Política

La deriva de América Latina

Pablo de San Román
Hace pocas horas el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, expresó su preocupación por el estado de la democracia en América Latina y abogó por una mayor comprensión de los tiempos del mundo, y por un mayor respeto hacia los derechos individuales. Bush se mostró alarmado por las expresiones políticas recientes en la región, y aludió a una incomprensible injerencia, por parte de algunos líderes –el caso Chávez- en la política nacional de otros Estados.

Esta declaración inusual del presidente Bush se inscribe en el contexto de la reciente revocación, por parte del gobierno de Ecuador, del contrato que la petrolera norteamericana Oxy mantiene con ese país para la explotación de hidrocarburos. Las autoridades ecuatorianas adujeron una maniobra ilegal de venta de acciones de la empresa, disponiendo la cancelación de los acuerdos comerciales existentes. A las pocas horas el Departamento de Estado norteamericano anunció la cancelación de las negociaciones para establecer un acuerdo de libre comercio con ese país.

La conflictividad entre Estados Unidos y la región es, no obstante, de carácter general. La diplomacia norteamericana ve con máxima preocupación los acontecimientos políticos en Bolivia, y la posibilidad de que éstos puedan extenderse hacia otros países de similar inestabilidad. Si bien no lo ha expresado abiertamente la Casa Blanca desacredita los vínculos (cada vez más nítidos) entre Morales, Chávez y el nacionalista Humala. A ello debe sumar la retórica regionalista de Ortega en Nicaragua (por el sandinismo) y la verborrea obstinada de Castro en Cuba.

Ahora bien, ¿qué estrategia piensa Estados Unidos para la región? ¿Qué posición puede adoptar la Casa Blanca en virtud de las elecciones que se aproximan en Colombia, Perú, Méjico, Brasil, Ecuador, Nicaragua y Venezuela antes de fin de año? ¿Podrá establecer una nueva relación de poder con los países más cercanos? Pues no está claro. Recién ahora parecen asimilar los Estados Unidos los acontecimientos políticos regionales. Hay, sin embargo, tres aspectos que podrían guiar su política exterior en los próximos tiempos:

1)La consolidación de las relaciones políticas y comerciales con Méjico (donde prevalece el candidato autonomista)

2)La continuidad de los pactos antiterroristas y de cooperación con Colombia (donde Uribe puede imponerse este domingo)

3)La ampliación de la cooperación técnica en materia económica con Brasil, cuyo respaldo ha sido clave para la política interior de Lula

4)El fortalecimiento de las relaciones con Chile cuyo acuerdo de libre comercio está dando los primeros pasos

Es poco más lo que pueda decirse con certeza sobre la política exterior de Estados Unidos hacia la región. La ola de elecciones provoca incertidumbre y nadie quiere precipitarse en la toma de posiciones. Las declaraciones de Bush fueron, no obstante, indicativas de la desconfianza que existe hacia los nuevos liderazgos, y de lo difícil que resultará acercar posturas en este contexto de radicalización. La reciente Cumbre de las Américas en Mar del Plata fue el ejemplo más claro de esta inconveniente polaridad.

En el plano político, el secretario general de la OEA, Miguel Insulza, aseguró que no veía tal radicalización. Que más bien se trata del surgimiento de nuevos liderazgos que –como en el caso de Bolivia- hay que observar con detenimiento. Insulza descree de una separación entre gobiernos de izquierda y derecha y aboga por una posición de cautela sobre el desarrollo de los nuevos procesos: “Hasta ahora el único cambio de importancia ha ocurrido en Bolivia, pero tenemos que esperar el resultado de las elecciones [legislativas]”.

Así las cosas, los gobiernos siguen tomando decisiones unilaterales. La política de cumbres promovida por Chávez y seguida con entusiasmo por Morales, Castro y Kirchner se contrapone al incremento de la desconfianza y el recelo en el resto del continente. La retirada del embajador de Perú en Venezuela y la prohibición de los Estados Unidos a la venta de armas a ese país verifican (a pesar de la postura de la OEA) la radicalización de la política regional.

Hace horas nada más, el ejecutivo de Perú solicitó al gobierno chileno que inhiba a Fujimori de realizar declaraciones políticas. Bachelet mandó callar a Fujimori explicando que sus afirmaciones pueden dañar la relación entre ambos países. Tiempo después, el embajador de los Estados Unidos en Venezuela, William Brownfield, recibía una amenaza de ser expulsarlo del país si contribuía a provocar hechos de inestabilidad deliberados. No parece finalmente, que sea éste el camino por el que la región solucione sus gravísimos problemas. La confrontación y la disputa son los peores consejeros en las condiciones de urgencia en las que viven la mayoría de los países. Esta deriva por los extremos retardará, una vez más, el urgente progreso que todos necesitan.

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