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Anas Jawed / Pexels

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España y América: una historia sin caricaturas

Ni héroes, ni tan villanos.

Los historiadores han escrito, a lo largo de los siglos, tan extensas obras sobre el hallazgo de los españoles en las tierras americanas que, con cierto criterio y modestia, convendría aclarar algunos aspectos de ese acontecimiento que cambió los designios del mundo.

No es interés polemizar ni adentrarse en detalles aparentemente cruentos que pudieron acontecer, aunque sí cabe indicar, de inicio, que la inmensa mayoría de los habitantes de Hispanoamérica posee algún grado de ascendencia española, fruto del amplio mestizaje producido durante más de tres siglos de presencia de la Corona española en el continente. Diversos estudios genéticos y demográficos coinciden en que el componente europeo, predominantemente español, forma parte, en mayor o menor medida, del patrimonio biológico de gran parte de la población latinoamericana. Por tanto, este hecho resta fuerza a quienes, desde planteamientos xenófobos o marcadamente hispanófobos, pretenden atribuir a los españoles actuales una responsabilidad hereditaria por los acontecimientos de hace más de quinientos años. Entre otras razones porque, de aceptarse ese razonamiento, también habría que exigir responsabilidades a quienes descienden de aquellos mismos protagonistas de la historia; no al ciudadano ibérico contemporáneo.

La literatura sobre lo ocurrido es inmensa: unos afirman, otros desmienten y no faltan quienes, con objetividad y apoyándose en la documentación histórica, exponen las interpretaciones más plausibles y cercanas a la realidad.

Cristóbal Colón, sin entrar en discusiones sobre si aquello fue un descubrimiento, una conquista o una invasión, creyó haber llegado a las Indias Orientales. Años después se comprendió que aquellas tierras correspondían a un continente hasta entonces desconocido para los europeos. Por este motivo llamó «indios» a sus habitantes. Ese término, en ningún caso, nació con una intención despectiva ni debería emplearse como tal en la actualidad. Incluso existe una conocida interpretación etimológica popular que le atribuye un significado halagador y espiritual: indio, «in-Dios», es decir, «en Dios». Aunque dicha explicación no forma parte de la etimología aceptada por la lingüística, ha perdurado como una interpretación simbólica que bien podría considerarse digna de ser recordada y tenida presente.

Otro aspecto que suele pasar desapercibido es que la reina Isabel I de Castilla, conocida como Isabel la Católica, dejó expresamente establecido en su testamento y, especialmente, en el codicilo de 1504, que los indígenas debían ser tratados con justicia y humanidad. En él ordenó que «no reciban agravio alguno en sus personas y bienes, sino que sean bien y justamente tratados». Aquella disposición inspiró posteriormente las Leyes de Burgos de 1512, consideradas por numerosos historiadores como el primer cuerpo normativo europeo destinado a regular la protección de los indígenas en el Nuevo Mundo.

Ello no significa que no existieran abusos, excesos o episodios de violencia, algunos de ellos perfectamente documentados. Sin embargo, también sería injusto ignorar que la propia Corona española dictó normas para impedir tales conductas y sancionar a quienes las cometieran, aunque no siempre fueran respetadas por aquellos que las transgredieron.

Del mismo modo, tampoco puede olvidarse que determinadas culturas prehispánicas practicaban sacrificios humanos y otras formas de violencia ritual ampliamente constatadas por la arqueología y la historiografía moderna. La evangelización fue concebida por la Corona y por gran parte de la Iglesia de aquella época como un medio para implantar un nuevo orden religioso y moral. Otra cuestión distinta es el modo en que algunos llevaron a cabo esa misión, traicionando los principios que afirmaban representar. Esto no constituye un pretexto para justificar los excesos cometidos, sino una invitación a contemplar la historia desde una perspectiva más amplia y menos reduccionista.

Ahora bien, lo que sí resulta deleznable, y fácilmente comprobable por cualquiera que consulte determinados manuales escolares de algunos países latinoamericanos, es que se hayan plasmado pasajes históricos que presentan de forma simplificada las agonías y sufrimientos padecidos por los pueblos indígenas exclusivamente a manos de los españoles, generalizando ese contexto e induciendo, en ocasiones, un resentimiento hacia la España actual. La historia merece ser enseñada con rigor, amplitud y espíritu crítico, especialmente a niños y jóvenes, evitando relatos incompletos que puedan favorecer prejuicios o estigmatizaciones.

En cuanto al denominado «gran robo del oro y las piedras preciosas», habría mucha tela que cortar. Resulta, cuando menos, llamativo que España no figure hoy entre los países con mayores reservas oficiales del metal precioso, mientras que otras naciones, como Estados Unidos, Alemania, Francia o Italia, poseen reservas considerablemente superiores. Ello no demuestra, por sí solo, qué destino siguió el oro extraído de América, pero sí invita a analizar con mayor profundidad un relato histórico que, con frecuencia, se presenta de manera excesivamente incompleto. Como dato adicional, España ocupa actualmente alrededor del decimosexto puesto mundial en reservas oficiales de este valioso mineral.

También suele olvidarse que otras potencias europeas, especialmente Inglaterra, Francia y los Países Bajos, desarrollaron procesos de expansión colonial marcados por guerras, desplazamientos forzosos y episodios de extrema violencia contra numerosas poblaciones indígenas. Sin embargo, esos hechos rara vez ocupan el mismo espacio en el imaginario colectivo que los protagonizados por España. La denominada Leyenda Negra, ampliamente estudiada por diversos historiadores, contribuyó decisivamente a consolidar una imagen parcial de la Monarquía Hispánica, silenciando o minimizando, en muchos casos, las actuaciones de otras potencias coloniales y las numerosas disposiciones dictadas por la Corona española para la protección de los pueblos indígenas.

La historia puede tener distintas versiones, según quién la escriba, quién la financie o quién la difunda. Lo que difícilmente debería aceptarse es la caricatura del español como un ser endemoniado, sediento de sangre y riquezas, ignorando la enorme complejidad de un proceso histórico que se prolongó durante más de tres siglos.

Sin embargo, con mucha menor frecuencia se recuerda que durante el periodo virreinal se fundaron hospitales, escuelas, universidades, caminos, puertos, catedrales y numerosas infraestructuras que aún hoy forman parte del patrimonio histórico de Hispanoamérica. Universidades como la de Santo Tomás de Aquino (1538), San Marcos de Lima (1551) o la Real y Pontificia Universidad de México (1551) figuran entre las más antiguas del continente. Ese legado, al igual que los errores y tragedias de aquella época, también forma parte de la historia y merece ser conocido.

El reinado de España, durante aquellos siglos, fue uno de los más influyentes y poderosos del mundo. Si hubiese expoliado cantidades de oro tan descomunales como, a menudo, se sostiene, cabría preguntarse por qué España no figura hoy entre las naciones con mayores reservas oficiales de este codiciado metal. Es una cuestión que invita, cuando menos, a la reflexión.

Cabe añadir que el asentamiento europeo habitado de forma ininterrumpida más antiguo de los actuales Estados Unidos fue San Agustín (Florida), fundado por el español Pedro Menéndez de Avilés el 8 de septiembre de 1565, varias décadas antes de la fundación de Jamestown (1607), considerada tradicionalmente el primer asentamiento inglés permanente. Mucho antes de la llegada de los ingleses, España ya había fundado ciudades, presidios y misiones en territorios que hoy pertenecen a Florida, Texas, Nuevo México, Arizona y California. Asimismo, una de las teorías históricas más aceptadas sostiene que el símbolo del dólar ($) tiene su origen en el real de a ocho español, cuya iconografía representaba las Columnas de Hércules, situadas en el estrecho de Gibraltar.

Conviene recordar, además, que durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, España contribuyó decisivamente a la causa de las Trece Colonias. Bajo el mando de Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana española, se enviaron armas, municiones, dinero y suministros a las tropas de George Washington, al tiempo que las victorias españolas sobre los británicos en Baton Rouge, Natchez, Mobile y Pensacola abrieron un segundo frente que impidió a Inglaterra concentrar todas sus fuerzas contra los insurgentes norteamericanos. En ese sentido, puede afirmarse que España contribuyó decisivamente a sentar algunas de las bases territoriales, estratégicas e históricas sobre las que, con el paso del tiempo, se constituirían los actuales Estados Unidos de América.

Este ensayo, apoyado en diversos datos históricos, no pretende cambiar la historia, el pensamiento ni el sentir de nadie. Simplemente aporta algo de claridad con respecto a acontecimientos pasados y presentes. Los españoles no fueron héroes, pero tampoco villanos.

Lo pasado quedó atrás; aunque resulta pertinente rememorar algunos hechos con el propósito de extinguir viejos resentimientos u odios injustificados y hacer comprender la unión entre culturas, no solo por la sangre que une, sino por algo de un nivel superior: la hermandad entre los pueblos.

Nota del autor: Fuentes de referencia. La información expuesta se fundamenta en hechos históricos ampliamente documentados y contrastados en la historiografía especializada, así como en disposiciones legales y documentos de la Corona española de la época.

 

D.V. Torres nació en España. Estudió Electrónica Digital y luego se formó como Educador Social. Durante varios años trabajó para algunas instituciones sociales. Considera vocacional su faceta literaria, habiéndose iniciado en la poesía desde temprana edad. En su juventud editó libros de su autoría para compartir con una agrupación filosófica de la que fue cofundador. Ha escrito diversos relatos y guiones para cortometrajes, incorporando siempre una enseñanza en ellos. Ha viajado por una docena de países, conociendo su esencia cultural, histórica y social. Escribió para el diario Faro de Vigo sobre la importancia hacia las personas con discapacidad. En la actualidad publica a través de su blog y ha colaborado para Digital Faro Canarias, Nuevodiario, Diario de Castilla-La Mancha y Bloghemia. Fue miembro de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles (AEAE). Ha participado en programas de radio, charlas orientadas a la filosofía, cursos y continúa con su labor de escritor. Es autor de ocho libros publicados y actualmente se encuentra editando el noveno.


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