Economía y Sociedad, Oriente Próximo

Vientos de cambio en Arabia Saudí

Los analistas más optimistas ven al monarca saudí comenzando a apartar el estado del wahabismo. Durante meses han circulado rumores de que Abdaláh desea abolir directamente la mutawwa, una invención wahabí (con paralelo en el Irán clerical).


Observadores cercanos a Arabia Saudí detectan lo que podrían ser las primeras señales débiles de un movimiento de alejamiento de la tiranía. El rey Abdaláh ibn Abdul Aziz, que subió al trono hace dos años y ahora tiene 83 al menos, es el instigador aparente de este cambio. Algunos dicen que los saudíes se están polarizando, entre los partidarios del rey Abdaláh y los clérigos fundamentalistas, sus enemigos.

Arabia Saudí se fundó sobre una ideología totalitaria, el wahabismo, que afirma ser una doctrina religiosa, pero que realmente es un sistema radical de control social. Riyadh financia desde hace tiempo el expansionismo y el aventurismo wahabíes, y ahora esto les ha salido por la culata. Arabia Saudí ha entrado en una crisis, y recuerda a la antigua Unión Soviética en que parece encaminada a desintegrarse — una gerontocracia en que ni el poder ni la política son transparentes o, en última instancia, susceptibles de cambio mediante presión desde abajo.

Como resultado, la interpretación de la política saudí es muy parecida al antiguo trabajo de la sovietología, en la que los sucesos aparentemente más triviales en el Kremlin eran objeto de examen minucioso. Pero hay diferencias. Los sovietólogos estaban lastrados por su apego al status quo global — puesto que Rusia era una potencia nuclear dada al comportamiento intimidador y provocador — y por su propio fracaso a la hora de captar las contradicciones internas del orden comunista. Pocos vieron la fragilidad y precariedad del sistema, y casi todos fueron sorprendidos cuando implosionó violentamente.

La saudilogía puede ser tan retorcida como la sovietología, pero el estudio del cambio potencial en el reino del desierto ofrece algunas ventajas ausentes en el caso soviético. La fe en el status quo dominó el pensamiento occidental sobre la Rusia comunista, pero nadie en Occidente teorizaba acerca de cómo desmantelar el gobierno soviético. No se publicó nunca ni un solo libro en Occidente que propusiera directrices para una transición del estatismo comunista, y hasta donde podemos decir; tampoco hemos visto un resumen útil de las lecciones aprendidas de las diversas transiciones improvisadas que tuvieron lugar a lo largo del bloque soviético.

En contraste, los sauditólogos pueden contemplar el final del dominio wahabí e imaginar los caminos racionales hacia la normalidad. Nadie responsable quiere que la monarquía saudí se venga abajo de una tacada; una desintegración violenta tendría consecuencias negativas mucho más allá del mercado del crudo, minando la estabilidad que queda en el mundo musulmán sunní. En su lugar, un plan plausible debería concebir a la Casa de Saud como jefe de estado según las líneas de la familia real británica, manteniendo incluso un porcentaje de los beneficios del petróleo, pero con una constitución por escrito que garantice una judicatura independiente, libertad de prensa, libertad religiosa — y la completa y total disolución del wahabismo.

La Arabia Saudí en crisis tiene recursos para una transición controlada que estaban ausentes en el caso soviético. El enorme tráfico de extranjeros musulmanes al reino con motivo de peregrinaciones religiosas todos los años proporciona observadores y críticos con una visión de primera mano de la realidad saudí que no existían en el imperio soviético. Y Arabia Saudí tiene una élite empresarial creciente, responsable y emprendedora, así como la mayor clase media del mundo árabe, que presiona contra las absurdas restricciones del orden saudí-wahabí.

En este contexto complicado, los sauditólogos intentan leer los posos del café, hablando con los saudíes en casa y en el extranjero, y escrutando los medios saudíes. ¿Son las grietas que aparecen ahora en el viejo frente unido saudí-wahabí el comienzo apenas perceptible de algo grande? No deberíamos esperar otra cosa que una progresión pacífica y constante — como las de la España anteriormente autoritaria, Taiwán, Indonesia y las antes comunistas Polonia, República Checa, y países similares en los 30 últimos años — hasta una sociedad abierta y la libertad política.

El Día de San Valentín es un tema peliagudo en Arabia Saudí. Introducido por los saudíes que habían residido en Occidente, la costumbre de intercambiar regalos románticos se hizo popular, pero se encontró con la desaprobación oficial.

Este año, el "debate" anual del Día de San Valentín comenzó el lunes 12 de febrero. El rotativo de Riyadh al-Jazira ("la península", sin relación con la cadena del mismo nombre) informaba en titulares rojos destacados que la Comisión para la Promoción de la Virtud y la Prevención del Vicio, la institución wahabí mejor conocida como policía religiosa o mutawwa, iba a inspeccionar sistemáticamente hoteles, restaurantes, cafeterías y tiendas de regalos con el fin de evitar que las parejas musulmanas intercambiasen tarjetas de San Valentín u otros presentes. Tales objetos serían confiscados, y aquellos que los vendieran serían objeto de procesamiento. La mutawwa condenaba el Día de Saudí como "una festividad pagana".

No obstante, la ofensiva anti-Valentín de este año por parte de la mutawwa resultó ser menos draconiana de lo usual: incluyó una salvedad, los no musulmanes dentro del reino — hasta el 20% de la población (6 millones de personas) fruto el inmenso flujo de técnicos occidentales y trabajadores invitados procedentes del Este de Asia, cristianos en su mayoría — no serían amonestados por la mutawwa si celebraban la fiesta a puerta cerrada, aunque los musulmanes fueron advertidos de no unirse a los actos de San Valentín de los extranjeros. La mutawwa es célebre por irrumpir a la fuerza en las residencias de los extranjeros con el fin de comprobar si están consumiendo alcohol, de modo que esta concesión de San Valentín fue más significativa de lo que puedan pensar los de fuera. La privacidad del espacio de uno, después de todo, es fundacional para las sociedades civilizadas.

Al día siguiente, el 13 de febrero, la mutawwa prohibía la venta de rosas rojas en los mercados y centros comerciales. Esto parece especialmente retorcido para los musulmanes, puesto que la rosa siempre ha sido símbolo de amor, belleza e inspiración en la espiritualidad musulmana. Los periódicos al-Jazira y al-Watán (La Nación) afirmaban que los objetos totalmente rojos habían sido retirados de las tiendas.

Pero los ciudadanos saudíes informan de que el hostigamiento de la mutawwa fracasó. Muchos saudíes musulmanes comunes agasajaron a sus seres queridos con regalos de San Valentín, que fueron más populares que nunca. El precio de la rosas rojas se disparó y se agotaron rápidamente. Lo que hace significativo esto es que es una de las señales de debilitamiento serio del poder de la mutawwa.

El 12 de febrero, el mismo día en que se difundía la advertencia oficial para los enamorados, el rey Abdaláh explicaba a los periodistas extranjeros que el tema de las mujeres conductoras — prohibido desde hace tiempo, con la implementación a cargo de la mutawwa — es un tema social más que religioso, a determinarse como materia de política estatal en lugar de teología. Si estas palabras se acompañan de acciones, y el tema de la mujer conductora realmente es apartado del control del clero, marcará un punto de inflexión en la historia del reino. De hecho, apenas un día después, Abdaláh anunciaba que el Instituto Rey Abdaláh de Estudios de Investigación y Consulta, una institución política vinculada a los clérigos wahabíes, revisará el funcionamiento de la mutawwa. De nuevo, si este anuncio demuestra ser el preludio de la acción, puede verse como otro paso hacia la creciente normalización.

Los analistas más optimistas ven al monarca saudí comenzando a apartar el estado del wahabismo. Durante meses han circulado rumores de que Abdaláh desea abolir directamente la mutawwa, una invención wahabí (con paralelo en el Irán clerical). En Jeddah, el centro empresarial cosmopolita que junto con las ciudades santas de La Meca y Medina domina Hejaz, la región que se extiende desde el Mar Rojo y que es el corazón del mundo islámico, las mujeres rechazan ahora vestir el velo de la cara o niqab, afirmando que nunca ha sido una costumbre hejazí. En una serie de incidentes desde que Abdaláh asumiera el poder, las mujeres de Jeddah han hostigado a la mutawwa en las calles. Se dice que el Príncipe Nayef, el siniestro Ministro del Interior wahabí que fue el primer saudí en culpar a Israel del 11 de Septiembre, ha amenazado al rey Abdaláh con la expulsión si intenta doblegar a la mutawwa. Pero el rey Abdaláh es popular, y tal jugada por parte del Príncipe Nayef sería extremadamente arriesgada.

Al margen del tema crucial de la mutawwa — y de los sucesos intrigantes pero aislados, como la publicación a mediados de enero de un volumen positivo titulado La contribución judía a la civilización mundial, del autor saudí Saad al-Bazaie — el tema más significativo en el que el rey Abdaláh ha adoptado un curso nuevo implica el terrorismo saudí en el vecino Irak. El odio genocida a los chi´i es esencial en la fe wahabí. Desde que comenzara la intervención norteamericana en Irak, ha quedado claro que la mayoría de "los luchadores extranjeros" que sirven a al Qaeda en Irak son saudíes. Los iraquíes sunníes son reticentes a suicidarse en operaciones del terror, pero los fanáticos saudíes se enorgullecen de esto. Cuando estos sunníes transgresores son finiquitados, sus biografías y fotografías aparecen comúnmente en los medios saudíes. El Al-Watán ha afirmado que 2000 saudíes han muerto en Irak desde el 2003 — dos tercios de la cifra de soldados americanos caídos allí. En un caso reciente por ejemplo, el 5 de febrero, el rotativo wahabí al-Sahat (La Hora) vanagloriaba a un sujeto saudí, Hudhaiban al-Dosary, que había cruzado la frontera saudí para inmolarse en una masacre de docenas de iraquíes durante la solemne conmemoración chi´í de la Ashura. La atrocidad cometida por al-Dosary, alias Abú Mehjen, no fue sino una en una cadena de horrores de la Ashura perpetrados por fundamentalistas sunníes extranjeros este año.

Pero mientras que al-Dosary, de 24 años de edad, recibía elogios a manos llenas de los wahabíes, hasta ellos tenían que admitir que su vida anterior no era tan ejemplar. Según sus aduladores, Al-Dosary era un simple gánster, o quizá mejor un "gangsta", conocido por sus carreras callejeras y cabecilla de jóvenes deambulando por Riyadh para contemplar sus logros automovilísticos. Los medios wahabíes comentaban abiertamente que "a pesar de la falta de escrúpulos de nuestro hermano, tenía buenas intenciones y buena familia y no ignoró a sus hermanos musulmanes". Enterrando en elogios al terrorista homicida, los wahabíes destacaban que se había aburrido de las carreras callejeras y había recurrido a la religión, y que con el fin de obtener el perdón divino había acudido al norte a unirse a la jihad en Irak. Con todos los devaneos retóricos, la verdad era obvia: un punk sin cerebro había utilizado la religión como pretexto para cometer un crimen colosal y sin escrúpulos.

Frente a la complicidad saudí en el baño de sangre iraquí, el rey Abdaláh ha intentado pisar el freno. Sus acciones más recientes incluyen el reestablecimiento de relaciones diplomáticas con Irak tras una ruptura de 17 años y la detención el 4 de febrero de 10 particulares — nueve saudíes y un marroquí — por recaudar fondos e intentar reclutar a jóvenes para el terror sunní en Irak. Cierto, los 10 solamente eran detenidos después de haber sido aleccionados de desistir de sus actividades fundamentalistas en cuatro ocasiones. La víspera a la detención fue especialmente sangrienta en Irak, con cientos de muertos.

Además, el 27 de enero, los medios saudíes habían informado de que los administradores carcelarios iraquíes en Mosul habían solicitado a la embajada saudí en Siria que se encargase de devolver a casa a los saudíes sospechosos de terrorismo. Los saudíes encarcelados en Irak afirmaban que las autoridades de Bagdad estaban llamando a los parientes de los presos en el reino para informarles de su paradero. Tal como se desarrollaron estos acontecimientos, el rey Abdaláh y su círculo de allegados estarían retirando cualquier apoyo a los sunníes iraquíes contra los chi´íes según una serie de declaraciones oficiales. El 9 de febrero, según el importante diario al-Hayat (Vida), el imán de la Gran Mezquita de La Meca, el jeque Abd al-Rahmán al-Sudais, un conocido racista wahabí, sorprendía a la población del reino al leer un sermón del viernes pidiendo relaciones pacíficas entre las dos sectas. Al-Sudais, nunca conocido por su moderación, podría haber lamentado tener que predicar tal mensaje, pero al menos temporalmente, se alineaba con el rey. Más recientemente, Abdaláh en persona ha declarado en dos ocasiones que Arabia Saudí no apoyará a los sunníes de Irak contra los chi´íes, ni permitirá esfuerzos para declarar infieles a los chi´íes, una postura manifestada en dos ocasiones por el Ministro de Exteriores Saud ul-Faisal.

Mientras que Abdaláh y Saud están manifiestamente preocupados por la posibilidad de que la violencia sectaria en Irak pueda salpicar dentro de sus fronteras, la tentativa de rey por desvincularse del terror sunní en Irak es totalmente significativa para los americanos y nuestros socios de la coalición, en cuanto a que podría ayudar a salvar vidas entre el personal militar en Irak.

Llegados a este punto, debería ser completamente obvio que el camino de reforma del rey Abdaláh no es ni claro ni firme. Pero al menos, estos atisbos del deseo del monarca saudí por desmantelar el poder wahabí en casa y desvinculase del fundamentalismo sunní en Irak contrastan vivamente con el comportamiento provocador del presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad. Si se desencadenase una Revolución de San Valentín en el reino saudí, su éxito tendría efectos incalculablemente benéficos en el mundo musulmán, minando el atractivo del wahabismo y cortando en seco el flujo de efectivo a al Qaeda, contribuyendo a la estabilidad regional y proporcionando una alternativa responsable a la demagogia de Ahmadinejad y los demás. Ciertamente, es el interés práctico y moral directo de Estados Unidos que Arabia Saudí se convierta en un estado normal y respetable.

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