La astucia en no llamar a las cosas por su nombre nos ha llevado a este punto de confrontación que tiene difícil retorno si los dos protagonistas -Rajoy y Mas- no son conscientes de que el daño que se va a causar a Catalunya y a España tardará tiempo en repararse.
En octubre del 1962, la Unión Soviética colocó misiles nucleares en Cuba que podían alcanzar la Costa Este de Estados Unidos. John Kennedy fue presionado por el Pentágono para que reaccionara militarmente, aun a riesgo de una guerra total con la Unión Soviética de Jruschov. Es conocida su reacción basada en el fiasco de la invasión de bahía de Cochinos el año anterior.
Pero como recuerda Margaret MacMillan en su libro 1914, de la paz a la guerra, Kennedy acababa de leer Los cañones de agosto, el extraordinario relato de Barbara Tuchman de cómo Europa cometió los errores garrafales que condujeron a la Gran Guerra. Kennedy y su hermano Bob decidieron abrir negociaciones con Moscú y el mundo se alejó del precipicio y recuperó la tensa tranquilidad de la guerra fría.
Barbara Tuchman tiene, además, una tesis que habla de cómo los gobiernos, en cualquier lugar o periodo de la historia, saben perfectamente lo que no deben hacer y, a pesar de ello, lo perpetran causando un grave daño a sus propios intereses. Para probar sus afirmaciones se remonta a Troya y acaba en Vietnam pasando por el imperio de Felipe II y los totalitarismos del siglo pasado. La sabiduría política, que podría ser definida como el ejercicio del juicio actuando desde la experiencia y con la ayuda del sentido común y la información solvente, desaparece cuando sólo se persigue una idea a la que todas las demás deben someterse.
Esta marcha de la locura la vivimos desde que los gobiernos de España y Catalunya han desplegado sus activos políticos, legales y emocionales en una confrontación que saltará a las calles catalanas y se contestará desde el Estado con el imperio de la ley y con discursos constitucionalistas que ignoran la magnitud del desencuentro, de la desafección y de la acumulación de miedos colectivos en los actores políticos de las dos partes en litigio.
Todavía hay tiempo de enderezar el rumbo, decía el lunes el presidente Rajoy, después de haber perturbado el fin de semana al Consejo de Estado y al Tribunal Constitucional, que tuvieron que estudiar deprisa y corriendo la ley de Consultas y el decreto de convocatoria del president Mas. Los fallos se produjeron en cuestión de horas en unos órganos que acostumbran a tomarse semanas y meses para emitir sus sentencias. Hablar a través de la ley es propio de los jueces. Pero un político tiene que manejar también la palabra, la aproximación, el pacto y el acuerdo que llega siempre después de negociaciones en las que todos ceden alguna cosa.
Es incomprensible que el president de la Generalitat haya actuado con la astucia del que pretende engañar al adversario. Rajoy no ha tendido ninguna mano. Pero Mas ha actuado en espera de que el Estado diera por buena una iniciativa que esconde una trampa que consiste en proponer una consulta para pedir la opinión de los catalanes, cuando en realidad es un referéndum de independencia como interpretan todos los medios de comunicación internacionales.
La astucia en no llamar a las cosas por su nombre nos ha llevado a este punto de confrontación que tiene difícil retorno si los dos protagonistas -Rajoy y Mas- no son conscientes de que el daño que se va a causar a Catalunya y a España tardará tiempo en repararse.
Está en marcha algo así como una guerra preventiva que en el caso de Rajoy se expresa en la sacralidad de la Constitución y en la visión de Mas se concreta en la voluntad de un pueblo que va a salir a la calle para refrendar a su Gobierno. Cuidado con la política que se hace en la calle porque es un sustituto que se puede convertir en populismo y neutralizar a quienes alentaron las aglomeraciones perfectamente organizadas. Y cuidado también con las guerras preventivas, que Bismarck calificaba como un suicidio por miedo a la muerte.
Los dados han empezado a rodar y los escenarios inmediatos son impredecibles. No existe unidad política en Catalunya y sí que se da entre populares y socialistas en Madrid. No hay que olvidar que cuatro de los nueve miembros del Consell de Garanties Estatutàries votaron en contra de la ley de Consultas. Mas y Junqueras la han dado por válida sin tener en cuenta que emprender un trayecto hacia la independencia sin un consenso interno más sólido tiene sus riesgos. Como también es inseguro políticamente que se pueda organizar un referéndum en poco más de 40 días.
Hay que proveer de la intendencia propia de un acontecimiento de estas características y, a la vez, garantizar un debate abierto y amplio sobre las consecuencias de una ruptura con España. Pasará lo que tenga que pasar, y el 9-N no acabará el mundo. Quizás es demasiado tarde pero antes de entrar en una refriega política de esta magnitud y antes de romper las vajillas artesanales de las casas respectivas, convendría agotar todas las posibilidades para hablar y buscar puntos de encuentro que eviten la catástrofe. Mas está acorralado, pero Rajoy no puede destruirlo políticamente sin antes intentar la penúltima ocasión para tender un puente y salir a su encuentro.
El problema, siguiendo a Tuchman, es que los dos saben que no transitan por la senda adecuada y, sin embargo, siguen adelante pensando que saldrán victoriosos de sus envites. Se equivocan los dos.
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