Política

La desconexión del Líbano

La separación formal del Líbano en dos estados, un estado democrático, liberal y multiétnico conformado por cristianos, sunitas y drusos, y un estado fundamentalista chiíta, no debería descartarse sin ser estudiada profundamente por organismos internacionales y cancillerías de países libres y democráticos.

George Chaya
Arrojar luz sobre la situación actual resolverá la ineptitud permanente de Naciones Unidas y la debilidad de la sociedad política libanesa. La segregación del Líbano es una alternativa viable por los siguientes aspectos:

Cada estado finalmente alcanza sus aspiraciones nacionales y culturales. Tras 30 años de ocupación y adoctrinamiento sirio-iraní, está claro que los chiitas libaneses son catapultados a un pasado alternativo y reinventado a peor como devotos pro-iraníes. Miles de chi´itas han cortado lazos con la economía, la cultura y el gobierno central libanés. El resto de los ciudadanos, todavía – y como pueden – forman una mayoría que mantiene viva su idiosincrasia y sus deseos de ser libaneses.

Hezbolá logra sus deseos creando su estado islámico y podrá continuar librando sus estériles guerras contra quien desee sin sentirse presionado por nadie. No es posible forzar ni convencer a los seguidores de Hezbolá de que muestren o acepten una “lealtad irreal” hacia el Líbano, y es injusto imponer la sharia a todos los libaneses. A mi juicio, la doctrina norteamericana del “tierra por paz” también es estéril en el Líbano, puesto que Hezbolá controla ya de facto el Líbano meridional hacia el sur del río Litani y todo el sur del país, muy a pesar de las tropas del FINUL. Siria queda satisfecha – con lo que ONU y Occidente evitan el constante ridículo en sus negociaciones (¿ensoñaciones?) con el régimen anexionista de Damasco. Israel debería quedar satisfecho también, puesto que la presencia del nuevo estado libre del Líbano significa acuerdos de paz y comercio, y la presencia de un estado chi´ita radical ilustra la relevancia de los Altos del Golán o las Granjas de Shebba.

La comunidad internacional se beneficia de la estabilidad de buena parte del Líbano y oculta su vergüenza – habida cuenta de su ineptitud en el cumplimiento de sus obligaciones transnacionales. Al mismo tiempo, la lección de Irak es sin duda un mensaje inequívoco de “es mejor confiar en un estado más pequeño, firmemente aliado, un estado étnico o ideológico homogéneo y afín, que en un gobierno central débil con un control teórico de la totalidad del país”.

La alternativa de un estado libanés federal como opción para evitar la partición es también inabordable en este momento, político puesto que un estado federal asume un acuerdo de mínimos en materia de defensa y preservación de su gobierno central, y lo mismo para políticas nacionales, internacionales, sociales y económicas. El desacuerdo en todos estos aspectos es insalvable.

Tampoco procede la discusión acerca de que el Líbano es demasiado pequeño para ser dividido. Luxemburgo, un estado del tamaño del Líbano, es próspero y su sciudadanos viven en paz. Hong Kong prosperó desde su minúscula posición. Chipre – griego – lo está haciendo absolutamente bien a pesar de su división. Podemos hacerlo también. Es preferible que “la espada are la tierra y no la garganta de las personas”.

El nuevo estado-califato de Hezbolá acabará igual que Gaza, como parias y sin ley, ofreciendo vidas miserables a sus ciudadanos, o como Chipre – turco – reconocido por nadie en el mundo excepto los 2 miembros del eje del terror: Siria e Irán.

Los únicos perdedores serían los ciudadanos libaneses cuyos hogares cayeran del lado incorrecto de una nueva frontera, y ellos deben ser ayudados y subvencionados para reacomodarse dentro del estado libre del Líbano. La partición se debe hacer de una manera pacífica, como se hizo en Checoslovaquia. Los compromisos deben asumirse por ambas partes. Hezbolá deberá abandonar su presencia cercana a la capital y los suburbios meridionales, sería compensado con las aldeas sunitas, drusas y cristianas en el Valle del Bekaa que quedasen del lado de Hezbolastán. El ejército puede también ser dividido pacíficamente y sus miembros alistarse del lado que deseen. Es mejor tener un ejército pequeño, moderno y equipado que nos defienda verdaderamente a un ejército de 60.000 efectivos que permanece inoperante “por el miedo a las divisiones religiosas”.

La partición del Líbano es ya una realidad que aguarda y necesita simplemente ser reconocida por Naciones Unidas. La pregonada “unidad nacional” es una gran farsa plagada de hipocresía que no tiene ningún futuro mas allá de una confrontación cruenta. Hezbolá ha erigido su propio estado y desde 1982 mantiene su ejército independiente, sus propias finanzas y estructuras económicas, su propia política exterior, maneja sus servicios sociales con alto nivel de populismo y asistencialismo, en definitiva, todo lo que el dinero iraní puede comprar.

Quizá en dos o tres generaciones podamos dialogar y celebrar negociaciones de reunificación, tal vez nunca más volvamos a unirnos. Ese no es el problema hoy. En el Líbano llevamos esperando un siglo a la unidad real entre cristianos, suníes y drusos. No podemos esperar otro siglo de guerras y tribulaciones. Debemos continuar con nuestro sueño de construir una verdadera Nación en paz, libertad y democracia, incluso con dimensiones territoriales más reducidas, incluso sin ellos. George Chaya es analista político internacional de origen libanés y especialista en contraterrorismo y conflictos religiosos.

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