Política

El guerrillero y el terrorista

“El guerrillero aparece, pues, nimbado por una doble protección internacional: el romanticismo revolucionario, primero, y, luego, la prohibición de las drogas. Aliarse con los colombianos contra las FARC y desembarazarse definitivamente de ellas implicaría reconocer que estos seudomarxistas no son otra cosa que un sindicato del crimen”

Opinión: Guy Sorman
El 21 de febrero del 2002, el Ejército colombiano penetró en un territorio
equivalente al de Suiza, en el corazón de su país, que hasta ahora había sido un
refugio desmilitarizado cedido a la guerrilla más antigua de América Latina: las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. De hecho, las FARC son el último
avatar de las guerrillas mantenidas por Fidel Castro en los años 60; como es
sabido, siempre gozaron de cierta complacencia por parte de los gobiernos e
intelectuales europeos de izquierda. ¿Acaso las sociedades latinoamericanas no
son injustas y, por tanto, necesitan ser curadas por la terapia revolucionaria?


Cuando mucho, se podía creer en este tipo de gansadas, mezcla de
marxismo y romanticismo en los años 60. Pero en nuestro tiempo sorprende que la
guerra entablada contra las guerrillas colombianas despierte tan poco interés y
solidaridad por parte de lo que se ha dado en llamar, por conveniencia, la
comunidad internacional, o sea los gobiernos occidentales y la CNN. El
terrorista suscita una reprobación y una caza del hombre universales; el
guerrillero, en cambio, conserva una especie de aura nostálgica que lo protege
de esa misma condena. ¿Por obra de qué magia? ¿Podríamos distinguir, acaso, el
guerrillero bueno del terrorista malvado? ¿Qué lo caracterizaría?

En
Colombia, último refugio del guerrillero “revolucionario”, las FARC suman unos
30.000 hombres que, en promedio, cometen 30.000 asesinatos y 3000 secuestros por
año. Su giro anual ronda los 1000 millones de dólares; un 66 por ciento proviene
del tráfico de cocaína, los rescates y otras extorsiones. Otros dos movimientos
guerrilleros, el Ejército de Liberación Nacional, salido de la teología de la
liberación, y las Autodefensas Unidas de Colombia, antimarxistas, operan de
manera similar y recurren al mismo fondo de comercio.

Tanta violencia,
tantos recursos, ¿están al servicio de los pobres? En realidad, los sectores más
débiles de la sociedad colombiana son los que más sufren las exacciones de las
guerrillas, en particular, de las FARC “marxistas”. Expulsan a los campesinos de
sus tierras para dedicarlas al cultivo de la coca y la adormidera; extorsionan a
los humildes, mientras que las elites disponen de medios para costear
guardaespaldas y vehículos blindados. Los pobres son, asimismo, las víctimas más
directas de la destrucción de la economía colombiana: infraestructuras
bombardeadas, inversores disuadidos, un narcotráfico que prospera a expensas de
las empresas y los puestos de trabajo.

Empresa de
asesinatos


Hace veinte años, los guerrilleros marxistas todavía
podían hacer creer a campesinos e intelectuales crédulos que llevaban a cabo una
revolución social; en la Colombia actual, nadie se llama a engaño: todos saben
que el guerrillero sólo es un empresario del narcotráfico y el secuestro. Esta
experiencia vivida por el pueblo colombiano difícilmente trasciende las
fronteras de la información. En Estados Unidos o Europa, los medios y las
organizaciones humanitarias están más dispuestos a denunciar las violaciones a
los derechos humanos perpetradas por los militares colombianos que la mutación
de la guerrilla en una empresa transnacional de asesinatos.

Las FARC
trabajan para beneficio propio. Prueba de ello son el tren de vida voluptuoso de
sus jefes y el mercado mundial de la droga, del que Colombia es tan sólo el
primer eslabón. Se ha advertido la presencia de vascos de la ETA e irlandeses
del IRA en las zonas dominadas por la guerrilla marxista: esto demuestra los
vínculos, en cuanto a métodos y financiación, entre todos estos movimientos de
“liberación”. Dudamos de que exista uno solo en el mundo que no haya hecho del
narcotráfico su principal sostén.

Ciertamente, sin el opio afgano,
Al-Qaeda no habría dispuesto de medios financieros tan considerables. Hecha esta
constatación, ¿no les sorprende que el Ejército colombiano se encuentre solo en
su lucha contra las FARC? Apenas si recibe un magro apoyo logístico de Estados
Unidos y algunas adhesiones verbales de las naciones europeas. En suma, ¡no
podemos confundir a las FARC, revolucionarias y marxistas, con el terrorismo!
Así pues, deseamos buena suerte a los militares colombianos, a quienes la
comunidad internacional mira con simpatía pero desde el balcón, sobre todo en la
jungla donde, lo admito, hace demasiado calor, y ni hablar de los mosquitos.
Afganistán es, con todo, más saludable, más simple, y sus terroristas no son de
izquierda.

Sostener que el mundo libre está en guerra contra el
terrorismo es una mentira piadosa: nos mentimos a nosotros mismos al pretender
creer que el guerrillero colombiano, por el hecho de serlo, no es un terrorista.
Del mismo modo, un mártir palestino tampoco es un terrorista porque es un
mártir. Nos ruegan que no nos equivoquemos de etiqueta para atravesar la red de
la reprobación internacional. A menos que las FARC no nos conciernan, en la
medida en que su combate sea una cuestión interna de Colombia. Pero las FARC
trabajan para la exportación; casi toda la droga que cultivan y elaboran está
destinada a los consumidores norteamericanos y europeos.

Un gramo de
cocaína reditúa tres dólares al cocalero colombiano, pero se vende por 100
dólares a los consumidores de Nueva York o París. El mercado mundial de la droga
se calcula en 150.000 millones de dólares; el tres por ciento de ese monto queda
en Colombia. El simpático guerrillero colombiano asesina, pues, a 30.000
compatriotas por año, secuestra a 3000 y empobrece a todo su pueblo para
proporcionar un poco de placer y dependencia al jet set de aquí, no al de allá.
Señalemos además -y esto va dirigido especialmente a los activistas de la
ecología defensores de la Amazonia- que las FARC desmontan unas 150.000
hectáreas anuales para extender el cultivo de la coca.

La prosperidad de
las FARC también muestra a la perfección hasta qué punto ha fracasado la llamada
“guerra contra la droga” que Estados Unidos y Europa vienen librando
conjuntamente desde hace cuarenta años. Veamos algunos ejemplos colombianos.
Gracias a la ayuda norteamericana, cada año se destruyen por fumigación 150.000
hectáreas de plantaciones de coca, pero, cada año, los cocaleros replantan otras
tantas, e incluso un poco más. Otorgan subsidios a los campesinos para que
sustituyan la coca por otros cultivos, pero como la tierra no les pertenece y
nadie les da crédito, nada hay tan lucrativo como la coca.

La modesta
prosperidad del cocalero, la más considerable del guerrillero y la inmensa
riqueza del narcotraficante de Cali, Nueva York o París no dependen de la coca
en sí ni de la adormidera. Estas sólo son malas hierbas. Si las Naciones Unidas
prohibiesen la sopa de ortiga, esta planta sería tan lucrativa como la coca y
los campesinos colombianos se avendrían a cultivarla. El precio de la coca o la
adormidera sólo es la consecuencia de su prohibición; los guerrilleros se
aprovechan de ella del mismo modo en que en los años 20 las mafias
norteamericanas lucraron con la ley seca.

De eso no
se habla


El guerrillero aparece, pues, nimbado por una doble
protección internacional: el romanticismo revolucionario, primero, y, luego, la
prohibición de las drogas. Aliarse con los colombianos contra las FARC y
desembarazarse definitivamente de ellas implicaría reconocer que estos
seudomarxistas no son otra cosa que un sindicato del crimen. También implicaría
reconocer el fracaso total de la prohibición como método de lucha contra las
drogas. Pero de eso no se habla, como si fuera más fácil prohibir la droga que
discutir la eficacia de tal prohibición; en consecuencia, la comunidad
internacional se limita a desear buena suerte al Ejército colombiano.


Sin embargo, si este ejército dispersara a las FARC y luego a las otras
guerrillas del mismo tipo, ¿desaparecería la base económica de esas guerrillas?
Por supuesto que no. Siempre estará presente la economía de la droga,
contrapartida de su prohibición. Otra paradoja de esta guerra tonta: resulta
extraño que las naciones que se dicen coligadas contra el terrorismo combatan el
lavado de los fondos que alimentan estas redes terroristas sin cuestionar jamás
la prohibición, causa primordial de su prosperidad.

Si para dispersar
las guerrillas y reducir el terrorismo hay que secar la fuente de sus recursos,
haría falta una política más inteligente que la prohibición. Las alternativas
son muchas. Mencionaré sólo una: la medicalización. Pero este debate en torno de
la droga exigiría un coraje político que, hoy por hoy, falta en Europa y, más
aún, en Estados Unidos. La opinión pública no ha comprendido todavía la relación
existente entre prohibición, droga y terrorismo. Así pues, no despertemos a la
opinión pública dormida, ni al político que la anestesia, y dejemos morir a los
colombianos. ¡Colombia está tan lejos! Pero, al menos, sepamos que esos soldados
mueren por nosotros.

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