// CARTAS AL DIRECTOR

Un mundo en crisis

El mundo entero sigue con el alma en vilo los sucesos de Ucrania, y los católicos acudimos a los medios que el Papa ha señalado para acabar esta guerra: la oración y el ayuno y la Consagración el día 25. Quiera Nuestro Señor, en su infinita clemencia, detener esta guerra. Yo estoy repitiendo con frecuencia un jaculatoria que enseñaba San Josemaría Escrivá de Balaguer: Cor Iesu sacratissimum et misericors, dona nobis pacem (Corazón sacratísimo y misericordioso de Jesús, danos la paz). Sorprende cómo ha cambiado el mundo en muy pocos años. En el verano austral de 2020 comenzó una pandemia y estos últimos meses ha estallado un guerra de consecuencias imprevisibles, que los más pesimistas se temen que sea un nuevo conflicto mundial. Dios nos libre de semejante catástrofe, pero en todo caso, parece claro que vivimos en un mundo de grandes cambios. Si hoy, por un milagro, volviera la paz a los campos y ciudades de Ucrania, mañana amaneceríamos en un mundo muy distinto del que conocíamos hace apenas dos meses, y más aún si nos remontamos a dos años en la comparación. Y lo que me preguntaba es si estamos preparados para la época que nos ha tocado vivir. La Iglesia Católica tiene enorme experiencia de cambios sociales. Diríamos que Dios, en su Providencia, quiere que la humanidad pase periódicamente por pruebas tan grandes que parece que todo va a quedar arrasado de un día para otro. San Agustín fue testigo en su propia carne de las invasiones de los bárbaros, el Islam casi devasta a la cristiandad en el siglo VIII, luego vinieron las invasiones vikingas, las guerras de investiduras, la Peste Negra, el cerco a la Europa cristiana por los otomanos, la revolución francesa y el periodo de Napoleón, y más recientemente las dos conflagraciones mundiales y la guerra fría: es una sencilla enumeración que cualquier conocedor de la historia podría ampliar con muchos ejemplos. En todos esos momentos históricos parecía que el mundo se hundía para quienes lo vivían. Y sin embargo la Iglesia no solo los superó, sino que surgió de ellos como la referencia que la sociedad necesitaba para llegar a su restauración. Ello se debió a que en medio de esas crisis los hombres vieron en la Iglesia los valores morales que la sociedad necesitaba.

JD Mez Madrid

Una sociedad sin futuro

Cuando en una sociedad no existen sólidos asideros antropológicos, éticos y religiosos, me parece que es el caso de la sociedad occidental en la que vivimos, la puerta a una concepción egoísta de la vida está abierta, respaldada por una corriente dominante que se ufana incluso de no tener hijos, de reprocharle a los demás que los tengan y que parece repetirnos a cada instante que es poco menos que una locura traer hijos a este mundo. Es, en efecto, una locura de amor y todo un acto contracultural que, en los tiempos que corren, nos recuerda la evidencia de que una sociedad sin hijos es una sociedad sin esperanza y sin futuro.

Pedro García

Fascistas son

Ante las manifestaciones de agricultores y ganaderos y las huelga de transportistas, estos están siendo tachados, por algunos medios oficiales y especialmente por afines al los partidos que gobierna, como de extrema derecha, propietarios, terratenientes y fascistas. Recuerdo que fascistas son, como se ha demostrado reiteradamente, quienes acosan al que piensa diferente, quienes pretenden que solo se oiga una voz en el espacio público y niegan a otros siquiera la posibilidad de expresarse, quienes se llenan la boca de conceptos como democracia, libertad y progreso, mientras sostienen con su violenta forma de actuar a regímenes totalitarios. De ahí que nos preguntemos ¿Quiénes son los extremistas, y quienes los fascistas?

José Morales Martín

El hombre es la medida de todas las cosas

En tres días los medios de comunicación se han hecho eco del parricidio cometido por un joven de 15 años en Elche, del crimen de una menor en Jaén a manos de un vecino de 22 años y del apuñalamiento de un estudiante de 13 años a su profesor en mitad de una clase en un colegio de Murcia. Pero ninguno de estos acercamientos logra expresar el fenómeno que estamos viviendo y es que la modernidad (o postmodernidad o como se llame ahora) se ha caído a trozos. Es una tesis formulada por tantos filósofos (unos más acertados que otros en sus diagnósticos): el ethos configurado por la modernidad ha dejado de ser creíble, el proyecto ilustrado ha sido un fracaso y padecemos las consecuencias de una barbarie que vive entre nosotros, en ocasiones incluso gobernándonos. Hoy ya no es posible un discurso como el de Aristóteles o Santo Tomás sobre las virtudes (lo que sería la vía necesaria para recuperar la cordura) porque, entre otras cosas, carecemos de algo fundamental: un concepto unitario de la persona y de su obrar que compartieron los griegos o los cristianos medievales. Ahora el hombre es la medida de todas las cosas y esta medida se ha mostrado incapaz de fundamentar y dar sentido a la vida humana atrapándonos en una ciénaga oscura: una mezcolanza de doctrinas, ideas y teorías en lo que a creencias morales se refiere, que confunden y nos vuelven contradictorios y peligrosos.

JD Mez Madrid

La democracia en América Latina

La democracia en América Latina América Latina ha vivido convulsos períodos políticos desde que la Guerra Fría convirtió a esta parte del continente americano en un territorio sobre el que las grandes potencias querían desplegar su influencia y control. Con la caída del Muro y el fin de las dictaduras de seguridad nacional pareció que el camino a la democracia podía abrirse paso. México y el fin de la llamada dictadura perfecta del PRI aumentaban la esperanza, del mismo modo que los acuerdos de paz en Colombia parecían consolidar el modelo liberal democrático. Sin embargo, las siempre pendientes reformas sociales, la falta de una clase media potente y autónoma, las enormes desigualdades, la falta de políticas fiscales armónicas y los escandalosos casos de corrupción, amén del avance de las utopías populistas, han quebrado la consolidación democrática de América Latina.

Domingo Martínez Madrid

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