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Putin administra el calendario

Todos quieren evitar la guerra pero la tensión es de alto calibre. Puede ocurrir cualquier cosa.

A los europeos nos ha fascinado siempre Rusia. Tanto si estaba fuerte como si era débil. Es célebre el comentario de Churchill al describirla como una adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma. Se puede observar hoy la grandeza decadente de la vieja Rusia y la herencia triste de la era soviética. Rusia es invencible por razones geográficas y por el aliado invierno que siempre rechaza a los europeos que quieren entrar victoriosos en Moscú. A Napoleón y a Hitler les venció el hielo y la nieve. Y su inútil ambición.

Vladimir Putin mira al pasado para construir el futuro. No acepta que en 1991 el imperio soviético que se heredó de los zares se cuarteara con 14 repúblicas nuevas. Y menos todavía que Ucrania, la cuna espiritual y política de Rusia, se desgajara del imperio.

Al margen de lo que ocurra en los próximas días, Putin se ha convertido en el centro de la geopolítica mundial. No hay cumbres como las que vivimos durante la guerra fría. Hay una peregrinación de líderes europeos a Moscú y llamadas del presidente de Estados Unidos para que no cruce militarmente la frontera con Ucrania. Es el centro del mundo y administra los tiempos de la política internacional.

Europa tiembla y Occidente no está en condiciones de entrar en una guerra que no quiere ni le interesa. Putin juega con más de cien mil soldados en la frontera, con vehículos blindados moviéndose en orden de batalla en Bielorrusia y en las provincias pro rusas del Donbass. Rendir pleitesía al líder ruso en la larga mesa instalada en el Kremlin es un ritual obligado para Macron y Scholz.

Es difícil conocer las intenciones de Putin sobre Ucrania. Puede ocurrir cualquier cosa. Pero lo que ha conseguido hasta ahora es ser el centro de la política internacional. Con la amenaza de la fuerza militar y con la atracción en los palacios del Kremlin a los que quieren agotar la vía del diálogo antes de que puedan abrirse hostilidades.

Putin sabe que una intervención militar en Ucrania tiene riesgos incalculables. En el imaginario colectivo ruso consta la memoria de la aventura de Afganistán en 1979 que acabó en un auténtico fiasco. Fueron desastrosas política y militarmente las intervenciones en Hungría en 1956 y en Checoslovaquia en 1968. Los ucranianos pueden ser sometidos por Rusia pero la mayoría defenderán su independencia y su particularidad cultural.

Hasta ahora la baza más importante de Putin es que ha recuperado el protagonismo de primer orden en la escena internacional. Nadie quiere la guerra. Él, tampoco. Pero los grandes conflictos han empezado siempre por decisiones precipitadas de quienes pensaron que traspasar una frontera no tenía consecuencias.

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