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En Argentina  es difícil derrotar  ideas erróneas…

El nacionalismo que ensangrentó a Europa en el siglo XX sedujo,  no sólo a Europa,  sino también a América. En nuestro país llegó para quedarse,  tiñó la realidad con el tinte fuerte de los colores nacionales.

Si las ideas, pueden mover montañas, incluso las equivocadas, basta pensar en Hitler o Lenin,   y el progreso depende de que sean correctas las que triunfen, en la Argentina la difusión de ideas nacionalistas penetraron,  con vigor.  la política argentina a partir de la revolución de 19 30.  También en los hijos de familias patricias, en la Iglesia, el ejercito profesionalizado, y en la intelectualidad tradicionalista y reaccionaria.

Las ideas nacionalista  que impregnaron el pensamiento de los militares que llegaron al poder en 1930 y de los que más tarde derrocaron a Castillo –en 1943- se vieron reflejadas, también, en figuras civiles de prestigio como fue la que encarnaba el poeta y escritor, Leopoldo Lugones. (1874-1938). Fue anarquista, socialista, luego liberal y,  finalmente,  nacionalista. Promovió y defendió el golpe militar del 30.

Ricardo Rojas (1882-1957), rector de la Universidad de Buenos Aires desde 1906 a 1930, también adhirió a esas ideas pero se expresaron especialmente en el tema de la educación: subrayó la enseñanza de nuestra historia como arma para integrar a los hijos de inmigrantes a la sociedad argentina. Pero  Rojas no quería que se volviera a “la bota de potro” pues admiraba la cultura europea, consideraba que se debía educar para lograr inculcar el orgullo de haber nacido en la Argentina.  A diferencia de Lugones,  profesaba un nacionalismo moderado. Por el contrario, aquél   creía en la “fuerza” y el “autoritarismo” para asegurar el orden social. Fue por ello que afirmó,  en su renombrado discurso de Ayacucho, que “ había llegado la hora de la espada”.

Manuel Gálvez, otro escritor, nacionalista católico, remarcó “la espiritualidad” base para mantener  lo “español y criollo”,  fundamento de la “argentinidad”. Tanto Rojas como Gálvez y otros muchos nacionalistas admiraban a “los caudillos”, porque habían respetado los valores tradicionales,  fueron –afirmaba Rojas-, “más argentinos”.

Rodolfo y Julio Irazusta,   Juan E. Carulla,  Ernesto Palacios,  Cesar Pico,  entre otros,  se agruparon tras el periódico “La Nueva República” . Sostenían la conveniencia de un gobierno de fuerza para evitar el avance del comunismo en la Argentina y apoyaron,  como Lugones,  el golpe. Por el contrario, el grupo que lideró el general Agustín P. Justo, con dirigentes de partidos democráticos, evitó  que el proyecto antidemocrático de Uriburu prosperara.

El fraude –sin embargo- fue el protagonista que facilitó, luego de la muerte de Ortiz, el éxito del golpe de 1943. Desde allí en adelante no sólo triunfaron las ideas nacionalistas sino que se llevó a cabo una reforma estructural,  completada por Perón,  después de su triunfo electoral del 24 de febrero de 1946.

Las ideas nacionalistas fueron prosperando a la sombra de modelos europeos. Charles Maurras, (1868-1952),  escritor francés,  antiliberal y anti-racionalista,  tuvo enorme influencia en el nacionalismo argentino de derecha. Hizo campañas desde revistas y periódicos contra la democracia,  a favor de la monarquía hereditaria y el fascismo. Adhirió al franquismo y al régimen de Vichy como lo hicieron también sus admiradores argentinos.

Desde la década del 30 en adelante se perfilan dos nacionalismos: el nacionalismo “restaurador” de derecha y un nacionalismo con ingredientes populistas,  más de izquierda. El primero tuvo gran difusión en revistas y periódicos: “Criterio”, “El Pampero”, “Nuevo orden”, “Cabildo”, “Crisol”, “Sol y Luna” entre otros.

Hugo Wast (Guillermo Martínez Suviría) quien  alcanzó el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública,  en 1943,   mostró en tres de sus libros,  el perfil antisemita que caracterizó al nacionalismo restaurador. También,  entre otros,  el nacionalista católico,  presbítero y doctor en filosofía y teología, Julio Meinvielle, admirador de la Edad Media, atacó a los judíos acusándolos de controlar nuestros trigos, carnes, industrias y más. Los hacía responsables de todo lo que no le gustaba del país. Era un ejemplo perfecto de lo que Karl Popper llamó teoría conspirativa de la sociedad: al no entender fenómenos complejos sociales se los atribuían a individuos o grupos poderosos. Muchos de éste sector ideológico admiraban a la Italia fascista y los métodos violentos para imponer el orden social que anhelaban.

F.O.R.J.A.(Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) representó a un nacionalismo populista. En él se destacaron Arturo Jauretche y Homero Manzi, entre los más conocidos. Tenían sus propias publicaciones como FORJA,  Argentinidad, Reconquista, y algún otro. Defendieron  la neutralidad durante la Segunda Guerra y señalaron la peligrosidad de los dos bandos.  El grupo se dividió  en 1940,  y algunos,  junto a Luis Dellepiane,  se acercaron otra vez a la UCR, pro-británica.  En cambio los que seguían a Jauretche encontraron en Perón al “Mesías” que esperaban.  Él hizo realidad sus deseos: nacionalizaciones, autarquía económica, antiimperialismo, crítica a la oligarquía (agente del imperialismo) y justicia social. Se dedicaron, casi con exclusividad a los problemas de Argentina y Latinoamérica,  sin notar qué en el mundo se estaba jugando,   el triunfo o el fracaso de la democracia que ellos defendían. Colaboraron,  con Perón,  desde 1943.( FORJA se disuelve en 1945.)

Se fueron posicionando en una línea histórica que crearon: Rosas-Irigoyen-Perón. Los tres se habían destacado en la defensa  de “valores argentinos”, al oponerse  al influjo de potencias extranjeras. Los igualaban sin considerar sus diferencias: idealizaron los procesos históricos reales: dijeron defender la democracia pero admiraron a Rosas y más tarde a Perón,  dos dictadores.

En realidad es muy difícil explicar el nacionalismo argentino porque hubo muchas diferencias entre sus miembros,  además de idas y venidas de acuerdo a lo que sucedía en el país. Pero,  todos contribuyeron a destruir  la democracia, tanto los que apoyaron ideas totalitarias,  como los que creyeron y ayudaron a que Perón llegara al poder e hiciera trizas los valores liberales, base de un sistema democrático.  Además,  las ideas nacionalistas sembraron confusión en las cátedras universitarias,  sobre todo en la enseñanza de la historia argentina. Mediante el revisionismo se igualó la democracia con la dictadura. El nacionalismo creó una atmósfera intelectual en la cual la política de Perón se ajustaba perfectamente.

El avance del Estado sobre la sociedad civil demostró ser un error, de cuyas consecuencias fue difícil escabullirnos una vez que le abrimos los brazos a gobernantes autoritarios. Perón  engañó con ideas populistas en discursos cargados de “amor a la Patria”, donde se desprestigiaba  la democracia, ese ámbito de libertad, en el que prosperan  todas las teorías, el Estado tolera la libre expresión y la crítica,  fundamentales para la innovación,  raíz del progreso.

Intimo amigo del nacionalismo peronista fue  el populismo,  el cual se caracteriza por un buscar demagógicamente apoyo masivo -de vastos sectores sociales-  a un liderazgo carismático.  Proviene de sectores altos o medios,  defiende políticas nacionalistas,  desarrolla, además, un vínculo estrecho entre el líder y la masa.  La Justicia social, el distribucionismo, la autarquía, el antiliberalismo, están ligados al populismo,  también, como veremos, a la jerarquía,  al orden autoritario  y al rechazo de lo extranjero. Roba tanto del nacionalismo de derecha como del de izquierda: un estrecho contacto con la Iglesia, la prédica por la independencia económica  y el rechazo a los partidos políticos en beneficio de una representación corporativa  la cual sustituye a la de los partidos.

Estas ideas,   contrarias al liberalismo,  hechizaron a políticos y militares  y a parte de la intelectualidad, desplazando a aquellas que nos hubieran llevado a tener un contacto fluido con el mundo democrático. Penetraron en la cultura convencional y en los medios masivos de comunicación. Poco a poco se esfumaron las condiciones que permitieron,  durante décadas,  el desarrollo de ideas democráticas,  aquellas que propiciaron el surgimiento y avance de un modelo de sociedad democrática y capitalista.

La libertad,  que en un sistema democrático permite luchar contra las regulaciones al comercio,   atrae a los capitales de cualquier procedencia  y permite  la existencia de una sociedad abierta, fue cercenada y mancillada en nombre de ideas que defendieron lo autóctono y rechazaron,  fervorosamente,  todo lo que oliera a extranjero, a la innovación y a la creatividad.

El partido tácito e inestable  que había organizado al país  con ideas modernizantes –originadas en Europa occidental- no logró crear un heredero político. En las condiciones de 1930-1945, sus restos políticos carecían de figuras relevantes que pudieran competir con posibilidades de éxito en la lucha por el poder.

Perón fue quien,  apropiándose de ideas nacionalistas,  con tintes socialistas  –típicas  del fascismo- atrajo a la masa disponible,  la cual,  en  Argentina,  fue creciendo   carente de un jefe o un partido que las incorporara y presentara en sociedad,  después del desarrollo industrial de los años 1920 y 1930.

Desde 1943, los gobiernos  argentinos  prefirieron  a los países con gobiernos totalitarios o autoritarios y se comenzó  a imitarlos.  Los países democráticos  fueron rechazados en nombre de un quimérico destino que nos esperaba por ser un país maravilloso y lleno de riquezas naturales, donde bastaban unos completos planes quinquenales para sobresalir. Decía Perón:

 “Esta tierra, en la que se suele afirmar que Dios es criollo, debería dar gracias a la Providencia, porque creo que en este momento no hay un solo país en el orbe que pueda ser más feliz que nosotros”

En vez de estudiar el pasado y aprender del repaso de las políticas que hicieron de la Argentina un país moderno, se cambió  el rumbo con la ayuda del capital acumulado por los gobiernos anteriores. Perdimos la oportunidad de participar en las condiciones de la posguerra que se inicia en 1946.

Si ideas nacionalistas fueron las que llevaron a J.  E. Uriburu al poder en 1930,  no solamente fue en Argentina donde prendieron:  Brasil, México y Bolivia ensayaron esas ideas durante los gobiernos populistas de Getulio Vargas, Lázaro Cárdenas  y Toro y Bus,  respectivamente.  También en Uruguay,   Luis Batlle,  en Colombia Jorge Eliécer Gaitán, en  Ecuador  Velazco Ibarra  y en Perú, Víctor Haya de la Torre.

Como en el caso de Perón, las ideas de independencia económica, justicia social, cooperativismo,  criticas al capitalismo, al comunismo y a la oligarquía,  marcaban el ritmo en los discursos de los políticos y gobernantes de esos países de América. Tanto como aquí, se asignaba importancia a una “justa distribución de la riqueza” y a la necesidad de una industria pesada siempre ligada al papel relevante del Estado. Este creció, como ejemplifica el caso de Argentina, practicando un intervencionismo decisivo en la dinámica de los mercados.

Perón lo expresaba claramente:

“Sería impropio anunciar la codificación del Trabajo en el preciso instante de producirse el tránsito  entre el abstencionismo del Estado, que fenece, y la futura acción estatal que comienza..”

 Bregaba por la independencia económica y denostaba a los anteriores gobiernos de tendencia liberal. Pero en sus discursos hacía uso de la Historia como mejor se ajustaba a sus deseos: utilizaba, por ejemplo, a los revolucionarios de 1810, quienes defendieron ideas de apertura económica, para rechazar al capital extranjero.

“Si en 1810 fuimos libres políticamente, gracias a esos héroes que siempre recordaremos, no podemos afirmar lo mismo de los que le sucedieron que lejos de conquistar nuestra independencia económica han perdido el tiempo para entregarnos a una situación de verdadero coloniaje, como nunca el país había soportado antes.”

Creía, equivocadamente,  que el capitalismo demo- liberal había llegado a su fin:

“Ha terminado en el mundo el reinado de la burguesía y comienza el gobierno de los pueblos. Con ello el demo-liberalismo y su consecuencia el capitalismo, han cerrado su ciclo.”

Elena Valero NarváezMiembro de Número de la Academia Argentina de la Historia. Miembro  del Instituto de Economía  de la Academia de Ciencias. Morales y Políticas. Premio a la Libertad 2013 (Fundación Atlas).

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