Europa, Política

Una Europa para estadistas

Hay dos cuestiones de fondo que preocupan a todos los gobiernos y ciudadanos europeos y que van más allá de las elecciones o de la continuidad de los políticos en sus espacios de poder. Son cuestiones de Estado.

La primera preocupación es saber si el Estado de bienestar, la mayor contribución que ha hecho Europa al mundo en el siglo XX, según Helmut Schmidt, es viable. Y, en caso negativo, cómo se administrará la solidaridad entre pueblos y ciudadanos europeos. Es una evidencia que el contrato social que pusieron en marcha los laboristas de Clement Attlee en 1945 en Gran Bretaña se ha desvirtuado hasta el punto que es irreconocible.

Los costes del Estado de bienestar tal como se concibieron inicialmente no pueden soportarse indefinidamente. En su libro póstumo Cuando los hechos cambian, Tony Judt introduce la contradicción a la que tienen que someterse los políticos de hoy. La dificultad se encuentra en el doble riesgo de provocar disgustos. O se disgusta “al menguante número de contribuyentes o al creciente número de involuntarios beneficiarios”. En otras palabras, o se suben los impuestos de los cada vez menos cotizantes de las clases medias o se recortan las pensiones a una población de la tercera edad cada vez más numerosa y necesitada.

El político europeo, de derechas o de izquierdas, no se atreve a recortar las pensiones ni tampoco a aumentar la presión fiscal. Los números, a la larga, no cuadran y llegará el día en que habrá que buscar un nuevo equilibrio si no queremos dejar en la cuneta social a los más frágiles.

La solución no es fácil, pero quizás habrá que recomponer el paisaje social reduciendo las diferencias entre los pocos que más tienen y los muchos que no tienen trabajo o no tienen nada. Las nuevas izquierdas se alimentan de estas desigualdades que ya no resuelven los mecanismos del Estado de bienestar. Y se abren paso político.

La otra cuestión es la negativa de varios gobiernos europeos a admitir las cuotas de asilados que les habían sido asignados por la Unión Europea. A España se le asignaron cuatro mil desde Bruselas, pero sólo acogerá mil trescientos. Son personas que huyen de la guerra en Siria, Iraq y Eritrea. Es vergonzoso.

Alemania es el país más generoso y el que más ha contribuido a aliviar la situación de los cientos de miles que malviven en Italia y Grecia. En muchos países no aceptan más asilados por miedo a la subida de los partidos de extrema derecha que hacen y deshacen gobiernos en media Europa.

Cualquier solución a estos dos problemas graves requiere el esfuerzo personal y colectivo de los europeos, la solidaridad y apertura de miras, el respeto que merece la dignidad de todas las personas. Si Europa no quiere acoger a los perseguidos por sus ideas o por las guerras, perderá la pequeña grandeza que nos queda.

Publicado en La Vanguardia el 23 de julio de 2015.

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