Escuchando a los permanentes aduladores de un régimen instar públicamente a decomisar los activos económicos de Mubarak o calibrar el momento exacto en que deja de revestir cualquier riesgo exigir la caída del dictador al que has servido felizmente toda tu vida, me acuerdo de la visita del rey Hakim de Bahrein a Londres en 1953 con motivo de la Coronación de la Reina Madre. A última hora de la tarde, a los postres, el diminuto jeque Salmán se acercó al Primer Ministro, Winston Churchill, sentado al pie de la escalera, y trató de congraciarse con él con intención de granjearse su apoyo a alguna aspiración territorial que Bahrein tenía sobre Qatar. Había sido una noche muy absorbente y Sir Winston no estaba de humor para discutir acerca de la letra pequeña de las disputas territoriales de la península arábiga.
“Dígale”, indicó el primer ministro a David Weir, agregado británico en Bahrein y “caballero entre los presentes”, al monarca Hakim que no hablaba inglés, “dígale que nunca abandonamos a nuestros amigos”. Pausa. “A menos que no tengamos otro remedio”.
Como han descubierto Ben Alí y Mubarak y Gadafi, sus “amigos” han llegado al extremo en que “no tienen más remedio”. No es nada personal. Así son las cosas. En la medida en que alguna de las comparaciones con Europa en 1989 puede ser válida, es como Rumanía: El momento más peligroso para cualquier dictadura es aquel en el que los lacayos del dictador han llegado a la conclusión de que ha sobrevivido a su utilidad.
Desde los tiempos del jeque Salmán, los Hakim se han ascendido a emires y luego a monarcas. ¿Qué va después? En Bahrein, una familia real sunita gobierna una población mayoritariamente chií. Para cuando se calmen las cosas, lo que salga de las monarquías del Golfo van a ser probablemente unos regímenes mucho más receptivos hacia Irán, por no decir satélites iraníes en toda regla. Lo que salga de Egipto será probablemente un régimen mucho más hostil a Israel. Hay factores locales distintos en juego del Magreb a Shatt al-Arab, pero si quiere una panorámica de la región en conjunto, piense así: Es el amanecer del Oriente Próximo post-occidental.
Hay dos fases en la historia árabe reciente. El Oriente Próximo moderno era una mezcla anglo-francesa, inventada por Londres y París un poco al azar tras el colapso del Imperio Otomano. En los últimos días de la potencia imperial francesa y británica tras la Segunda Guerra Mundial, Washington y Moscú cogieron el relevo, reemplazando en muchos casos a monarquías pulverizadas con dictadores de la variante panárabe nacionalista secular.
Piense lo que quiera de los dictadores consuetudinarios, pero en general están más allá de la ideología: en cierto sentido, el monarca es su propia ideología. Cuando se reemplaza una monarquía consuetudinaria por el hijo de puta de turno elegido a dedo, es fácil engañarse creyendo que representa a una parte de la población más amplia que él mismo. Como ya sabemos a estas alturas, Mubarak no representaba a nada ni a nadie: Tanto el “nasserismo”, la ideología que apuntaló al régimen durante sus dos primeras décadas, como el nacionalismo secular de posguerra más extendido por la región, eran ficciones, y ficciones insostenibles. En cuestión de una hora o una hora y pico de caído el dictador, dije a Megyn Kelly en la Fox que estábamos siendo testigos de “la desintegración del Oriente Próximo estadounidense”.
Así se ven las cosas desde nuestro punto de vista. Viéndolas desde el de ellos, los regímenes se están poniendo al día con retraso con la realidad demográfica. Durante la última mitad de siglo, las cancillerías de las grandes potencias invirtieron sus esfuerzos en mantener “la estabilidad”: El resultado fue que los gobiernos eran estables superficialmente mientras sus poblaciones se transformaban radicalmente — y se abría una enorme brecha entre una población cada vez más islámica y los regímenes que la gobernaban. Diga lo que quiera de Mubarak, pero la mutilación genital femenina no era lo suyo. Por desgracia para él, a su gente – o en todo caso a los caballeros – sí les va. Así que él se lo prohibió. Porque es un dictador, y lo que dice va a misa, ¿verdad? Y el resultado neto de esa prohibición es que, el día que él cayó, precisamente el 91% de la población femenina del país se estima que se sometió a la ablación: Mucho antes de la “Revolución de Facebook”, Egipto votó con su clítoris.
De la misma manera, diga lo que quiera del Coronel Gadafi, pero un tipo que contrata como guardaespaldas a su propio reparto de concubinas a lo Austin Powers no va a ser muy dado a provocar un conflicto a cuenta de la letra pequeña de tal o cual hadit islámico. El rumbo que estamos siguiendo ahora no tiene tanto que ver con “las redes sociales” como con la fatua decretada el lunes por el imán Qaradawi, el aspirante a Jomeini egipcio, instando a asesinar a Gadafi.
El destacado erudito desprecia al clan Gadafi como “baluartes de la ignorancia pre-islámica” — lo que te deja clara la estima en la que tiene lo que va a venir ahora: Los antiguos regímenes son “pre-islámicos”, lo que significa que lo que viene ahora va a ser… más islámico.
La semana pasada escribí acerca de la pereza del inmovilismo — la premisa de que el progreso social se mueve únicamente en una dirección. Veo que Dan Gardner, un caballero extrañamente obsesionado donde los haya con llamar mi atención, se burla de mí en el Ottawa Citizen por ponerme nostálgico con la monarquía egipcia:
Aquí está Mark Steyn suspirando por el rey Faruk. ¿Animar la democracia en el mundo árabe? Eso se llevaba en 2005.
Voy a ratificarme en eso — aunque sólo sea porque el caótico Irak pluripartidista incipiente de 2005 tiene mucho más en común con el Egipto de Faruk que con el Egipto de Mubarak. El Reino de Egipto durante el período de 1922 a 1952 era deficiente y ruinoso y corrupto, pero estaba más cerca de una sociedad pluralista y funcional que nada de lo que ha venido en los 60 años transcurridos desde entonces. Por ejemplo, en 1923, el primer año entero de Egipto como estado soberano, el Ministro de Economía del país fue un caballero llamado Josef Cattaui, parlamentario y judío.
Trate de imaginarse eso ahora: un judío formando parte de la administración de un país árabe musulmán como Ministro de Economía — o por lo menos salir elegido como desconocido parlamentario sin cartera ministerial. Suena a fantasía interreligiosa pacifista. Pero fue así realmente — y luego dejó de ser así, y entonces empezó a ser inconcebible que volviera a ser alguna vez así en cualquier escenario plausible.
La casa real egipcia (descendiente de albaneses) no era la idea de monarquía constitucional escrupulosa, y los judíos residentes allí tuvieron un par de años difíciles en la década de los 40. Pero el Reino de Egipto fue mejor que lo que vino después. La CIA pensaba tan poco en Farouk que los planes para derrocarlo tenían el nombre en clave de “Operación Seboso Cabrón”. Ja, ja. Los cabrones que lo relevaron fueron los que rieron los últimos. Nasser perseguía a los judíos por “actividades sionistas”, los expulsó del parlamento, decomisó sus empresas y cerró sus periódicos. ¿A usted le parece que el imán Qaradawi tiene en mente ver un judío Ministro de Economía de vuelta en El Cairo? Por desgracia, ya no quedan judíos — aunque todavía quedan un montón de coptos a por los que ir.
¿El Coronel Gadafi? Al llegar al poder en 1969, con efecto inmediato canceló todas las deudas con los judíos libios y decomisó todos sus bienes. Una población judía de posguerra de 40.000 se desplomó bajo su mandato a 0: El último judío libio, Esmeralda Meghnagi, falleció en el año 2002, y con ella una de las comunidades judías más antiguas del mundo. Y en gran parte de Oriente Próximo — incluyendo por desgracia al protectorado estadounidense oficioso de Irak — la comunidad cristiana sigue el mismo camino.
Oriente Medio empeora. Las monarquías instauradas por británicos y franceses a mediados del siglo XX no eran menos malas que los dictadores de respaldo soviético y estadounidense de finales del siglo XX. En cuanto a los primeros años del siglo XXI, Oriente Próximo va a ser más receptivo a la Hermandad Musulmana y más receptivo a Irán — y menos a los intereses occidentales que nunca, desde que se descubrió que había petróleo.
“Nunca abandonamos a nuestros amigos. “A menos que no tengamos otro remedio”.
Y para cuando lo tuvimos, se vieron abandonados integralmente por factores demográficos socioculturales masivos en los que la clá del realpolitik apenas había pensado. Y, en ausencia de cualquier estrategia para combatir ideología e ideas, solamente nos queda convivir con lo que quiera que venga ahora.