Ya de regreso en México nos enteramos que la primera invitación que Joseph Ratzinger envió para la misa de inicio de pontificado no fue para un Presidente, rey o funcionario internacional. Fue para el rabino Ricardo di Segni, jefe de la comunidad judía en Roma.
Relaciones Internacionales
No es gratuito que el ex oficial del ejército nazi —al que fue incorporado en
los inicios de su juventud porque no había escapatoria—, haya puesto en el
primer lugar de la lista de invitados al jefe de los judíos.
De ninguna
manera fue un accidente ese gesto de parte del ex Prefecto de la Congregación de
la Doctrina y de la Fe, organismo heredero del Santo Oficio.
Durante los
doce primeros años de la Inquisición, el Tribunal condenó a muerte a trece mil
judíos sefardíes ya conversos.
Ratzinger puede ser un hombre
conservador, celoso guardián de una ortodoxia obsoleta, pero la señal enviada a
través de la carta al rabino Di Segni nos habla de un Papa que posee dos
cualidades difíciles de encontrar juntas: sensibilidad e inteligencia. Su
estatura intelectual la ha puesto a prueba sin inhibiciones no sólo en sus 37
libros, sino en debates públicos realizados en foros mediáticos con personajes
de la talla de Jürgen Habermas, el filósofo liberal más acreditado de nuestro
tiempo.
O en recintos académicos como hizo con el presidente del Senado
italiano, Marcello Pera, de cuya discusión sobre incluir o no referencias al
origen cristiano de Europa en la nueva constitución europea salió el libro
firmado por ambos, Sin Raíces. Esa inteligencia la mostró también ayer, cuando
tenía que mostrarla y donde tenía que mostrarla: en su homilía de inicio de
pontificado expuso que “mi verdadero programa de gobierno no es hacer mi
voluntad, no es seguir mis propias ideas”, sino “escuchar la voluntad del Señor
de tal modo que sea Él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra
historia”.
Vamos a ver si “la voluntad del Señor” no le confirma los
prejuicios y los dogmas obsoletos de la Iglesia que ahora encabeza, pero el
hecho de plantear la posibilidad de la rectificación es una buena noticia para
el mundo cristiano y para el no cristiano. Los desafíos de la Iglesia “en esta
hora de nuestra historia”, no se agotan en cuestiones como el celibato
sacerdotal, ni el divorcio o los anticonceptivos y el condón. Los temas
anteriores son cuestiones de orden práctico. Son asuntos internos de los
católicos que deben resolver con medidas administrativas, porque están en el
paleolítico. De seguro son muy pocos los fieles que no planifican su familia
porque el Papa se los impide. Es difícil que un joven no se ponga un condón
porque el Papa lo condena. O que muchas parejas vivan el tormento de un mal
matrimonio y no se divorcian por temor al Papa. No. La gran mayoría de los
católicos en el mundo hace todo eso que la Iglesia prohíbe, y no por una
voluntad de desafío a la norma, sino porque usan el sentido común sin
remordimiento alguno pues no le hacen daño a nadie. El desafío de fondo para la
Iglesia y para un Papa del calibre intelectual de Benedicto XVI, no está ahí, en
esos rezagos administrativos al interior de su organización. El gran desafío
está en cómo insertar a Dios en una sociedad posmoderna. Ya hemos probado a lo
largo de la historia que las grandes calamidades de la humanidad han venido de
la mano de la intolerancia religiosa y del laicismo a ultranza. En el nombre de
Dios se ha matado, saqueado, mutilado y se levantaron las hogueras para quemar a
los que piensan diferente. Y en el nombre de un laicismo que prescinde
absolutamente de valores como es el carácter sagrado de la vida y de la dignidad
humana, se levantaron los hornos crematorios para los excluidos del proyecto de
estado nazi, y se crearon los gulag para matar de locura a los disidentes del
Estado soviético. A partir de esa experiencia, ¿qué sigue, entonces? Para la
Iglesia el desafío está en cómo enriquecer espiritualmente a la sociedad
moderna, cómo nutrirla de valores que no se pueden imponer a través de la
frialdad de las leyes.
A diario vemos que no basta un código que
establezca tantos años de prisión al asesino, al violador, al secuestrador. La
ley no es suficiente para decir qué no se debe hacer. En nuestros tiempos se
hace todo lo que se puede por el simple hecho de que se puede. Si la ley lo
impide, ya habrá forma de darle la vuelta, de pagar fianza o de contratar un
buen abogado. Ahí está el desafío de la Iglesia.
Ahí está el sentido de
su contribución: incorporar a Dios a la vida cotidiana. ¿Dónde está Dios en una
sociedad que no reacciona ante las organizaciones de civiles armados en Arizona
que cazan inmigrantes en el desierto, desamparados que no han cometido más
delito que buscar un trabajo honrado?
¿Dónde está Dios en una sociedad
que no se inmuta ante grupos de jóvenes que afuera de una discoteca en España
matan a patadas a otro muchacho porque tiene aspecto sudamericano?
¿Dónde está Dios cuando un verdadero ejército de desheredados agrupados
en pandillas mutilan y matan a otros igual de pobres que ellos que cruzan
Centroamérica y México para buscar el trabajo que no tienen en sus países de
origen? ¿Dónde está Dios en una globalización que margina a un continente
completo, cuya población muere de hambre, de sida, y otros perecen ahogados en
el mar al que se lanzan como única esperanza de vida digna?
¿Dónde está
Dios en un mundo en que mil millones de habitantes poseen el 80 por ciento de la
riqueza global, mientras que otros mil millones apenas sobreviven con menos de
un dólar al día? ¿Cómo insertar a Dios en un mundo donde los países
desarrollados destinan apenas 50 mil millones de dólares en ayuda a los países
en desarrollo, y en cambio gastan 900 mil millones de dólares anuales en defensa
militar? ¿Cómo ejercer el peso moral de la Iglesia ante el proteccionismo
agrícola de las naciones desarrolladas que es lo que tiene en la pobreza a la
mayoría de los países en desarrollo? Sin las barreras proteccionistas en materia
agrícola, los países pobres recibirían dentro de diez años 350 mil millones de
dólares, según cifras del Banco Mundial.
¿Cómo insertar a Dios en un
sistema de comercio internacional lleno de barreras proteccionistas en
detrimento de los débiles, mientras 120 millones de niños no tendrán jamás la
oportunidad de ir a la escuela? La falta de amor, de respeto a la vida, a la
dignidad y a la divinidad que hay en cada ser humano es el gran desafío para la
Iglesia de Benedicto XVI. ¿Dónde está Dios en la ciencia, para usarla en
beneficio del hombre? ¿Dónde está Dios en la ciencia, no para frenar su avance,
sino para evitar su dimensión maligna como ha ocurrido en Hiroshima, en las
armas químicas de Husein contra los kurdos o las usadas por Estados Unidos en
Vietnam? ¿Cómo va a explicar la Iglesia a Dios cuando se compruebe de manera
fehaciente, quizá dentro de muy poco, que Darwin no estaba equivocado? Como no
estuvieron equivocados Copérnico primero, ni Galileo después. Ante estos
desafíos, el tema de que los católicos hagan cosas distintas a lo que predica el
Papa en materia normativa es un asunto menor. Es una cuestión interna de su
organización religiosa y además así es en todas las religiones, aún en sus
expresiones más radicales.
El comando islámico que estrelló el segundo
avión contra las Torres Gemelas visitó muchas veces Las Vegas, donde se
divertían con chicas y alcohol. El libanés que cayó con el avión secuestrado en
Pennsylvania, Ziad Jarrahi, era parroquiano de centros nocturnos en Hamburgo.
Muhammad Atta, el egipcio que estrelló el primer avión contra las torres
era casi alcohólico y bebió vodka antes de abordar la nave.
O sea que
los mártires islámicos se presentaron ante Alá oliendo a Smirnoff, a Chivas
Regal y a perfume de mujer. No es por ahí el asunto, pues.
Es más de
fondo. Y tiene que ver, quizá, con un verdadero y amplio ecumenismo para
fortalecer valores universales. Para que florezca una ética común entre
creyentes y no creyentes, útil a una sociedad posmoderna que parece avanzar
confundida hacia una nada infinita porque “Dios ha muerto”, como diría
Nietzsche.
De ese tamaño es el reto para la Iglesia en este nuevo
pontificado. Por la estatura intelectual de Joseph Ratzinger, Benedicto XVI
merece, al menos, el beneficio de la duda.
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