Política

El precio del crudo lleva a investigar en nuevas fuentes de energía

Mientras los precios del crudo se aproximan a los $60 el barril en abril del 2005, las naciones industrializadas estudian más detenidamente un ambicioso proyecto que estaba estancado desde hace una década pero que ahora adquiere una mayor urgencia.

Políticas Públicas
 Se trata de un plan internacional para desarrollar el reactor nuclear más
poderoso del mundo, el International Thermonuclear Experimental Reactor (ITER),
que aprovecha la novedosa “energía de fusión magnética” en lugar de la energía
nuclear convencional (de fisión), un ambicioso proyecto que tendrá un
presupuesto estimado entre 10 y 15 millardos de dólares y que produciría en diez
años un eficiente reactor, que persigue soluciones económicas y ecológicas de
los problemas energéticos del mundo. La reciente entrada en vigencia del
protocolo de Kyoto también contribuyó a revisar el cronograma de este
megaproyecto, puesto que dichos reactores serían muy seguros y eficientes, sin
contribuir con gases contaminantes al calentamiento global ni con desechos
radioactivos como los reactores atómicos convencionales.

Un novedoso sistema para la generación
eléctrica


La necesidad de desarrollar este nuevo tipo de
energía fue establecida a principios de los 90 por las naciones comprometidas en
proyecto (inicialmente EEUU, UE, Francia, Rusia y Japón, luego acompañadas por
China, Canadá y Corea del Sur), en vista del eventual e inexorable agotamiento
de las reservas de los combustibles fósiles hacia fines del siglo XXI y las
obvias dificultades para que éstos sean sustituidos por nuevas fuentes de
energía (solar, biomasa y eólica), un hecho significativo si se quiere atender
la creciente demanda de electricidad de los centros urbanos.

Los
problemas geopolíticos, que se han hecho más patentes con la crisis del Oriente
Medio y la incertidumbre de suministro de petróleo de ciertos países como
Nigeria, Irán, Irak y Venezuela, han obligado a “rehabilitar” la energía
nuclear, una fuente muy polémica después de que el mundo presenció ocho serios
accidentes en plantas atómicas en el último medio siglo. Actualmente sólo el 16%
de la electricidad mundial es producida por las 439 plantas nucleares existente
y hay proyectos para instalar 74 más, pero la patente inseguridad de las mismas
y el hecho de que el protocolo de Kyoto no las considera ecológicas -por los
tenaces desechos radioactivos que dejan- son factores que han motivado a muchos
países a revisar sus planes nucleares. Sin embargo, naciones como China, India y
Rusia –entre otras- tienen ambiciosos planes de multiplicar su capacidad de
generación eléctrica por la vía nuclear para atender sus crecientes necesidades
energéticas, habiéndose mejorado sustancialmente la seguridad de sus actuales
instalaciones con las lecciones aprendidas desde el desastre ecológico de
Chernobyl. EE.UU. por su parte, está extendiendo la vigencia de sus actuales
plantas nucleares en previsión de una eventual escasez de petróleo, siempre
factible por factores tanto técnicos y económicos como geopolíticos. También es
significativo que países petroleros como Irán están considerando la instalación
de reactores atómicos, en vista de que le permite ahorrar sus valiosas reservas
de petróleo.

Mientras tanto, sin descartar la fisión convencional como
fuente energética, los países avanzados se están involucrando en otro tipo de
energía nuclear, la de “fusión magnética”, factible en teoría y considerada como
bastante ecológica, aunque todavía se duda de su seguridad total en vista de que
en dichos reactores la fusión necesita de temperaturas del orden de millones de
grados para generar el estado de plasma, como sucede en el interior del Sol u
otras estrellas. La energía de fusión estuvo de moda hace unos 20 años, cuando
apareció un curioso método económico de “fusión en frío”, pero éste resultó ser
una especulación de científicos inescrupulosos, no apoyada por experimentos
confiables. Ahora se pretende investigar el fenómeno más en serio, pero la
complejidad del proyecto ha exigido la cooperación de todas las naciones
avanzadas, que -a pesar de estar de acuerdo con el objetivo- todavía están
enfrascadas en la discusión del sitio donde se instalaría el ITER. Así, mientras
la UE, Rusia, Francia y China proponen a Cadarache, en la costa azul francesa,
EE.UU, Japón y Corea del Sur preferirían a Rokkashu-Maru, en el norte de Japón.
Para mediados de este año debe haber una decisión y, si no hay acuerdo, podría
haber dos proyectos paralelos, o incluso tres si Canadá decide instalar su
propio reactor de fusión en Clarington, Ontario, pese a la oposición de los
ecologistas, que ya muestran carteles pidiendo “STOP ITER” en sus marchas de
protesta contra todo lo nuclear.

La fusión
dentro del contexto energético


La importancia del
proyecto ITER reside en que, en general, la energía nuclear tiene una altísima
eficiencia por unidad de masa de combustible destruido, muchísimo mayor que la
energía química derivada del petróleo, gas o carbón. Además, una vez que se
recuperen las grandes inversiones iniciales, la energía producida es
significativamente más barata. A su vez, la energía de fusión nuclear a base de
hidrógeno es más eficiente y segura que la actual energía atómica con uranio o
plutonio radioactivos, sustancias que se desintegran para calentar agua y
alimentar las turbinas a vapor que mueven los generadores eléctricos. Lo mismo
sucede con las bombas termonucleares o de hidrógeno, que son mucho más poderosas
y compactas que las bombas atómicas a base de uranio o plutonio. Esto se debe a
que el proceso de dicho reactor imita al que sucede en el núcleo de las
estrellas, donde isótopos de hidrógeno (Deuterio y Tritio) se convierten
constantemente en Helio, irradiando una enorme cantidad de luz y calor, que
convierte a esos gases al particular estado de plasma, o gas ionizado, existente
en todas las estrellas del universo. Sin embargo, persisten algunas dudas sobre
la factibilidad de producir las altísimas temperaturas necesarias para la fusión
nuclear, ya que en las bombas de hidrógeno se requiere iniciar la reacción
haciendo estallar en su interior una pequeña bomba atómica (de fisión), la cual
dejaría cierta radioactividad en el ambiente. En un reactor de fusión, se
necesitaría sustituir el fuerte calentamiento que provocaría la desintegración
de uranio o plutonio, por algún sistema más seguro para que sea ecológicamente
inofensivo, de ahí el uso de poderosos y enormes electroimanes en el proceso de
“fusión magnética”, que no ha sido probado sino tímidamente en pequeña escala.
No hay duda que el proyecto ITER es todo un reto tecnológico, equivalente al
Proyecto Manhattan de la Bomba-A en término de dificultades e trascendentes
implicaciones posteriores, ya que persigue acelerar el fin de la contaminante y
problemática ´era del petróleo´.

Una
respuesta high-tech al chantaje petrolero


No hay duda
que, con el ITER, las naciones avanzadas tratan de producir la abundante energía
que requieren para mantener su elevado nivel de vida. Al mismo tiempo, este
proyecto cooperativo es una respuesta tecnológica dirigida a ciertas naciones
productoras de petróleo -especialmente en el Oriente Medio- que han utilizado el
chantaje energético para fines geopolíticos en varias oportunidades desde 1973,
motivando finalmente a que las potencias económicas traten de desarrollar
fuentes alternativas y autóctonas de energía para no depender del suministro
foráneo. De ahí que, con el crudo aumentando aceleradamente a precios sin
precedentes –que podrían llegar a los $100 a fines de la década-, EE.UU. y otras
naciones avanzadas hayan emprendido a toda marcha numerosos proyectos de energía
alternativa, tanto para la generación eléctrica como el transporte automotor,
siendo éstas las dos actividades básicas que justifican altos consumos
energéticos. Estas necesidades son actualmente suplidas con combustibles fósiles
–carbón, petróleo y gas- en un 82%, con los reactores atómicos (8%) y los
sistemas hidroeléctricos (3%) supliendo casi todo el resto, y donde la energía
renovable -eólica, solar, leña o biomasa y otras- suple apenas el 7% del total.
Cabe señalar que, tanto para los vehículos eléctricos con hidrógeno (que usarían
los novedosos fuel cells), como para los revolucionarios reactores de fusión, la
materia prima para obtener el hidrógeno es el agua, sustancia fácilmente
disponible en mares, lagos, ríos, glaciares de montañas y regiones polares,
aunque la mayor parte del líquido sea todavía salada. De pronto, después de más
de un siglo de preeminencia del petróleo, esta oscura sustancia energética se ha
topado con un fuerte y abundante competidor, la ubicua y sencilla molécula de
H2O, y aunque esto sucederá sólo a mediano y largo plazo, no hay duda que la era
del petróleo tiene sus días contados y se reservará esencialmente para fines
petroquímicos, que actualmente consumen apenas un 3 % de la producción de crudo.


El programa “Freedom Fuels” de
Bush


La fundada preocupación de que los gases
invernadero estén causando un nocivo e irreversible calentamiento global, aunque
va dirigida hacia todos los países industrializados, se ha enfocado
esencialmente hacía EE.UU., el país más contaminante del planeta (produce el 25%
del CO2 lanzado a la atmósfera) por su alto consumo de combustibles fósiles,
tratando de que se adhiera finalmente al protocolo de Kyoto, sin considerar el
retraso que podría sufrir su propio desarrollo económico si trata de sustituir
esos combustibles con otros menos nocivos. En respuesta a las constantes
inquietudes de los grupos ambientalistas –abanderados por el partido Demócrata-
la administración Bush viene promoviendo desde hace dos años un programa
conocido como Freedom Fuels, o sea “Combustibles para la libertad”, refiriéndose
a la proyectada libertad de acción que se requiere en el país para depender cada
vez menos fuentes foráneas, por razones tanto estratégicas como económicas.


Precisamente, en el último Mensaje sobre el Estado de la Unión en enero
pasado, Bush hizo énfasis nuevamente en la iniciativa Freedom Fuels, que había
sido apartada por la exagerada atención concedida a las crisis asiáticas
–especialmente en Afganistán, Irak y Palestina- pero que ahora tendrán mucha más
prioridad, para dejar un legado positivo en materia ambiental para cuando
termine su actual y último período presidencial. Según el Departamento de
Energía de EE.UU., ese gobierno podría invertir tanto como $1.700 millones en
investigación y desarrollo hasta 2008, para acelerar la aplicación práctica de
motores a hidrógeno y sistemas energéticos alternos. En el campo automotor, el
programa apunta a que las futuras generaciones manejen siempre más vehículos con
celdas de combustible o hidrógeno, que dejan sólo agua como producto de la
combustión, y no las dañinas emisiones actuales que contribuyen al efecto
invernadero. O, como segunda opción, tendiente a desarrollar combustibles de
fuentes renovables y autóctonas, promoviendo el uso de alcoholes, ésteres o
aceites vegetales, que pueden aliviar la creciente demanda de gasolina y diesel
mediante procesos químicos o biológicos. En el campo industrial, el programa
pretende promover a fondo el uso de turbinas eólicas, paneles solares y la
energía de mareas, todo con el fin de sustituir poco a poco las plantas térmicas
a base de combustibles fósiles o energía atómica. Sin embargo, todo indica que
estas sustituciones constituyen una tarea difícil y lenta y aunque Bush no
mencionó la energía de fusión en su mensaje, por ser ésta todavía en etapa
experimental y disponible sólo a largo plazo –de tener éxito el ITER- es obvio
que aprobará cualquier financiamiento para proyectos de investigación nuclear,
por ser esta fuente energética casi inagotable en el mundo (máxime cuando la
materia prima sería el agua), concentrándose en maneras de mejorar la seguridad
de plantas atómicas y de hacer factible el prometedor método de fusión
magnética.

Asimismo, a pesar de que Bush se refirió a menudo a los
beneficios ambientales del programa Freedom Fuels, es obvio que el actual
énfasis de su administración se debe a las presiones internas para importar cada
vez menos petróleo, sea por las frecuentes crisis del medio oriente como por la
incertidumbre de suministro foráneo de algunos países petroleros. Incluso, Bush
invita a convertir esa iniciativa en un nuevo y acelerado “programa Apolo”, con
un objetivo específico en un plazo breve –al igual que el proyecto que llevó al
hombre a la Luna en 9 años- enfatizando que el mismo podría darle al país una
gran autonomía en materia energética en menos de dos décadas. Una advertencia
seguramente dirigida a los países petroleros que cuentan con los vitales
mercados energéticos del norte industrializado, región donde se adoptarían
rápidamente las nuevas tecnologías tanto para frenar el calentamiento global
como para una menor dependencia del petróleo. Sin embargo, a diferencia de la
urgencia que supo imprimirle John F. Kennedy a la carrera espacial, Bush todavía
no ha logrado galvanizar a la industria norteamericana para que cooperen en
forma entusiasta en el programa Freedom Fuels, todavía aquejado –como hace dos
años- de la tradicional inercia que implica el uso de tecnologías conocidas, ya
que el programa afectaría a industrias con una inmensa infraestructura y grandes
intereses económicos, como lo son la petrolera y automotriz.


Los países industrializados se
preocupan


Pero las cosas están cambiando más rápidamente
de lo que se creía posible a inicios de siglo, con el petróleo a niveles record
de precios. Hay que tomar en cuenta que, si el crudo se vendiera a $100 dólares
del barril, la gasolina costaría en EE-UU cerca de $4 dólares el galón, o sea un
dólar el litro, alrededor del doble del nivel actual. Estas cifras probables ya
empiezan a preocupar a los consumidores estadounidenses –y a los políticos, por
supuesto- causando de paso iguales inquietudes en otros ámbitos como el europeo
y japonés, donde la gasolina es aún más costosa –alrededor del doble de la
norteamericana- por los altísimos impuestos integrados al precio. Así, debido a
las implicaciones políticas del alto precio de los combustibles, todos los
países industrializados están acelerando alternativas tecnológicas al petróleo
como fuente energética.

Es lógico anticipar que esos altos niveles de
precios de los combustibles conllevarían grandes desajustes económicos en todos
los países –especialmente en términos de inflación y recesión- fenómenos de los
que no estarían inmunes ni siquiera las potencias petroleras, pues aunque
recibirían más ingresos fiscales por las regalías e impuestos, también serían
seriamente afectados por ser grandes importadores de productos manufacturados de
países industriales. Y ni hablar de las naciones más subdesarrolladas, que no
tienen ni petróleo ni tecnologías avanzadas, y que aumentarían a pasos
agigantados sus niveles de pobreza. En suma, la inminente crisis energética será
un problema multifacético de alcance global que debería preocupar a todos los
países, pues en esta era de la globalización económica ningún país se puede
considerar aislado sino parte de un conjunto muy dinámico y estrechamente
interconectado, al igual que un organismo viviente donde cualquier anomalía en
un sistema afecta al resto de los sistemas vitales. En esa eventualidad, las
crisis energéticas de años 70, 80 y 90, palidecerían en comparación con la
generada por la preocupante situación en ciernes, alimentada más que todo por
los rumores de reservas menguantes, dificultades de producción/refinación y
amenazas de fallas en el suministro por las tensiones geopolíticas entre países
productores y consumidores. Naturalmente, estamos considerando aquí sólo un
“escenario pesimista”, actualmente poco probable, pero de ninguna manera
impensable dada lo impredecible de los acontecimientos en el cambiante panorama
del Oriente Medio, siempre sujeto a desagradables sorpresas. Pero, aún con su
escasa probabilidad, estas especulaciones alimentan irreales compromisos de
compras a futuro, todo lo cual hace subir la demanda circunstancial -y los
precios petroleros- en forma irracional, más allá de los controles que
establecen las leyes económicas de oferta y demanda, hechos que a su vez pueden
acelerar una carrera a la sustitución del petróleo como motor energético a largo
plazo. Y aunque los países petroleros no parecen muy preocupados en vista de la
lentitud con que operan estos cambios tecnológicos, harían bien en diversificar
aceleradamente sus economías, para que la eventual e inevitable transición hacia
fuentes energéticas más confiables y ecológicas no los agarre de sorpresa en
unas cuantas décadas.

El autor es ingeniero químico especializado en
la formulación y aplicaciones de productos del petróleo. Fuente: Venezuela
Analítica

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