A juzgar por las últimas encuestas publicadas, la mayoría absoluta no la obtendrá nadie en las próximas elecciones generales españolas.
Los partidos políticos se van adaptando a la realidad a medida que cambian los tiempos sociales y económicos. El siglo XX vio cómo los liberales británicos pasaban a ser testimoniales tras la aparición del laborismo al final de los años veinte. Los conservadores se han mantenido cohesionados porque Inglaterra es un país que tiene mucho que conservar. Pero la aparición del UKIP de NigelFarage amenaza con discutirle la primacía de un partido que ha acompañado a los británicos desde los tiempos de Disraeli. Ni siquiera el sistema electoral del acta única por distrito permite soñar con un gobierno de mayoría absoluta. Se han ido los días de los gobiernos de un solo partido.
A la Democracia Cristiana italiana se la llevó por delante el ajuste de cuentas judicial de Antonio Di Pietro en los años noventa y no ha encontrado todavía un lugar en el mapa político. Lo mismo les ocurrió a los comunistas italianos, siempre a punto de producir el sorpasso, y hoy diluidos en una izquierda heterogénea que suele recurrir a un socialcristiano para impedir la vuelta del Berlusconipopulista de turno. Cuando los dos partidos centrales de la política italiana empezaron a cambiar de adjetivos en sus siglas se había empezado el deterioro definitivo de las formaciones. El eurocomunismo, el comunismo con rostro humano y otras calificaciones que se añadieron no hacían sino presagiar el final de las formaciones clásicas italianas. Cuando hay que cambiar tanto de adjetivo, mejor es cambiar el sustantivo.
Algo parecido podría decirse de la derecha postgaullista francesa que ha cambiado tantas veces de siglas como de presidentes conservadores que han ocupado el Elíseo. Los socialistas de Hollande no pretenden cambiar de siglas, pero no aciertan a conectar con las preocupaciones de los franceses, que sitúan a la izquierda clásica en sus momentos más bajos. La popularidad de Manuel Valls se ha deteriorado.
El mapa político de España y Catalunya cambiará muchas fronteras ideológicas y de poder en el 2015. Las encuestas no son infalibles, pero marcan tendencias que indican insatisfacciones, descontentos y rabias del electorado instalado en una crisis de gran calado y de la que no se ve una salida rápida ni fácil.
Llega el invierno del descontento, aquel verso de Ricardo III de Shakespeare que fue utilizado en Gran Bretaña en 1979 por el acorralado primer ministro James Callaghan, que recurrió al “Now is the winter of our discontent” para paliar la frustración de los británicos, acorralados por los sindicatos, que llegaron a dejar de enterrar a los muertos y a abandonar la basura podrida durante muchos días en las calles de Londres. El resultado fue la fulgurante victoria de Margaret Thatcher aquel año, inaugurando un periodo de filosofía ultraliberal que todavía perdura en buena parte de Europa.
A juzgar por las últimas encuestas publicadas, la mayoría absoluta no la obtendrá nadie en las próximas elecciones generales españolas. Habrá que ver cómo se urden los pactos entre tres partidos que no serían capaces ni de organizar una merienda conjunta. Podemos de Pablo Iglesias aparece con fuerza y el PP de Rajoy cae estrepitosamente. El PSOE de Pedro Sánchez muestra un encefalograma plano. Los españoles, después de la corrupción y los errores varios, se lo pensarán antes de entregar una mayoría absoluta.
Si nos atenemos al sondeo oficial del CEO, organismo oficial de la Generalitat, el mapa político que sale muestra un Parlament con grandes dificultades para obtener mayorías estables. Cuesta entender cómo el partido que gobierna pueda perder la mitad de los diputados en sólo dos años si se tiene en cuenta que en el 2012 tenía 62 escaños y la encuesta le otorga unos 33. Pero los 39 de la Esquerra de Junqueras tampoco le permiten gobernar sin una o varias muletas. El voto claramente independentista, el de CiU y ERC, no se movería y se limitaría a un trasiego de escaños entre el partido de Artur Mas y el de Oriol Junqueras.
Cuando escribía en estas páginas hace dos años que la cuestión social tendría un papel decisivo en las urnas, se me advertía que la cuestión nacional incluía también los temas sociales y que una Catalunya fuera de España resolvería las desigualdades con más acierto y justicia.
Pero resulta que, sin ni siquiera saber quiénes encabezarían la lista de Podemos en Catalunya, el CEO les otorga unos diez escaños. Entiendo las prisas para que soberanistas y unionistas se midan en las urnas aprovechando la gran ola que ha llenado las calles y que el domingo acudirá en masa al simulacro de unas urnas sin consecuencias políticas vinculantes.
Sostengo que cuando Mariano Rajoy y Artur Mas convoquen elecciones se ajustarán cuentas con la corrupción rampante, con lo poco que se ha hecho para combatir el paro, los escándalos políticos que desfilan ante los juzgados, la palabrería hueca, la propaganda de unos y otros.
Las hegemonías y monopolios políticos revalidados en las urnas se han ido y tardarán tiempo en volver. El mundo está cambiando vertiginosamente y los partidos no están dispuestos a adaptar sus estructuras y funcionamiento a los parámetros del siglo XXI. De este proceso de cambios sociales imparables tendrán que salir ideas realistas, no banales ni fantasiosas, capaces de dar respuesta a los desafíos de esta desconcertante posmodernidad.
Publicado en FoixBlog
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