Asia-Pacífico, Política

El sueño del régimen chino: riqueza sin democracia

Sobre la China actual hay que recomendar un excelente libro del periodista norteamericano Evan Osnos: Age of Ambition: Chasing Fortune, Truth and Faith in the New China

Los analistas occidentales han vivido durante mucho tiempo de las ilusiones de Tiananmen, de una época en la que se pensaba que China podía ser otra ficha del dominó que arrastró en su caída a la mayoría de los regímenes comunistas. Pero China era y sigue siendo distinta. Las tesis sobre el desarrollo económico y la paralela ascensión de las clases medias no han demostrado su vigencia. Por el contrario, los comunistas chinos se aferran al poder y ejercen un hábil y riguroso control político y económico.
 
Ahora el Partido Comunista Chino (PCCh) está vendiendo a su pueblo uno de los bienes más apreciados en un mundo de cambios vertiginosos: la estabilidad. La administra con una dosificada mezcla de autoritarismo, nacionalismo y extensión de la prosperidad económica para un gran número de personas. No es un partido revolucionario sino un partido en el poder. El PCCh ha abandonado en la práctica las teorías de Marx, aunque muchos turistas chinos sigan haciendo una parada obligada en la casa-museo del filósofo alemán en Tréveris, y aunque el régimen ha conservado la iconografía de Mao, venerado no tanto como continuador del marxismo sino como un patriota y liberador de China tras un siglo de humillaciones extranjeras.
 
Sobre la China actual hay que recomendar un excelente libro del periodista norteamericano Evan Osnos: Age of Ambition: Chasing Fortune, Truth and Faith in the New China (Farrar, Straus & Giroux, New York, 2014, 416 págs.), que ganó el National Book Award de EE.UU. Osnos pasó cinco años en Pekín como corresponsal de la revista The New Yorker, y conoce los entresijos y las paradojas del régimen chino. En su libro profundiza en las vidas públicas y privadas de algunos ciudadanos chinos. Ha conversado con ellos y sondeado sus aspiraciones y proyectos para concluir que China vive una era de la ambición, y establece un paralelo histórico con EE.UU., que conoció una era semejante, señalada por el espectacular crecimiento económico y el progresivo protagonismo mundial, entre 1865 y 1900.
 
Una revolución más poderosa que la de Mao
El libro gira en torno a tres elementos: la fortuna, la verdad y la fe. El que sorprendentemente hayan aflorado en la China de hoy solo puede explicarse por una “revolución” más influyente y duradera que la maoísta: la representada por Deng Xiaoping, partidario de abrir China a la economía de mercado, aunque inevitablemente “entraran algunas moscas”.Entraron, en consecuencia, nuevas inquietudes y la necesidad de reflexionar y hacerse preguntas, pues cuanto más se asciende en la escala económica, las personas más quieren saber del mundo que les rodea.
 
Los comunistas han concebido sus reformas para consolidar el poder, y están convencidos de que China será pronto un país completamente desarrollado sin efectuar ninguna reforma política sustancial
Deng abrió puertas a la prosperidad económica, y desde entonces el régimen trataría de persuadir a su pueblo de que el precio para comprarla, y para conservarla, era la lealtad al gobierno. Es más: el propio gobierno se preocuparía de fomentar ambiciones y sueños individuales dentro de unos límites. Aquella frase atribuida a Deng de que “ser rico es glorioso”haría fortuna en el amplio sentido de la palabra. Desde entonces, la libertad individual sería entendida como un camino para alcanzar la prosperidad.
 
En cambio, en política la libertad más importante y más valorada por el régimen no sería la del individuo sino la de la nación, lo que equivale al fomento del orgullo patriótico y nacionalista. Nada nuevo, porque también lo creía Sun Yat Sen, el fundador de la primera república china, que consideraba que el individuo debía estar supeditado a la organización. Para aquel político de principios del siglo XX, el gobierno era el automóvil y los líderes, sus conductores y mecánicos.
 
La “generación del yo” china
Si algo caracteriza a los ciudadanos chinos que Osnos presenta en su libro es que la mayoría podrían ser etiquetados como representantes de la “generación del yo”, pues rebosan de confianza y afanes de protagonismo, queriendo marcar contrastes con el colectivismo utópico de la revolución cultural. De hecho, la nueva China está llena de ejemplos de personas que se han hecho a sí mismas y se han superado social y económicamente, algo más propio de la Norteamérica capitalista que de un país comunista. Lejos quedan los tiempos en que el maoísmo arremetía contra las empresas privadas y los premios al mérito.
 
Casi todos aspiraban, y lo han conseguido, a tener su propia casa, su coche, a enviar a sus hijos a la universidad o a viajar al extranjero. El régimen ha alimentado muchos egos en la creencia de que esa generación no se rebelará por temor a perder su prosperidad. Un cierto egoísmo individualista no está tan mal visto socialmente, pues lo que de verdad se ve mal es la corrupción.
 
Hay nuevos ricos de refinados gustos occidentales que están convencidos de vivir en el mejor de los mundos y no cuestionan el poder establecido, entre otras cosas porque hasta poseen el carné del PCCh, desde que el poder permitiera admitir a empresarios. Ya no leen viejos manuales maoístas sino que se han americanizado en sus hábitos de lectura y les interesan más las páginas de El gran Gatsby y deOrgullo y prejuicio. Y quien lee estos libros se interesa, por ejemplo, en el aprendizaje del inglés. Para ellos no existe contradicción entre tener bolsos y maletas de Louis Vuitton y aplaudir las consignas oficiales del marxismo-leninismo que, desde luego, no es internacionalista como en la primitiva URSS. Y es que han sido persuadidos de que el verdadero patriotismo pasa por amar el sistema socialista.
 
El nacionalismo es la bandera que ha sustituido a la ideología revolucionaria y marxista

Capitalismo de Estado
Recuerda el autor del libro que el PCCh tiene entre sus méritos haber dado cauce, tras los duros años finales del maoísmo, a la mayor expansión del potencial humano en la historia mundial, aunque a la vez se muestra receloso de que esto sea una amenaza para su supervivencia. A menudo difundirán el mensaje, que algunos intelectuales harán suyo, de que la India y algunos países africanos ciertamente tienen una democracia, pero cuestionan que les sea de utilidad si no pueden alimentar a su propio pueblo.
 
Los comunistas han concebido sus reformas para consolidar el poder, y no para perderlo. Parecen estar seguros de que China será en algunas décadas un país completamente desarrollado sin efectuar ninguna reforma política sustancial.

Este, y no otro, es el “sueño chino”, defendido por Xi Jinping, que necesita a la vez alimentar el nacionalismo.

Ese sueño se fundamenta en que la vía correcta de la prosperidad china es la elegida, el capitalismo de Estado, y no la política neoliberal de privatizaciones. De ahí que en un mundo globalizado las autoridades hayan construido una gran muralla en Internet capaz de bloquear contenidos y disminuir los contactos de las redes sociales.
 

Además, el poder chino parece haber estudiado los consejos de expertos norteamericanos en comunicación y relaciones públicas de la época de entreguerras como Walter Lippmann y Harold Lasswell. Osnos reproduce algunas de sus frases lapidarias. Del primero señala que “el poder de las imágenes mina nuestro pensamiento crítico”, y del segundo subraya que “si las masas se ven libres de cadenas de hierro, deberán aceptar cadenas de plata”. Esto explica que el autor llegue a la conclusión de que no es fácil ser disidente en China desde el momento en que el gobierno ha mejorado la vida de millones de sus habitantes, aunque estos carezcan de libertades políticas.
 
Evan Osnos ya no cree, como en sus días de estudiante, que cuanto más rica y próspera sea China, más cerca estará de la democracia. Ahora la prosperidad está en buena sintonía con el orgullo patriótico, lo que explica que los turistas chinos estén perdiendo su capacidad de asombro en sus viajes al extranjero. Lo que ven no suele parecerles mejor que lo que hay en su país. De ahí la tendencia china a absorber lo útil de las filosofías y religiones occidentales, tal y como hizo con el marxismo y el capitalismo. Piensa el autor que las creencias no cambiarán por sí mismas a una China que rinde culto a la religión del nacionalismo.
 
Doble vida
El balance final del libro no nos deja demasiadas esperanzas de cambio político en China. Pero habría que llamar la atención de los peligros que siempre ha tenido el llevar una doble vida. Bien sabe Xi Jinping que la corrupción es una de las principales amenazas para el régimen y ha desencadenado espectaculares campañas para erradicarla, como la que ha afectado a Bo Xilai, un carismático líder provincial que fue condenado a cadena perpetua y expulsado del PCCh en 2013. Sin embargo, la doble vida la marca el contraste entre el ideario partidista y la invitación a acumular riquezas y triunfar a gran escala en el mundo de los negocios. En tales circunstancias, la ideología se convierte en un eslogan, carente de contenido. De esto también saben mucho algunos partidos en Occidente.
 

Pese al título, la religión ocupa un lugar muy secundario en el libro. Aparte de algunas referencias puntuales al budismo y al confucianismo, que renacieron, pese a las campañas persecutorias de la revolución cultural, hay menciones al cristianismo en general, aunque no a la religión católica en particular. La religión sería uno de los ámbitos de libertad individual que los chinos habrían recuperado, pero Osnos no se plantea en ningún momento que la religión pueda ser un factor de cambio en China y tampoco un instrumento para luchar contra la corrupción endémica.


 

Autor: Evan Osnos

Farrar, Straus & Giroux.
New York (2014).
416 págs.

 

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