Buscan evitar la crisis de 2008, cuando se desencadenaron disturbios en varios países pobres.
El valor del maíz en la Bolsa de Chicago llegó a máximos sin precedentes. La FAO advirtió que su índice de alimentos trepó 6% en julio -a niveles superiores que en 2008- y advirtió contra el tipo de vedas, aranceles y compras compulsivas que empeoraron el alza de precios hace cuatro años. Irónicamente, según reconoció hace ya meses el relator especial de la ONU para el derecho a la alimentación, en el mundo hay comida para alimentar a los más de mil millones de hambrientos. Relator que repitió las palabras de un antecesor en el cargo, Jean Ziegler, quién dijo cruda pero realísticamente que “cuando un niño muere de hambre… han sido asesinados”, queriendo remarcar la responsabilidad que tienen los gobiernos.
Ahora, esta responsabilidad es por falta de regulación coactiva (basado en el monopolio de la violencia estatal) o, por el contrario, es porque existe demasiada intervención. ¿Puede la violencia solucionar un problema, o lo agrava? El Relator da una pista, “los Objetivos del Milenio (un pomposo y demagógico plan multiestatal) son un auténtico fiasco”, aseguró.
El crecimiento (2,5% anual) de la producción alimentaria mundial ha sido mayor que el de la población (1,2% anual) y su demanda, aun cuando la clase media hoy alcanza una tasa de crecimiento de cerca del 30% en India y 70% en China, provocando un aumento en la demanda de recursos de parte del campo. Mientras que la población mundial ronda las 7.000 millones de personas, según la FAO la producción global de cereales supera las 2.300 millones de toneladas, con lo que hay casi un kilo por persona por día solo de cereales a lo que hay que agregarle la carne, leche y otros alimentos.
¿Cómo se explica el hambre? Por caso, aunque Argentina produce para unas 400 millones de personas existen desnutridos entre sus 45 millones de habitantes. Los problemas logísticos son pocos, las poblaciones suelen estar cerca de los productores y con relativamente fácil acceso. Sucede que no tienen el poder adquisitivo para unos alimentos y un transporte con precios elevados, en gran parte, por las cargas fiscales y costosas regulaciones coactivamente impuestas por el Estado. Y la falta de poder adquisitivo se debe a la desocupación (cuando trabajo sobra en un país que tiene todo por hacer) provocada por las leyes laborales, como el salario mínimo que prohíbe trabajar a quien ganaría menos, y al bajo poder de compra del salario, después de todos los impuestos que pagan directamente o indirectamente, ya que los empresarios, por caso, derivan las cargas fiscales hacía abajo vía aumento de precios o baja en las remuneraciones.
Resumiendo, el hambre no es natural, ya que la naturaleza produce más que suficiente, es el producto de la destrucción que provoca el Estado, la violencia, con sus regulaciones.
El autor es miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity en el Independent Institute, de Oakland, California.
Artículo originalmente publicado en El Universal