En un escándalo que pasará a los libros de historia, la moderadora del acalorado debate presidencial de la pasada noche vertió una mentira acerca de la peligrosa torpeza del Presidente Obama en Libia después de que Obama le pidiera abiertamente en directo que apoyara su deshonesta versión de ello.
Verdaderamente no hay precedentes y sólo podría pasar en la era Obama.
Durante el debate de formato asamblea celebrado con una audiencia de votantes indecisos, Crowley tendió un capote a Obama con el fin de ayudarle a perpetuar el actual encubrimiento por parte de su administración del asesinato de cuatro estadounidenses — embajador norteamericano incluido — en el consulado norteamericano de Bengasi, Libia, este pasado 11 de septiembre. Las crónicas publicadas afirman que no se proporcionó la seguridad suficiente en una región particularmente hostil de Libia al embajador Chris Stevens y al resto del personal.
Horas antes del debate, la Secretario de Estado Hillary Clinton, enviada a Lima (Perú) por la campaña electoral Obama con el fin de dificultar el contacto con ella, decía que proporcionar seguridad a las misiones diplomáticas de América es responsabilidad suya. Pero es todo el mea culpa que la Clinton se ha mostrado dispuesta a entonar.
“Como consecuencia de un atentado de este cáliz, en el fragor de la guerra, siempre va a haber confusión”, decía. Ese fragor debe ser especialmente difícil de discernir cuando tanto la Casa Blanca como Washington están dirigidos por fieles adoradores del lobista Demócrata Saúl Alinsky, pero estoy divagando.
Durante el debate, el candidato Republicano Mitt Romney afirmó — correctamente — que “el presidente tardó 14 días en considerar acto de terror al atentado de Bengasi”. Los partidarios de Romney llevan semanas sosteniendo que Obama no quiso poner etiquetas al atentado contra la misión diplomática norteamericana porque hacerlo constituye el reconocimiento de que la política exterior de la administración se derrumba.
Tras la intervención de Romney, intervenía Obama: “Mire la transcripción”, como si fuera un concursante impaciente que pide el comodín en “¿Quién quiere ser millonario?”
Fiel a la orden, Crowley recriminaba a Romney afirmando que Obama había llamado realmente al atentado “acto de terror” más o menos cuando éste tuvo lugar. Avalado por la obediencia de Crowley, Obama se jactaba: “¿Puedes decirlo un poco más alto, Candy?”
“Sí que lo llamó acto de terror”, decía ella del presidente. “También tardó — también se tardó unas dos semanas en dilucidar la idea de que se trataba de un altercado provocado por aquel vídeo anti-islam. Usted Romney tiene razón en eso”.
Crowley, hay que destacar, es la versión más agradable y educada de Martha Raddatz, la supuesta moderadora que unió fuerzas con un sonriente Joe Biden contra el candidato Paul Ryan la semana pasada. Esto hace a Crowley más peligrosa que Raddatz, que en su comportamiento durante el debate entre los candidatos a la vicepresidencia se mostró en principio más desagradable que parcial.
Crowley también se equivoca.
En la Rosaleda de la Casa Blanca el día 12 de septiembre, Obama afirmó que un vídeo anti-islam había provocado el atentado. A continuación salía por la tangente, ofreciendo un comentario generalista de que “ningún acto de terror va a sacudir la resolución de este gran país”. Obama decía que lo sucedido en Bengasi era “un acto terrible” y prometía que “se hará justicia”. En ningún momento dijo que los sucesos de Bengasi hubieran sido acto de terroristas.
A lo largo de las dos semanas siguientes, la administración Obama siguió oponiéndose a llamar a los acontecimientos de Bengasi acto terrorista. En cinco debates dominicales diferentes, Susan Rice, embajadora norteamericana ante las Naciones Unidas, dijo que los atentados acaecidos en aquel municipio libio eran fruto de protestas violentas relacionadas con un vídeo “repugnante y ofensivo”.
El 25 de septiembre, Obama volvía a negarse a tildar de actos de terrorismo al atentado durante una comparecencia amistosa en el programa de televisión “The View”, diciendo que había abierta una investigación. Más tarde esa misma jornada dijo lo mismo en un discurso ante las Naciones Unidas, achacando la violencia libia al vídeo y realizando la ridiculizada afirmación de que “El futuro no pertenece a los que difaman al profeta del islam”.
Tras el debate, una encantada Crowley admitía de forma oficiosa en la CNN que la razón la tenía Romney, pero culpaba a su víctima, el ex gobernador de Massachusetts, por imprecisión lingüística.
“Bueno, ya sabe, escucharía el discurso del presidente en aquel momento. He leído un montón de cosas de Libia porque sabía que probablemente se hablaría de Libia, así que más o menos quería entrar en ello. Así que sabemos lo que dijo el presidente, lo que había dicho, o sea, estos actos de terrorismo no se van a tolerar o lo que quiera que se dijera y me parece realmente, ya sabe, porque, justo después sí que volví y dije que tenía toda la razón, que pasaron dos semanas antes de que nos dijera lo de este vídeo y que se registraron, ya sabe, estos disturbios en los exteriores de la misión diplomática de Bengasi, cosa que nunca fueron. Así que él tenía razón en lo principal pero es que me parece que eligió la palabra equivocada”.
No, Candy, Romney no eligió la palabra equivocada. La Comisión de Debates Presidenciales eligió a la moderadora equivocada.
Pero el daño, que podría ser duradero o no, está ya hecho y el debate ha terminado. Un día cualquiera en los medios convencionales.
El ex gobernador de New Hampshire y discípulo de Romney John Sununu criticaba a Crowley en Fox News. “Candy Crowley no pinta nada haciendo directos si se comprueban los datos, porque se equivocaba”, decía. Crowley ayudó al Presidente Obama que fue “totalmente deliberado en su mentira a tenor de esta cuestión de que fuera terrorismo”.
El fracaso de la administración Obama a la hora de proporcionar seguridad en Bengasi, algo que condujo a la muerte de cuatro estadounidenses, es “inconsciente”, decía Sununu.
El tertuliano Charles Krauthammer peinaba a Obama por estar “totalmente perdido” y no intentar al menos responder a la pregunta de la seguridad del consulado. Obama se hizo el ofendido ante la sugerencia de que había engañado al pueblo estadounidense, decía Krauthammer, mientras hasta su embajadora ante las Naciones Unidas mentía a la opinión pública acerca de lo sucedido en Bengasi.
Romney pasó por alto “una oportunidad enorme” de pedir cuentas a Obama por la seguridad consular, opinaba Krauthammer. Por supuesto que hubo una oportunidad genuina que se perdió Romney, porque estaba demasiado ocupado defendiéndose después de que Crowley le hubiera llamado embustero.
A pesar de la emboscada con Bengasi, Romney se defendió bien.
Repitió la frase ganadora de “gobierno por goteo” para aludir a la inquebrantable fe de Obama en que todo está bien mientras el Estado siga creciendo en tamaño y competencias.
Explicó que era importante bajar los impuestos porque facilita que la pequeña empresa contrate más trabajadores y tumbó a Obama con la débil economía y el disparatado crecimiento de la dependencia del Estado.
“No tenemos que vivir así”, decía Romney.
El debate de ayer, que tuvo lugar en la Universidad de Hofstra en Hempstead, Nueva York, tenía lugar después del debate presidencial del 3 de octubre durante el cual Romney dio a Obama la paliza de su vida política. También se celebraba después de las 85 interrupciones sin precedentes de su rival Republicano Paul Ryan por parte del Vicepresidente Joe Biden en el debate de candidatos a la vicepresidencia del 11 de octubre.
En Fox News, la muestra de 20 votantes indecisos que en 2008 habían votado a Obama del experto en encuestas Frank Luntz se mostraba ferozmente crítica con Obama.
En un momento de ingenuidad que se le pasó al censor de la cadena, un caballero decía que Obama “tomaba por imbécil” a la opinión pública. Los miembros del grupo de estudio convinieron y hasta parecían enfadarse con el presidente, culpándole de gestionar mal la economía y elogiaban la experiencia de Romney creando empleo en el sector privado.
En un suceso que tiene que tener de los nervios a los izquierdistas, hasta el grupo de estudio de votantes de la cadena ultraizquierdista MSNBC se decantaba por Romney.
Mientras tanto, Obama viene recibiendo un aluvión de malas noticias últimamente.
En un devastador sondeo Gallup dado a conocer ayer, Romney tiene el apoyo de un impresionante 50 por ciento de votantes probables en comparación con el 46 por ciento de Obama. El sondeo recoge las respuestas de una muestra enorme, 2.723 electores probables en este caso, todos entrevistados después de que Obama fuera aniquilado por Romney en el debate del 3 de octubre en Denver.
Hasta los estrictos expertos de Gallup reconocen que incluso si “pocas veces los debates son acontecimientos decisivos en los comicios presidenciales”, Obama viene “perdiendo terreno entre los electores desde principios de mes, reflejo probable de su pobre actuación durante el primer debate presidencial”.
A lo mejor es que durante los últimos meses, los sondeos no se han equivocado. A lo mejor es que venían reflejando la indecisión de los votantes. Los estadounidenses están abiertos a la posibilidad de despedir a Obama, pero todavía no están decididos por Romney.
Cuando el desfile sin fin de tertulianos progres aducía durante los últimos meses que Obama era una figura tan inspiradora que las cuestiones mundanas como la seguridad nacional o la economía habían dejado de importar al votante, resulta que estaban proyectando, no opinando.
(*) Matthew Vadum es un galardonado periodista de investigación y autor del libro de reciente publicación “Obediencia Ciega S.A.: cómo siguen aterrorizando y desplumando al contribuyente estadounidense los camisas rojas de Obama en ACORN”.
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