Dos corrientes de fondo pueden cruzarse en la política española en este año de elecciones concatenadas.
La primera es que la corrupción que se ha instalado estructuralmente en una sociedad tiene poco impacto electoral si son muchos los beneficiados de las prácticas delictivas de los gestores públicos. Cuando la corrupción se socializa, se entra en el mundo de la pillería generalizada. La segunda corriente de fondo es que la corrupción sí que es castigada en las urnas cuando es percibida como intercambio ilegal y delictivo de favores y de prebendas entre las clases dirigentes.
Los resultados de las elecciones andaluzas probarían la inmunidad de los socialistas ante unas prácticas corruptas que afectan a un millar de ciudadanos imputados por malversación de fondos públicos. La juez Alaya sigue hurgando en expedientes inacabables que van acusando a ciudadanos que engrosan la plantilla de sospechosos camino de los tribunales. Ayer mismo ordenó una nueva redada a cuenta de irregularidades en la distribución de fondos de formación.
El descalabro del Partido Popular en Andalucía podría responder a la idea de que la corrupción de los mejores, de los gerifaltes del Partido Popular que controlan el partido desde la sede de Génova, afecta a los votantes andaluces como un efecto mariposa de ámbito nacional.
En cualquier caso, los dos tipos de corrupción comportan trampas, injusticias y constituyen un freno para el desarrollo de cualquier sociedad que aspira a un cierto grado de equidad.
Es una idea divulgada ampliamente que cuando una sociedad pierde sus puntos de referencia, cuando los valores cívicos compartidos dejan de ser prioritarios, aparece el Código Penal para poner orden judicial allí donde los partidos, los gobiernos o los agentes sociales han fracasado. La política, ya lo decía Aristóteles, no es otra cosa que ética social, que es el antídoto más adecuado para neutralizar la corrupción rampante que pueda existir en un colectivo, una sociedad o una nación.
Susana Díaz ha ganado las elecciones prometiendo que no habría más corrupción en Andalucía y que el Gobierno se comportaría a partir de ahora con los criterios de transparencia más estrictos. Ha levantado la bandera del andalucismo electoral proclamando a la vez su apoyo incuestionable a la unidad nacional española. Los andaluces le han comprado el discurso y han depositado nuevamente su confianza en el Partido Socialista, que lleva más de treinta años gobernando en Andalucía. Han puesto un parche.
Las previsiones para reducir el paro, que alcanza el 34% de la población activa y que supera en muchas provincias el 50% en la juventud, no se han elaborado. Los andaluces han demostrado su capacidad de trabajo, innovación y adaptación resignada a situaciones adversas en muchas ocasiones. Catalunya, por ejemplo, tiene mucho que agradecer, hasta diría que está en deuda, a la integración constructiva de cientos de miles de andaluces que han contribuido a la creación de riqueza y a la convivencia cívica a lo largo del último siglo.
Es interesante analizar cómo queda el mapa político andaluz y cuál puede ser su proyección en las elecciones municipales, autonómicas y generales que se celebrarán en España este año. Susana Díaz tiene que hacer algo más que gobernar en minoría. Tendrá que poner las primeras piedras de la transparencia política. Albert Rivera ya se lo ha recordado. No cuente con Ciudadanos si antes no dejan sus escaños los expresidentes Griñán y Chaves.
Los partidos de nueva aparición en Andalucía, Podemos y Ciudadanos, van a acampar también en el resto de comunidades autónomas y pueden tener buenos resultados en las elecciones generales. Es improbable que lleguen al poder por sus propias fuerzas. Pero van a modelar el nuevo discurso político. No podrán ser acusados de corrupción porque no han tocado aún las piezas del poder de verdad. Hablarán y denunciarán. Sus mensajes rompedores no irán dirigidos a los gobiernos respectivos sino a las gentes que les ven y escuchan en los estudios de televisión y radio.
Si Rajoy no cambia de estrategia puede tener un gran susto y dejar de ser presidente este mismo año. Decía Heródoto que en cuestiones de la vida humana el orgullo precede a una caída y que el exceso de buena suerte conduce a una debacle, que las cosas humanas son muy inestables y que las costumbres de las diversas sociedades son muy distintas unas de otras. Añadiría que cuando hay descontento en las calles, lo peor que puede hacer un gobernante es encerrarse en su despacho o en su torre de marfil pensando que el tiempo se lo lleva todo como el viento otoñal barre las hojas caídas de los árboles.
Los problemas endémicos perduran más allá de gobiernos y de líderes políticos. Nos podemos lamentar no vivir en tiempos mejores, pero no podemos huir del presente, dice
Stefan Zweig en su estudio sobre
Montaigne. No basta con ganar elecciones de forma indefinida. Las victorias en las urnas han de acompañarse de políticas para resolver los problemas más perennes de las gentes. Pero, sobre todo, han de llevar a construir un futuro a medio y largo plazo para superar las deficiencias estructurales que pueden colocar a pueblos enteros en una cautividad de políticos, partidos y sistemas de la que difícilmente podrán escapar.
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