Obama puede bombardear posiciones del Estado Islámico destruyendo bases y matando a unos centenares de yihadistas. Incluso puede hacerlo con la cooperación de cinco estados árabes, más las intervenciones de Francia y otros aliados.
Hace un cuarto de siglo caían muchas fronteras, se terminaba la guerra fría, empezaba el desguace de la Unión Soviética y el mundo parecía entrar en el estadio de la paz perpetua kantiana, después del triunfo incuestionable de las democracias liberales. Ayer seguí con interés la entrevista que Stephen Sackur hacía a Francis Fukuyama en el espacio Hard talk de la BBC, en el que van pasando los líderes políticos, sociales y académicos del mundo entero.
Fukuyama fue hace 25 años el autor del controvertido libro El fin de la historia y el último hombre, en el que establecía que tras la caída del bloque comunista la historia había dado su veredicto definitivo ya que las democracias liberales habían derrotado a sus rivales ideológicos.
Fukuyama argumentaba que se habían malinterpretado las tesis de su trabajo. Posiblemente, pero la euforia de muchos académicos sobre un mundo sin conflictos con la victoria de las democracias orientadas por los mercados ha sido alterado o destruido por la realidad.
La inestabilidad es hoy la gran inquietud en un mundo que está sometido a las transformaciones que agitan el comienzo de un milenio en el que los conflictos intentan borrar fronteras establecidas en Ucrania, Siria, Iraq o bien se desafía a Occidente desde un Estado Islámico que nos ofrece el perverso espectáculo del degüello de rehenes difundido globalmente a través de las redes sociales.
El crecimiento espectacular de China, un país oficialmente comunista, no le da la razón a Fukuyama, que acaba de publicar otro ensayo, Political order and political decay, mucho más realista pero tanto o más desconcertante que el que escribió al término de la guerra fría. Se sube al carro del revisionismo de la mano de los matices y de la fragilidad humana y colectiva a lo largo de los siglos.
Está cambiando la naturaleza y el ejercicio del poder. Lo más grande o lo más poderoso no garantiza imponer el orden de las grandes burocracias estatales. Lo ejemplifica muy bien Moisés Naím en su libro El fin del poder cuando dice que lo que está transformando el mundo es el ascenso de los micropoderes y su capacidad de desafiar con éxito a las grandes potencias políticas, económicas o militares. Lo grande es también vulnerable.
Obama puede bombardear posiciones del Estado Islámico destruyendo bases y matando a unos centenares de yihadistas. Incluso puede hacerlo con la cooperación de cinco estados árabes, más las intervenciones de Francia y otros aliados. El problema se plantea cuando esos parias decapiten en directo a unos cuantos rehenes occidentales.
Si el futuro del poder está en la perturbación y la interferencia y no en la gestión ni la consolidación, dice Naím, no podemos confiar en que vuelva a haber estabilidad. Hemos entrado en un nuevo mundo sin saber cuáles son las reglas de juego.
Publicado en el Blog de LLuis Foix
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