Los países no pueden ser gobernados en estado de excitación permanente.
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Miércoles, 10 de junio 2026

Los países no pueden ser gobernados en estado de excitación permanente.
Ni siquiera las grandes revoluciones han podido instalarse en la retórica de la política ficción de forma indefinida. Se puede adoptar la estrategia del regate a corto plazo con gestos, slogans y propaganda que satisfaga en un momento concreto a una mayoría de ciudadanos.
Las palabras y los programas lo aguantan todo para avanzar, si hace falta, hacia la demagogia con total impunidad. El enfrentamiento entre el Gobierno de Alexis Tsipras y las instituciones de la troika es un despropósito. Las dos partes no deberían haber llegado a este punto de desencuentro entre Grecia y la Europa del euro.
Diseñar políticas al margen de la realidad es una trampa inaceptable. No es serio celebrar unas elecciones en el mes de febrero y convocar un referéndum en julio, deprisa y corriendo, porque el Gobierno elegido no ha sabido gestionar los problemas que afectaban muy dolorosamente a la mayoría de griegos. La democracia, decía Max Weber, es un instrumento para escoger a los encargados de adoptar las decisiones supuestamente justas y fijar contrapesos para limitar sus excesos.
Ayer seguí en directo las intervenciones de Alexis Tsipras y varios de sus ministros mientras aceptaba el núcleo duro de las exigencias de la troika para evitar que Grecia entrara en bancarrota a partir de ahora. Sólo hacía cuatro días que se había levantado de las negociaciones y había convocado con nocturnidad un referéndum para trasladar a los griegos la responsabilidad sobre si aceptaban o no las exigencias de la troika.
Tsipras no quiere irse del euro y Europa tampoco lo desea. Pero es difícil entender cómo se plantea un referéndum en el que se va a pedir el no como instrumento más eficaz para presionar a las instituciones europeas.
Se ha hablado de humillación nacional y también de irresponsabilidad de los griegos. Uno de los ministros relataba en directo por la BBC la campaña de terror contra Grecia, una conspiración para destruir a un Gobierno de izquierdas griego que puede ser un estímulo para otros países meridionales este año. Demagogia.
La culpa es de los otros. Siempre que se emprende una política basada en la ficción, ajena a las leyes vigentes, se responsabiliza al supuesto adversario o enemigo como principal causante de los males patrios.
No se entiende que Tsipras enviara una carta por la mañana aceptando en gran parte las exigencias derivadas de su falta de reformas y, casi a continuación, dijera que pedirá el no. Los plebiscitos precipitados son jugadas con las cartas marcadas. Putin lo hizo en Crimea y Tsipras quiere traspasar a los griegos una responsabilidad que es suya. La frivolidad tiene un precio demasiado elevado en política que no es un juego de niños o iluminados.
Publicado en La Vanguardia el 2 de julio de 2015
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