Es una ganga Faustiana lo que estos líderes de Israel y Estados Unidos hacen al preferir buena prensa el lugar de buenas políticas. Lo que los gestos de autosatisfacción en las caras de los líderes de Irán, Siria, Arabia Saudí y otros países “moderados” señalan claramente en nuestros días es que es una ganga que no podemos permitirnos.
Caroline Glick
El mundo se ha vuelto loco. Mientras el Líbano se tambalea al borde del colapso instigado por Irán y Siria, altos funcionarios políticos americanos y británicos animan al Presidente George W. Bush a poner Irak en manos de Irán y Siria.
Mientras los palestinos siguen adelante con su jihad de patrocinio iraní y apoyo árabe, el Primer Ministro Ehud Olmert responde anunciando su intención de liberar a miles de terroristas de la cárcel y expulsar de sus casas a miles de israelíes al tiempo que entrega sus tierras a Hamas.
Mientras el sábado encontraba al Primer Ministro de la Autoridad Palestina Ismail Haniyeh reuniéndose en Teherán con el Presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad y aplaudiendo su plan para aniquilar a Israel, Olmert decidía el domingo que, en interés de la paz con los palestinos, prohibiría que el ejército atacara posiciones terroristas en Gaza incluso si hacerlo evita ataques inminentes de misiles contra el Negev.
Y ahora, según el Sunday Times británico, Arabia Saudí se convierte en “el principal árbitro de la paz” entre Israel y los palestinos.
Presuntamente desde la reunión en Ammán de septiembre con el exembajador saudí en Estados Unidos, el príncipe Bandar, Olmert ha estado considerando seriamente apoyar el denominado plan saudí de paz del 2002. Altos funcionarios saudíes explicaron al Times que el plan, que establece un estado palestino, “llevaría a un acuerdo formal de paz entre Israel y siete países árabes: Arabia Saudí, Bahrain, Qatar, Omán, los Emiratos, Marruecos y Túnez”.
SERÍA realmente estupendo si Israel pudiera tener paz con Arabia Saudí y el resto de esos países árabes. Una paz verdadera con Arabia Saudí significaría el final del boicot económico ilegal árabe a Israel y su boicot a las compañías que hacen negocios con Israel.
La paz entre Israel y Arabia Saudí significaría que los saudíes dejarían de financiar a los grupos terroristas islámicos dedicados a matar judíos en Israel y en todo el mundo.
Puesto que tener relaciones pacíficas con Israel presupondría la aceptación saudí del derecho de Israel a existir como estado judío en la Tierra de Israel, obviamente una paz saudí con Israel significaría el final de la financiación saudí a mezquitas, escuelas y órganos mediáticos de todo el mundo que adoctrinan a cientos de miles de personas para que crean que los judíos son perros y monos y el moho que debe ser aniquilado.
La paz entre Arabia Saudí e Israel significaría el final de la presión saudí sobre los europeos para que criminalicen a Israel y marginen a las comunidades judías en sus países a cambio de un suministro estable de petróleo.
Los llamamientos de profesores que imparten clase en universidades europeas y americanas de financiación saudí a boicotear a académicos israelíes y poner fin a la alianza de Estados Unidos con Israel quedarían silenciados si Arabia Saudí estuviera en paz con Israel. De igual manera, los exfuncionarios norteamericanos empleados por saudíes dejarían de llamar a los judíos americanos traidores por apoyar la alianza Estados Unidos-Israel.
De modo que si la posibilidad de que según el Times “el gobierno saudí está surgiendo como un jugador clave en las conversaciones para arbitrar un acuerdo de paz exhaustivo árabe israelí” fuera cierta, sería un verdadero motivo de celebración en Israel.
PERO POR SUPUESTO, al igual que la opinión de que los disturbios en el Líbano son un problema interno libanés, y la opinión de que una retirada americana de Irak sería de todo menos una victoria estratégica para la jihad global, la creencia de que los saudíes están interesados en arbitrar una paz con Israel es una invención de cabo a rabo. En la práctica, el “acuerdo” que los saudíes “arbitran” no es nada más que el sello a la destrucción de Israel.
El “plan de paz” saudí del 2002 exige que Israel acuerde ser desbordado por millones de árabes extranjeros hostiles en el marco del presunto “derecho de retorno”. Además, el texto de la iniciativa, “Garantiza el rechazo a todas las formas de partición palestina en conflicto con las circunstancias especiales de los países árabes anfitriones”. Es decir, el plan saudí prohíbe que los estados árabes concedan la ciudadanía a estos millones de árabes, y por tanto no les deja otra elección que destruir Israel.
El “plan de paz” de Arabia Saudí también exige que Israel entregue Jerusalén Este — Monte del Templo incluido, toda Judea y Samaria, el Valle del Jordán y todos los Altos del Golán a palestinos y sirios. La rendición israelí permitiría el establecimiento formal de un estado terrorista palestino. También refuerza al principal aliado de Irán – el régimen Baazista sirio.
TAMBIÉN EN ESTO, el plan saudí es la receta para la destrucción de Israel. Sin esos territorios, Israel es indefendible. Sin Judea, Samaria, Jerusalén, el Valle del Jordán y los Altos del Golán, Israel es tan vulnerable a los ataques con misiles y artillería que sería desbordado antes incluso de que un ejército invasor árabe pusiera un pie en el territorio restante.
Como deja clara la lectura del plan saudí, sería exclusivamente después de que Israel rindiera todo su territorio y permitiera ser desbordado por millones de inmigrantes árabes hostiles que los saudíes y sus hermanos árabes “establecieran relaciones normales con Israel”. Es decir, los saudíes están dispuestos a hablar con los israelíes solamente después de que Israel sea destruido.
La información del Times afirma que el discurso de Olmert en la tumba de David Ben Gurión la semana pasada, donde ofreció rendirse a Hamas, “no fue iniciativa propia de Olmert sino un dictamen hecho el mes pasado cuando se reunió en Washington con George W. Bush y Condolizza Rice”. Presuntamente los americanos actuaban en representación de los saudíes, que quieren pruebas de que Olmert está verdaderamente comprometido con la capitulación.
QUE LA ADMINISTRACIÓN Bush exprese tal devoción al plan saudí tiene sentido. El talón de Aquiles más obvio de toda la guerra de Bush contra la jihad global ha sido su rechazo a afrontar el papel central de Arabia Saudí a la hora de fomentar la jihad.
El secretario de estado del padre de Bush, James Baker III, es el socio veterano de la afirma Baker & Botts, que representa a Arabia Saudí en la demanda presentada en contra del reino por los parientes de las víctimas de los ataques del 11 de Septiembre. Como copresidente del Iraq Study Group, Baker se dispone a recomendar que Bush presione a Israel a capitular ante Hamas y Siria en Judea, Samaria, Gaza y los Altos del Golán con el fin de facilitar la capitulación norteamericana ante Siria e Irán en Irak. El príncipe Bandar, presunto interlocutor de Olmert, es un amigo personal de Baker y la familia Bush. Después de que 15 saudíes y cuatro egipcios perpetraran los ataques en Estados Unidos el 11 de septiembre, fue Bandar quien persuadió a Bush de convertirse en el primer presidente norteamericano en hacer nunca del establecimiento de un estado palestino un objetivo de la política oficial norteamericana.
Los motivos de Olmert para proporcionar a los saudíes una victoria propagandística tan gratuita en Estados Unidos e Israel son igualmente comprensibles. Dicho sencillamente, Olmert hará lo que sea con el fin de desviar la atención del público de su fracaso en el cargo. Y para “marear” al público con éxito, necesita el apoyo de los medios israelíes.
El apoyo de Olmert a un nuevo “proceso de paz” imaginario le granjea el apoyo del Haaretz y otros elementos de extrema izquierda en los medios israelíes. Estos órganos mediáticos trabajarán pues para evitar la apertura de investigaciones policiales sobre las presuntas actividades criminales de Olmert.
El viernes, el columnista del Haaretz Gideon Samet dejaba claro que a cambio del apoyo de los medios, Olmert tiene que liberar a miles de terroristas palestinos de la cárcel sin garantizar siquiera la liberación del cabo del ejército Gilad Shalit; reducir las operaciones contraterroristas del ejército en Judea y Samaria, facilitar el libre flujo de bienes de Gaza a Israel y por tanto hacer a Israel más vulnerable aún a la penetración terrorista de Gaza; destruir las comunidades israelíes de Judea y Samaria, y proporcionar servicios médicos gratuitos a los palestinos en los hospitales israelíes.
EL DISCURSO DE OLMERT en la tumba del padre fundador de Israel es una señal por su parte a los medios izquierdistas radicales de que acepta sus términos. Y a cambio los medios ignoran las alegaciones crecientes de que Olmert ha estado involucrado en actividades criminales. Lo que es más importante, los medios pasan por alto el hecho de que al perder la guerra de este verano y adoptar una estrategia de capitulación total ante todas las fuerzas externas, Olmert ha puesto al país en el mayor peligro existencial de su historia. De igual manera, los medios esconden la corrupción ideológica del partido Kadima de Olmert – cuya plataforma de capitulación ha fracasado estrepitosamente, y además ignoran el hecho de que el Kadima carece de electorado claro.
Es una ganga Faustiana lo que estos líderes de Israel y Estados Unidos hacen al preferir buena prensa el lugar de buenas políticas. Lo que los gestos de autosatisfacción en las caras de los líderes de Irán, Siria, Arabia Saudí y otros países “moderados” señalan claramente en nuestros días es que es una ganga que no podemos permitirnos.
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CAROLINE GLICK es periodista por la Universidad de Columbia y editor jefe en funciones de The Jerusalem Post.
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