Política

Las trifulcas en la derecha

Irak no es una anomalía. En un tema importante tras otro, la derecha se enfrasca en disputas serias sobre política y principios, mientras que la izquierda marcha sin fisuras.

Jeff Jacoby
Qué piensan los Demócratas progres sobre la Guerra de Irak? Es fácil: Fue un error que se ha convertido en una debacle, y al que se debería poner fin tan pronto como sea posible.

¿Qué piensan los Republicanos conservadores de la Guerra? Eso no es tan fácil.

La derecha lleva luchando por la Guerra desde bastante antes de que empezase. The American Conservative – una revista bisemanal lanzada en el 2002 por Pat Buchanan, un ex ayudante de Richard Nixon y Ronald Reagan y candidato presidencial Republicano en dos ocasiones – se ha opuesto vehementemente a la campaña de Irak, calificándola de el peor tipo de nation-building, un desperdicio de sangre y dinero a cambio de ningún interés americano vital.

En contraste, The Weekly Standard – un diario conservador editado por William Kristol, influyente estratega Republicano – se encontraba entre los primeros defensores de invadir Irak, y continúa defendiendo vigorosamente lo que llama “la guerra acertada por los motivos acertados”. Sintonice un debate presidencial Republicano, y escuchará opiniones sobre Irak que varían entre John McCain – (“si fracasamos y tenemos que retirarnos, ellos nos seguirán a casa”) y Sam Brownback (“tenemos que impulsar un plan político para crear una solución de tres estados”) pasando por Ron Paul (“fue un error ir, de modo que es un error quedarse”).

Los candidatos Demócratas, por otra parte, solamente debaten por la pureza de las credenciales pacifistas del otro. ¿De quien es la denuncia de la Guerra que llegó primero? ¿De quién es la que llega más lejos? Difieren en el estilo, pero en lo que respecta a la substancia, como dijo Hillary Clinton durante un reciente debate, “las diferencias entre nosotros son menores”.

Irak no es una anomalía. En un tema importante tras otro, la derecha se enfrasca en disputas serias sobre política y principios, mientras que la izquierda marcha sin fisuras. Los progresistas en ocasiones difieren en las tácticas y los detalles, pero cualquiera que adopte una postura heterogénea en un tema importante puede encontrarse siendo el único. Simplemente pregunte al Senador Joseph Lieberman, un Demócrata plantado por su partido por el pescado de apoyar la guerra.

En la imaginación progresista, los conservadores son dogmáticos ciegos, recitadores del discurso del partido que les es alimentado por (haga su elección) las grandes empresas, su Iglesia, o el Presidente Bush. (Una expresión clásica de esta idea fue la descripción de los cristianos evangélicos por parte de Washington Post en una noticia de primera página hace algunos años como “pobres, sin formación y fáciles de manipular”). Pero en casi cualquier parte de la derecha a la que usted mire estos días, lo que destaca es la falta de uniformidad ideológica.

Tómese la inmigración. El National Review, un antiguo y distinguido punto de referencia en el mapa del conservadurismo americano, ha defendido desde hace tiempo una política de inmigración restriccionista y una persecución policial más firme de los inmigrantes ilegales; se opuso furiosamente a la reciente ley de inmigración del Senado. La página editorial del Wall Street Journal, una voz conservadora igualmente venerable, prefiere más inmigración, no menos, y califica a la cruzada contra la inmigración illegal como contraria a los mejores intereses de América. El 31 de mayo, en un editorial de su popular página web, los editores del National Review arrojaban el guante: “Desafiamos aquí a los editores del Journal a debatir la ley de inmigración de manera neutral con un moderador a su elección – dos o tres de nosotros contra dos o tres cualquiera de ellos. Les animamos a salir del anonimato y esperamos que defender la ley en este foro no sea otro de esos trabajos que los americanos no hacen”.

No es solamente dentro de los medios conservadores que la política de inmigración es debatida acaloradamente. La escena presidencial del Partido Republicano comprende el abanico entre McCain, coautor de la ley de inmigración, al extremista Tom Tancredo, que llama a la ley “la peor legislación en aparecer en mucho tiempo”. En el mundo de las instituciones, una defensora destacada del camino a la ciudadanía para los inmigrantes ilegales es Tamar Jacoby (sin relación), una experta del conservador Manhattan Institute. Una de las voces más implacables “contra” cualquier “amnistía” así es Heather Mac Donald – también del Manhattan Institute.

Otro ejemplo: El aborto. La plataforma Republicana lleva décadas estando contra el aborto, pero él partidario a ultranza del aborto Rudy Giuliani encabeza la mayor parte de las encuestas de preferencia Republicanas. Intente imaginar a un candidato Demócrata en contra del aborto presentándose a la Casa Blanca.

O la seguridad social: La ley sanitaria de Massachusetts que entra en vigor el mes que viene es altamente elogiada por la Heritage Foundation y ferozmente criticada por el Cato Institute, dos de las instituciones más influyentes de centroderecha en Washington.

Desde las cartillas escolares hasta la investigación con células madre pasando por la discriminación racial positiva y la tortura, la derecha americana bulle con debates y desacuerdos, mientras que la izquierda, con todos sus discursos sobre “la diversidad”, raramente parece mostrar alguna. Como señala Jonah Goldberg, del National Review, eso puede deberse a que “los progresistas definen la diversidad en función del color de la piel y el sexo, no por las ideas, lo cual hace difícil tener algún argument realmente válido”.

Los argumentos realmente válidos no son malos. Dinamizan los partidos políticos y ponen las convicciones a prueba. Iluminan los temas. Hacen pensar a la gente – políticos, críticos y votantes por igual. Los debates en la derecha reavivan el mercado de las ideas y enriquecen el proceso democrático. Algunos debates en la izquierda también lo harían.

Jeff Jacoby es columnista de The Boston Globe.

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