Europa, Política

Los amigos europeos de Putin

Varios países de Europa central y oriental mantienen una actitud “comprensiva” y a veces contradictoria hacia la Rusia de Putin, y son reacios a las sanciones.

La reciente visita de Vladimir Putin a Hungría pone de manifiesto una cierta mutación en la política exterior de algunos países de Europa central y oriental, que resultaba impensable en los años inmediatamente posteriores a la caída del comunismo, cuando dichos países aspiraban a ser miembros de la OTAN y la UE. Estos objetivos se han alcanzado, pero no por ello se ha registrado un cambio sustancial en la geopolítica de la región. En otras palabras, Rusia no ha sido sustituida por Europa.
 
El pasado, impregnado ahora de una fuerte componente nacionalista, se resiste a morir, y en consecuencia, la capacidad de influencia de Moscú en la zona no ha desaparecido. Si aplicáramos al pie de la letra el concepto de integración europea, no tendría sentido que los nuevos miembros del club europeo concibieran en la práctica una política exterior a la manera tradicional: la del equilibrio entre Alemania y Rusia, la de las esferas de influencias, la de los intereses económicos particulares por encima de los intereses generales de la Unión… Pero no se podía esperar otra cosa de una política exterior europea cuyas decisiones se adoptan en su mayoría por unanimidad. De ahí que las relaciones bilaterales, que son las preferidas por una potencia de geopolítica clásica como Rusia, estén a la orden del día.
 
Las relaciones bilaterales son las preferidas por una potencia de geopolítica clásica como Rusia
 
Alfombra roja en Budapest


¿Qué ve un dirigente conservador húngaro como Viktor Orbán en la Rusia de Putin? No ve en ella, desde luego, a una heredera del comunismo, contra el que luchó hace más de un cuarto de siglo. Ve seguramente la expresión del nacionalismo y de un Estado y sociedad tradicionales, al resguardo de los embates del liberalismo y del capitalismo global.
 
Recordemos que en el pasado mes de julio, Orbán hizo toda una declaración de principios al afirmar que el nuevo Estado que se está construyendo en Hungría no es un Estado liberal. Aunque no niegue los valores básicos del liberalismo, no hace de la libertad el núcleo central del sistema político. Por tanto, Hungría sería una democracia no liberal, por no decir una “democracia soberana”, una expresión que ha arraigado desde hace años en la Rusia de Putin.
 
El problema es cómo encajar estos postulados en el acervo normativo de la Unión, que es mucho más que un área de libre comercio. En este sentido, Orbán no es diferente de otros líderes de países vecinos que solían afirmar, sobre todo en campaña electoral, que no se habían liberado del dictado de Moscú para someterse al de Bruselas. Pero lo cierto es que necesitan de la UE. Sin ellos serían poco menos que nada en Europa, aunque al mismo tiempo tienen que afirmar su nacionalismo y paradójicamente ser “comprensivos” con una Rusia que solo les acarreó problemas, ya fuera en el tiempo de los zares o del comunismo.
 
La dependencia en el terreno de la energía es la gran arma de Moscú desde Ucrania a los Balcanes

La energía, la gran arma de Moscú


La razón principal es pragmática. Sin ir más lejos, la dependencia en el terreno de la energía. Esta la gran arma de Moscú desde Ucrania a los Balcanes. Hungría ve en Rusia oportunidades de negocios y de acceso a fuentes de energía, comenzando por el crédito obtenido de los rusos para construir una central nuclear. Esto explica que Orbán reitere a sus colegas europeos que las sanciones a Rusia son ineficaces y no llevan a ninguna parte.
 
En cualquier caso, la actitud de Orbán tiene claros fundamentos geopolíticos, algo a lo que no está acostumbrado el normativismo de una UE que suele definirse a sí misma como “potencia civil”. Por otro lado, aunque Hungría sea miembro de la OTAN, su primer ministro tiene la percepción, compartida por otros gobernantes vecinos, de que los EE.UU. de Obama no están tan presentes en el centro y este de Europa como en tiempos no tan lejanos. El que hayan pasado a un segundo plano, en parte por su creciente interés por Asia, sirve de recordatorio a Hungría de que la geopolítica la ha situado entre Alemania y Rusia. En consecuencia, debe de practicar una política de equilibrio en sus relaciones exteriores, y, como ha afirmado en alguna ocasión, “las estrategias de política exterior reposan exclusivamente en los intereses del pueblo húngaro, el Estado húngaro y la nación húngara”.
 
Contra las sanciones


Otros casos de “comprensión” hacia la Rusia de Putin no se han generado por la crisis de Ucrania. Llevan gestándose en los últimos años. En la República Checa, el primer ministro socialista Boshulav Sobotka es contrario a las sanciones y a toda guerra comercial. No desea la formación de un nuevo “telón de acero” en las fronteras de Ucrania. Su rusofilia se ha puesto de manifiesto también el pasado octubre con motivo del 70º aniversario de la victoria de las tropas soviéticas sobre los ocupantes alemanes en los países de su región. Por cierto, en Belgrado, la capital serbia, esta conmemoración implicó el mayor desfile militar en tres décadas con presencia de Putin. Y para Sobotka está fuera de toda duda que el Ejército Rojo tuvo una función liberadora durante la II Guerra Mundial.
 
Hungría no olvida que la geopolítica la ha situado entre Alemania y Rusia
 
Todo un camino de ida y vuelta para unos checos que hicieron frente a Moscú en la primavera de Praga y en la revolución de terciopelo. Sobotka insiste además en que las sanciones no cambiarán el comportamiento de Putin. Por su parte, el presidente checo, el también socialista Miklos Zeman, ha llamado a levantar las sanciones contra Rusia y reduce el conflicto de Ucrania a una guerra civil entre dos grupos de ciudadanos de Ucrania.
 
Citemos además en Eslovaquia al primer ministro Robert Fico, militante socialista y opuesto a las sanciones contra los rusos. La reducción del suministro de gas a Eslovaquia en el pasado octubre habrá tenido que ver seguramente con sus declaraciones conciliadoras sobre Rusia, aunque las más llamativas fueron las de su rechazo a la instalación de bases permanentes de la OTAN en Eslovaquia.
 
Y además del caso de Serbia, histórica aliada de Rusia en los Balcanes, destaca el crecimiento de la rusofilia en Bulgaria, con oposición a las sanciones del primer ministro Boiko Borisov, líder de la formación centro-derechista Ciudadanos por el Desarrollo Europeo de Bulgaria, y de un creciente sector de la opinión pública que considera que el Ejército Rojo fue su liberador durante la contienda mundial. La clausura del proyecto de gasoducto ruso South Stream no es tampoco ajena a estas posturas.
 
Pero Rusia tiene también un socio balcánico más llamativo: la Grecia de Syriza. La conjunción con Rusia es una mezcla de los respectivos nacionalismos, de la convicción de que el gobierno de Putin es una alternativa a la oligarquía global de Europa y EE.UU., e incluso de los tradicionales vínculos entre los “hermanos” ortodoxos, si bien esta última expresión es más propia del partido nacionalista Anel, que es el socio de gobierno de Syriza. La dependencia energética y la posibilidad de obtener créditos de Moscú, aunque es difícil en esta etapa de descenso de precios del petróleo, habrán influido sin duda en el voto negativo de Syriza en la Eurocámara al acuerdo de asociación con Ucrania y en la oposición a las sanciones contra Rusia.
 
La opinión de Sarkozy


Estos y otros amigos europeos de la Rusia de Putin, sean o no políticos, exponen abiertamente sus dudas respecto a Rusia. No es algo privativo de las formaciones políticas nacionalistas o populistas a lo largo de Europa, pues incluso hay destacados políticos occidentales como Nicolas Sarkozy que han hecho suya la retórica del Kremlin. El ex presidente francés afirma, por ejemplo, que si Kosovo se independizó de Serbia basándose en una mayoría de ciudadanos que eligió la independencia, no puede reprocharse ahora a los habitantes de Crimea el haber optado abrumadoramente por la soberanía rusa. Además ha señalado la necesidad de una fuerza internacional de interposición para proteger a los rusófonos, un concepto no muy definido en la práctica, y considera incluso que Kiev no tiene vocación para entrar en la OTAN y la UE, algo que nunca dijo durante su mandato presidencial.
 
Lo sorprendente es que con esta postura Sarkozy se acerca a los planteamientos de su rival Marine Le Pen, dirigente del Frente Nacional, que admira la “sangre fría” de Putin respecto a los países occidentales en el conflicto de Ucrania. Le Pen considera al presidente ruso como un patriota defensor de la soberanía de su pueblo y un aliado en la lucha contra la globalización, una de cuyas “bestias negras” es el proyecto de tratado de libre comercio entre EE.UU. y la UE.
 
Algunos políticos europeos intentan diferenciar entre el presidente ruso y el sistema. Son los mismos que insisten en que no hay que humillar a Rusia y hay quien alude al síndrome de la república alemana de Weimar. Al humillarla en el tratado de Versalles, los vencedores de la Gran Guerra habrían preparado el terreno a Hitler.
 
Otros proponen para Ucrania un estatus similar al de Austria y Finlandia, un país neutral entre Rusia y Europa, algo que defiende un destacado representante norteamericano del realismo político, el profesor John J. Mearsheimer. Lo malo es que quizás sea demasiado tarde para eso. Con la pérdida de nuevos territorios para Kiev por obra de las fuerzas separatistas, Ucrania no lleva camino de ser neutral sino de ser neutralizada por Rusia y sus aliados. 

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