, preguntarse si era urgente visitar un campo de refugiados y declarar en ese marco cómo la Secretaría General de las Naciones Unidas debería involucrarse en los temas humanitarios, o participar en reuniones de organizaciones internacionales sin un interés directo para la Argentina.
En cuanto a las gestiones realizadas en las capitales de los miembros permanentes, se plantean algunos interrogantes. ¿Convenía políticamente hacer durante la visita a Moscú una declaración general contraria a las sanciones económicas entre estados, en momentos en que los países occidentales se han visto obligados a aplicarlas por las intervenciones de Rusia en Crimea y Ucrania? ¿Fue apropiado contestar en Londres, luego del comunicado del Foreign Office en el cual el Secretario de Asuntos Exteriores apareció mencionado como ratificando el derecho de los isleños en Malvinas a la libre determinación, con una declaración a la prensasugiriendo la aplicabilidad del principio de Pareto a las relaciones bilaterales? Ese principio fue citado para expresar que existe un 80% de coincidencias con el Reino Unido y un 20% de desacuerdo (Malvinas). Las controversias de soberanía no son aritméticamente cuantificables, aún cuando el citado principio pueda ser útil en las aplicaciones de la electrónica. Las versiones que aparecieron poco después sobre un plan ”humanitario” para aproximarse a los isleños fueron por lo menos prematuras, teniendo en cuenta que representantes de los supuestos beneficiarios ya rechazaron elementos del plan, como vuelos directos desde la Argentina, y consideraron innecesaria la asistencia médica en nuestro país. En Beijing, se habría cerrado la cuestión de la estación espacial china en Neuquéncon la adición de una cláusula al acuerdo bilateral que señalaría que se utilizaría exclusivamente con fines pacíficos. El problema no es solamente dicho compromiso, por cuanto no es verificable. En tiempos en que las tecnologías duales requieren controles internacionales eficaces, una cláusula sin garantía de cumplimiento recuerda a los acuerdos de la Guerra Fría, ya que también es importante cómo visualizan otros socios nuestros las capacidades de la obra en cuestión. Conviene señalar además que la estación espacial de la Unión Europea en nuestro país no es comparable, por cuanto su personal incluye mayoría de nacionales argentinos y no está en manos de organización militar alguna.
Por último, cabe mencionar la trágica situación de Venezuela, sobre la cual se pronunció enérgicamente el Presidente de la Nación en varias ocasiones. Sin embargo, la Canciller parece comprometida en la búsqueda de un diálogo entre las fuerzas políticas en oposición. Cuando el propio Secretario General de la OEA, conocido dirigente del Frente Amplio en Uruguay, solicita la aplicación de la Carta Democrática, ¿no es muy tarde para promover un diálogo cuando la confrontación y los sufrimientos del pueblo venezolano han ido muy lejos?
Las preocupaciones citadas precedentemente confirman que no basta sólo con la competencia de un Canciller para conducir nuestra política exterior sin dificultades inesperadas, cuando la misión tiene la amplitud de dirigir un cambio radical en nuestra gravitación en la comunidad internacional.
Embajador Vicente Berasategui
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