Europa, Política, Portada
Hay que poner fin a la guerra, pero no al precio de blanquear la barbarie de Putin. Polonia y Finlandia levantan muros y alambradas en la frontera con Rusia. (Foto Tomasz Wszczuk, EFE)

La futilidad de las fronteras

Polonia y Finlandia levantan muros y alambradas en sus fronteras con Rusia para impedir una inmigración provocada por Putin o para prevenir la petición de asilo de los rusos que huyen de ser reclutados para ir al frente con Ucrania. Polonia vallará los 210 kilómetros que la separan del enclave estratégico ruso de Kaliningrado y los finlandeses lo van a hacer en algunos puntos de los 1.340 kilómetros de frontera con Rusia. Polonia ya había levantado muros con Bielorrusia en el 2021 para frenar las oleadas de inmigrantes que llegaban desde Asia.

La guerra de Ucrania no se ve de igual manera de cerca que de lejos. Finlandia y Polonia han tenido relaciones traumáticas con Rusia desde tiempos antiguos. Los pola­cos tienen tanto miedo a los rusos como a los alemanes y por eso, según recordaba Helmut Schmidt, son un Estado sobre ruedas cuyas fronteras dependen de si las guerras las ganan los alemanes o los rusos. Desde Berlín hasta Varsovia se extiende una gran llanura de 600 kilómetros, fácilmente transitables militarmente, como experimentó Hitler en 1939.

Es el miedo el que históricamente ha propiciado el levantamiento de murallas entre naciones. El muro de Berlín no se construyó para que no entraran en la parte soviética, sino para que no salieran a la zona occidental de la antigua capital de Prusia. La muralla china, construida hace 25 siglos, con unos diez mil kilómetros de longitud, era para frenar a los invasores. En Estados Unidos y México, Donald Trump aceleró la construcción de una gran muralla para impedir que la cruzaran inmigrantes latinos. Israel también ha levantado enormes vallas para evitar que los palestinos puedan entrar y salir libremente del Estado de Israel.

Los muros nacen del miedo a la guerra, al hambre, a las persecuciones y a la invasión masiva de pueblos, etnias o religiones extranjeras. Pero, desde el punto de vista práctico, todos los muros caen porque van contra algo tan fundamental como la libertad de movimiento de todo ser humano. Lo mismo cabe decir de las fronteras que Josep Borrell definió como “las cicatrices que la historia ha dejado grabadas en la piel de la tierra”, en una manifestación en Barcelona en octubre del 2017, y que el independentismo no se lo va a perdonar nunca.

Putin no era consciente el 24 de febrero de este año que la invasión de Ucrania cambiaría los mapas y la geoestrategia política de Rusia, de Europa y del mundo. Atacó con el pretexto de que Ucrania estaba “nazificada” y quería acercarse a la UE y a la OTAN y, de momento, ha conseguido que países históricamente neutrales como Suecia y Finlandia hayan pedido formalmente su ingreso en la OTAN.

La guerra de Putin es también para modificar fronteras, una afición atávica de los rusos a conquistar tierras ajenas desde tiempos de Iván el Terrible. Afganistán fue su penúltima aventura en las Navidades de 1979 y fue allí donde Brézhnev cavó la tumba del imperio soviético que unos diez años más tarde ejecutarían Gorbachov y Yeltsin.

Un mapa histórico universal es la prueba irrefutable de que el cambio de fronteras es una constante inevitable. La geografía, como recuerda nuevamente Robert Kaplan en su libro Adriático, es el escenario de todas las guerras de conquista, ideológicas y culturales que han dibujado los estados modernos.

Putin está librando una guerra imperial en el corazón de Europa, donde ha encontrado una resistencia inesperada. Es una guerra contra Occidente y contra la primacía de Estados Unidos en los últimos cien años, en la que se mezclan factores territoriales, identitarios y de poderío militar y económico. Es una guerra también contra la misma idea de Europa, que sabe que no puede derrotar a Rusia, pero, a su vez, no puede permitir que vuelva a dominar países que durante más de 50 años del siglo pasado fueron vasallos del Kremlin.

Una opinión muy extendida desde la extrema izquierda y desde los nacionalismos de extrema derecha en Europa es que se ha provocado irresponsablemente a Putin para que invadiera Ucrania y que el más beneficiado del conflicto es Estados Unidos, que protege militarmente a Europa. Puede ser cierto en parte. Pero quien mata, destruye, deja sin luz, gas ni agua a los ucranianos es Putin, devastando ciudades enteras. Hay que buscar un fin a esta locura mediante negociaciones oficiales o secretas. Que callen las armas, pero no blanqueando la barbarie de Putin.

Publicado en La Vanguardia el 9 de noviembre de 2022

foixblog

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú