Relaciones Internacionales
Luego del shock que las elecciones norteamericanas generaron en la opinión culta de los analistas políticos occidentales, parece un buen momento ensayar líneas de análisis que intenten colocar en el escenario elementos revulsivos sobre los cuales intentar una síntesis entre democracia y politólogos.
Las repercusiones del claro triunfo de Bush sobre Kerry han sido diversas. Las hubo que achacaron el resultado “frustrante” a la influencia de la “derecha religiosa”, otros a que Estados Unidos es un “país de centro-derecha”, otros a que los ciudadanos fueron influenciados más por el miedo que por la posibilidad de cambio, otros que concluyeron atribuyendo el resultado al carisma o falta de carisma de uno u otro. Otros, por fin, sostuvieron que Kerry proyectaba apenas una “recolección de minorías” pero que olvidaba la “América profunda”, interpretada claramente por Bush.
Seguramente en una elección todo cuenta. Sin embargo, cuando se intenta determinar el elemento decisivo es imprescindible separar “la paja del trigo”, en razón de que los elementos secundarios terminan con frecuencia neutralizándose sin conceder ventaja, la que se decanta en última instancia sobre la opción que mejor interpreta los problemas visualizados por los ciudadanos como fundamentales en cada coyuntura en que los convoca a pronunciarse.
En este sentido, desde el mundo “exterior” a los Estados Unidos resulta difícil, por la dinámica de los acontecimientos mundiales (que se suceden en nuestros análisis diarios pero no en los análisis diarios de los ciudadanos norteamericanos), comprender adecuadamente el efecto que el atentado del 11 de septiembre del 2001 tuvo el estado de ánimo y la visión del mundo que a partir de ese hecho impregnó la visión cosmogónica de la sociedad del norte.
No es un tema menor, al punto que ha merecido que una sociedad que normalmente ha sido celosa defensora de sus derechos aceptara limitaciones a los derechos civiles de sus ciudadanos que nunca en su historia había tolerado, pero, a la vez, lo hiciera con beneplácito y apoyo de la mayoría, como lo demostró esta elección.
Que el mundo cambió luego de la ruptura del macro equilibrio bilateral no es novedad. Sin embargo, este cambio, que liberó las tensiones disciplinadas “intra bloques” por el bipolarismo durante décadas, se notó más en el mundo que en los propios Estados Unidos. Las nuevas amenazas llegaron a toda la geografía mundial, salvo a la norteamericana, sitio al que sin embargo sí llegaba el peligro en las visiones del plano académico e intelectual, que profundizó su análisis instalándolo en la evolución posible del mundo de las próximas décadas en el escenario de las nuevas amenazas: terrorismo, fragmentación política, fundamentalismo político y religioso, agotamiento de recursos naturales, cambio climático, narcotráfico, y –atravesando todas ellas- la proliferación sin control de las armas de destrucción masiva en manos no estatales o de liderazgos políticos de “estados títeres” o “estados delincuentes”.
Ahora bien, la falta de percepción de estas amenazas por el “gran público” norteamericano llegó hasta el atentado a las torres. Desde esa fecha, las nuevos peligros ingresaron por la puerta grande en su “ecuación mental” y constituyen un componente fundamental de su forma de ver y sentir al mundo y a su propio país. Los ciudadanos norteamericanos de pronto ven y sienten que el mundo peligroso ahora ya ha llegado a su territorio y se mete con ellos y su propia vida cotidiana.
A su vez, esos ciudadanos saben que Estados Unidos es un gran país y es, además, la única superpotencia militar. Las demás no sólo están muy lejos en poderío, sino que en gran parte dependen de sus provisiones militares y aún económicas y también de su decisión política. Europa, con una economía que ha superado ya a la norteamericana, no logra consenso para avanzar en una política exterior común y muchísimo menos en una política de defensa. El drama de Kosovo fue quizás la mejor demostración, cuando no tuvo otra salida para restaurar la paz en una zona claramente ubicada en su zona de influencia, que “alquilar” el poder militar norteamericano, pagando por él, ante su propia impotencia. En el Asia, que está conformando un nuevo espacio económico con un denso entramado de gran crecimiento, todavía ni siquiera se insinúa algún atisbo de coordinación política y muchísimo menos, militar.
El nuevo escenario no puede analizarse ni comprenderse con las categorías políticas, intelectuales y académicas de los últimos siglos. El mundo imaginó el concepto moderno de la “comunidad internacional” luego de la guerra de los 30 años, en que Europa perdió un tercio de su población por conflictos religiosos que atravesaron fronteras “nacionales” y regionales. La organización en base a Estados Nacionales –con sus principios derivados de soberanía nacional, no intervención en los asuntos internos e igualdad política de los Estados- buscaba acotar los conflictos al marco interno de cada Estado. A la vez, las relaciones de Estados entre sí se imaginaba regladas por Tratados, bi o multilaterales, y por el equilibrio militar que estos tratados generaban. Un doble supuesto estaba en la base de esta estructura: los estados no se suicidarían, y las personas tampoco. El mayor mal imaginado era la muerte y en consecuencia, la mayor amenaza era ese mayor mal, al que nadie querría jamás llegar.
Cierto es que la visión de la “Paz de Westfalia” no solucionó los problemas de inseguridad. En estos tres siglos, varias guerras –entre ellas, las dos mundiales del siglo XX- mostraron que no alcanzaba para garantizar la paz. Sin embargo, el avance dado por la humanidad con la creación de las Naciones Unidas permitió sortear la última posible gran guerra final entre los bloques occidental y oriental con una convivencia que a esta altura, parece envidiable. La “tercera guerra mundial”, atómica y terminal, fue reemplazada por una original “guerra fría” en la que, desde una perspectiva global, apenas se produjeron algunos chispazos sin importancia mayor. Una potencia dominante en cada bloque respondía por el disciplinamiento final de su respectiva área de influencia, mientras que el equilibrio militar asentado en la paridad atómica y el temor al estallido del planeta ante cuya eventualidad pocos sobrevivirían, ponía límites a la puja. Con todo, y a pesar de la inseguridad, lo que estaba claro era que … todo estaba claro. Los actores (los Estados), las reglas de juego (Tratados y organismos internacionales), las sanciones a los incumplidores (regladas por la Carta de Naciones Unidas), la importancia relativa de unos y otros (Consejo de Seguridad, poder de Veto, miembros permanentes y transitorios). No había “imprevistos” que alteraran los análisis.
La carrera militar al final premió al que tuvo más espaldas para soportarla. La gran paradoja de este final termina siendo que el gran ganador se encuentra, ante el avance científico que él mismo ayudó a generar de manera decisiva, frente la responsabilidad de un cambio de paradigma científico-tecnológico-económico y político, con fuerte influencia en el plano militar, que cambia los actores generadores de peligro a su seguridad, y que no tiene reglas de juego a las que todos se sometan. Ya no hay una alianza de Estados liderados por otra superpotencia, como amenaza central. No hay “alianzas ofensivo-defensivas” posibles. No hay “respeto a la soberanía nacional” o a los “asuntos internos” de los Estados que puedan invocarse frente al terrorismo. Quienes atacan no son otros Estados –aunque puedan ser cobijados por algunos Estados- y las respuestas que puede generar un sistema que disciplina Estados (como las Naciones Unidas) no alcanzan para contrarrestar esas nuevas amenazas.
Los Estados Unidos y sus ciudadanos, que se saben poderosos y que se sienten atacados, también perciben esas limitaciones. El terreno para el unilateralismo está abierto. Es posible en el plano militar, parece ser el único posible en el plano político.
Tal es el estado de situación. Desde el resto del mundo, el recelo frente al unilateralismo norteamericano es cercano a la unanimidad. Sin embargo, toda demora en poner en debate la reorganización del sistema de poder mundial para incluir respuestas absolutamente solidarias, rápidas y eficaces a las nuevas amenazas incrementa el espacio para la proyección del unilateralismo. Más aún: muchos de quienes cuestionan ese unilateralismo, respiran aliviados cada vez que Estados Unidos lo utiliza, conscientes de que es el único poder que tiene el mundo frente al desborde. Un mundo en el que conviven diferencias patéticas, que enfrenta a las amenazas que eran preexistentes al atentado, pero que tiene un temor atávico a abrir la caja de Pandora de la reforma a las relaciones de poder formales en el plano internacional para abrir cauce a las nuevas realidades. Cada país es conservador por alguna causa. Algunos, porque temen perder porciones de “poder” ante tradicionales rivales, otros porque no tienen muy en claro hacia qué rumbo dirigir las reformas, y casi todos porque temen que la unilateralidad de Estados Unidos alcance consagración institucional.
Sin embargo, una cosa está clara: si no cambia la organización institucional del poder mundial, el unilateralismo tiene larga vida. Es ingenuo pensar que una sociedad que se sabe la más fuerte y productiva y se cree la más decente y democrática del mundo, acepte ser atacada sin respuesta. De ahí a que esa respuesta tenga la efectividad que suponen, puede haber un abismo –o no-. Pero el regreso a la primera obligación de todos los seres vivos, la de la lucha por la supervivencia, seguirá guiando sus actos de acuerdo a su “leal saber y entender”.
Desde el resto del mundo, tendremos dos opciones y no parece que muchas más. Una es volvernos sobre nosotros mismos, pensando que las nuevas amenazas nunca llegarán a afectarnos. Ilusión ingenua, si vemos que puede alcanzar nada menos que a los más poderosos y que gran parte de los bienes deseables en los años que vienen están en nuestros territorios (recursos naturales, agua potable, alimentos, energía). La otra es incentivar los esfuerzos para reconstruir la institucionalidad del mundo multilateral, sabiendo de antemano que los conceptos anteriores deberán ser reformulados al punto de resultar satisfactorios para todos quienes se sientan en peligro, incluyendo de manera especial a los Estados Unidos. Esta solución sería mucho más sólida si a la vez, se contemplara el diseño más equitativo del crecimiento mundial.
El nuevo sistema debe ser capaz de garantizar a sus integrantes mayor seguridad que la que le pueda brindar su propia autodefensa, condición fundamental para ser aceptados por los más poderosos. De esta forma, las prevenciones y fundamentalmente las respuestas podrán tener la racionalidad aceptada por toda la comunidad internacional y no sólo la visión del país afectado. Si lo logramos, habrá una esperanza de que las nuevas amenazas puedan ser acotadas como lo fuera la Tercera Guerra Mundial con un sistema internacional que, aunque imperfecto, le permitió a la humanidad sobrevivir hasta el tercer milenio.
El drama de la situación actual es que mientras el mundo tarda en reorganizarse y mientras existan los Bin Laden y el fundamentalismo antinorteamericano, los Bush seguirán ganando elecciones, sean republicanos o demócratas. Y para nuestros países las opciones se achicarán: o nos alineamos tras las decisiones unilaterales sobre las que no tendremos influencia, o seguimos con un doble discurso que muestre indignación ante la opinión pública por ese unilateralismo, mientras lleva la solidaridad en secreto para canjearla en forma reservada por algún respaldo en el FMI o alguna ayuda económica especial.
De ahí la importancia de una diplomacia seria y profesional que no sea dictada por un provincialismo caprichoso o un ideologismo esquemático sino que se asiente en la clara visión estratégica del país, de las alianzas regionales posibles, de las esferas de poder mundial, de la previsión de los escenarios futuros y de los intereses nacionales actuales y futuros que orienten nuestras decisiones en esos escenarios. Tal como lo hacen Chile o Brasil. Tal como supimos hacerlo los argentinos, hasta 1930.
Ricardo Lafferriere es Ex Embajador argentino en España y ex Legislador Nacional