Su pasión por la libertad, su denuncia permanente del dogmatismo y la mentira están calando profundamente en la sociedad española
No es la primera vez que vemos a Esperanza Aguirre emocionada en público. En Enero del año 1999 se enjugaba con un pañuelo las lágrimas cuando en el Ministerio de Educación y Cultura se producía el solemne acto de traspaso de poderes. Entonces un magnífico columnista de un importante y centenario periódico de provincias recogía el suceso y escribía un comentario que titulaba “Lágrimas elocuentes”. Yo voy a repetir aquí algunas de sus palabras pues no encuentro que las mías puedan expresar mejor lo que siento hoy al ver llorar de nuevo a Esperanza Aguirre, al recordar a su familia y cuando tomaba posesión de su cargo como presidenta de la Comunidad de Madrid.
“…no hace falta ser muy inteligente para haber advertido en ella (Esperanza Aguirre) una mujer dialogante, sencilla, lista y sensible, vamos, una buena persona, lo que ya es mucho tratándose del mundo de la política, donde, en general, abundan tantos lobos y depredadores amén de buitres carroñeros sin olvidar a tanto “lorito” de bla, bla, bla y nada más o a las especies trepadoras, algunas tan simpáticas como las ardillas, pero, al fin de cuentas, trepadoras. Por algún lado he leído yo que en esta vida para subir hay que tener poco peso…”
Seguía el cronista: “nuestros nietos tendrán que agradecer a la ex ministra, aunque no se concretamente en que terminó, su lucha por las Humanidades… las lágrimas de la ex ministra nos hablan de sinceridad en la política…nos hablan de una persona que se ha calado con el agua de su ministerio hasta los huesos…nos hablan del calor humano que ha sentido al dejar a sus colaboradores, que no peldaños…” Y terminaba: “Excelentísima señora: ¡gracias!, y digo excelentísima no por tratamiento, sino porque creo en sus “excelentes” cualidades.”
Termino yo. Esperanza Aguirre dignifica cada día y desde hace muchos años el prestigio de la democracia, de la política y de los políticos. Su pasión por la libertad, su denuncia permanente del dogmatismo y la mentira están calando profundamente en la sociedad española y sus “lagrimas” hoy, cuando la democracia está acosada por la incompetencia totalitaria, son lágrimas ciertamente de “esperanza”.
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