Gabriel Alonso.
En España, estamos viviendo una situación en la política antiterrorista que puede servir de ejemplo al resto del mundo. El relativismo ético del actual Gobierno le lleva a sentarse a negociar con terroristas que no han renunciado ni condenado la violencia para conseguir una supuesta “paz”. Es la consigna de zapatero: la paz ante que la política. Es decir la paz a cualquier precio.
Todo el mundo sabe que lograr una paz a base de cesiones es origen de nuevos conflictos y, aún más graves si cabe, porque se fortalece la violencia como instrumento político. Negociar con alguien que no renuncia al terrorismo es hacerlo con alguien que no busca la paz sino determinados objetivos “políticos”, pues si no los logra recurrirá a ella. Esto sitúa en enorme desventaja al que dice intentar logra la paz cediendo terreno, pues a parte de renunciar a la defensa de ciertos valores, porque se consideran negociables y -por lo tanto- relativos se va a topar con el dogmatismo de quien no busca la paz sino vencer. En España nuestro gobierno dice buscar la paz, pero ¿cómo se explica que pretenda conseguirla ante quien no está dispuesto a ceder y a utilizar la violencia en cuanto haga falta? Los terroristas no consideran la paz un fin en sí mismo, sino un medio transitorio e instrumental para conseguir sus aspiraciones. Mientras tanto, el pseudopacifista Zapatero y sus correligionarios tienen la paz como un fin en sí mismo, aunque haya que claudicar ante ciertas reivindicaciones de los violentos o aunque estén activos en sus actividades de extorsiones y amenazas.
Aquí está el problema: ante sanguinarios que no aspiran a la paz sino a imponerse, nos encontramos con un Gobierno que aspira a la paz cediendo en ciertos aspectos. Es decir fanatismo, dogmatismo, frente al pragmatismo de “el fin justifica los medios”, el relativismo en cuestiones como la autodeterminación, Navarra, la cesión del Estado, etcétera y el oportunismo de quien piensa lograr réditos electorales.
Pueden ocurrir dos cosas: o que el Ejecutivo esté buscando desesperadamente conseguir la “paz”, a cualquier precio (dejaría una herencia terrible), por intereses partidistas -lo cual es, literalmente, monstruoso- y demuestra que la paz es una excusa para perpetuarse en el poder, o bien, el Gobierno ejerce un pseudopacifismo letal que no tiene nada que ver con la verdadera búsqueda de la paz, como en tantas veces ha ocurrido en la historia con sus presuntos abnderados.
Recordemos que fue Gandhi el que afirmó que la paz se construye sobre la justicia y que él estaría dispuesto a utilizar la violencia si se atropellaba la dignidad de las personas. Este es el verdadero y noble concepto de paz, el basado en lo justo. Lo demás son versiones adulteradas de la misma, cuando no auténticas perversiones: ya decía, por ejemplo, el bloque imperialista soviético-comunista que su afán era conseguir la paz mundial.
Todo lo dicho no es únicamente aplicable al caso español sino que, por desgracia, ante el fenómeno del terrorismo internacional, cabe aplicar -exactamente- las mismas consideraciones.










