Política

Au Revoir Jacques

Quizá eso lo diga todo de la presidencia de Chirac. Comenzó con la defensa del honor francés en el frente de batalla de los Balcanes, y terminó intentando plantar la bandera de la Unión Europea en algún pequeño rincón del ciberespacio.

Alan W. Dowd
Pocos americanos observarán que Jacques Chirac entrega las riendas de la República Francesa a Nicolas Sarkozy esta semana. Pero puede que lleguen a notar – y apreciar – la diferencia en cómo interactúan los dos líderes con Washington. Sarkozy no será el perro faldero de América, pero está destinado a ser una mejora con respecto a Chirac.

Como recuerda el difunto David Halberstam en su libro Guerra en tiempos de paz, Chirac provocó sorpresa en ambas orillas del Atlántico el mismísimo primer día en el cargo, cuando desafío al ejército francés a plantar cara a las partes en conflicto en la antigua Yugoslavia – y a la desconcertada cadena de mando de la ONU. Al escuchar las informaciones de que pacificadores franceses en Bosnia habían sido secuestrados, Chirac ladró, “¡puedes matar soldados franceses! ¡Puedes herir a soldados franceses! ¡Pero no puedes humillarlos! ¡Eso terminará ya! ¡No aceptaremos eso! ¡Cambiaremos las normas del juego!” A continuación, Chirac dio órdenes nuevas a sus generales – “órdenes al margen del sistema de mando de la ONU”. Fue la señal con antelación de la disposición y los impulsos nacionalistas de Chirac a aplicarse un conjunto de normas a sí mismo y otro conjunto a sus aliados.

Poco después de ese estallido inicial, Chirac dejaba claro que su relación con Washington no iba a ser – ejem – cálida. Con Washington ausente de la guerra de los Balcanes, Chirac mezcló desprecio con encanto concluyendo en 1995 que “el cargo de líder del mundo libre está vacante”. Por supuesto, Chirac fue aún más irritable cuando los Estados Unidos se comportaron verdaderamente como el líder del mundo libre, como descubrimos en los preparativos de la guerra de Irak.

En gran medida a causa de Francia, costó ocho años que el Consejo de Seguridad de la ONU se pusiese de acuerdo en el otoño del 2002 en una resolución exigiendo a Irak simplemente que cumpliera las resoluciones existentes. Temiendo que “legitimarse el uso preventivo de la fuerza”, Chirac se cercioró de no autorizar explícitamente la acción militar para obligar a Irak a cumplir. En su lugar, obligó a los aliados a soportar en dos ocasiones el camino diplomático – una para devolver a Irak a Hans Blix y sus desconcertados inspectores, y una vez para que el Consejo de Seguridad confirmase los hallazgos de Blix y aprobase la guerra. Como resultado, el baile se convirtió en un choque en cadena.

Incluso si una mayoría sana de la Unión Europea y virtualmente todos los líderes de Europa del Este apoyaban la mano dura contra Bagdad, Chirac y su propio perrito faldero en Alemania se oponían a la acción militar contra Saddam Hussein. Quizá fue la antigua amistad de Chirac con Saddam. Como nos recuerda Anne Appelbaum, de Slate, Chirac llamaba en tiempos a Saddam “mi amigo personal”. O quizá Chirac estuviera protegiendo a sus camaradas se hacían negocios con el carnicero de Bagdad. Como detalla Bill Gertz en su libro Traición, los funcionarios franceses y las empresas francesas apuntalaron a Saddam a lo largo de los años 90 y principios del 2000. Específicamente, Gertz concluye que hacia el 2000, Francia se había convertido en el principal vendedor de armas de Irak. Hacia el 2003, Saddam había superado con París la barrera de los 4 mil millones de dólares en armamento y proyectos no militares (parte de ese armamento llegó a utilizarse contra las fuerzas de la coalición: un misil de fabricación francesa derribaba un A-10 norteamericano en abril de 2003).

Cualquiera que fuera el motivo de la intransigencia de Chirac, él estaba decidido a evitar que la coalición encabezada por Estados Unidos entrase en Irak con las bendiciones de la ONU. Conforme se agotaba el tiempo hacia la guerra, amenazó a los gobiernos de Europa del Este por atreverse a alinearse con Washington en materia de Irak en lugar de con París. “Estos países son muy ofensivos y bastante inconscientes con respecto a los peligros de alinearse con los americanos con demasiada rapidez”, amenazó veladamente. “Su situación es muy delicada. Si quieren disipar sus posibilidades de ingresar en la Unión Europea, no podrían haber elegido un modo mejor”. ¿Qué tal eso como diplomacia?

Por supuesto, la acción militar estaba justificada bajo 16 resoluciones de la ONU independientes. Si él mayor error que cometieron el Presidente Bush y sus consejeros tras la caída del régimen de Saddam fue no desplegar más tropas para la aplacar la violencia sectaria, el mayor error cometido antes fue acudir a la ONU para ser encerrados en el laberinto de juegos diplomáticos de Chirac.

Estados Unidos y el Reino Unido ponían final por fin a los juegos la segunda semana de marzo de 2003, citando un documento de 173 páginas difundido por los inspectores de la ONU. Como explicaba en aquel tiempo un exasperado Tony Blair, el informe concluía que “550 proyectiles de gas mostaza y hasta 450 bombas de gas mostaza [no fueron] declaradas”. Expresaba “incertidumbre adicional con respecto a las 6526 bombas, correspondientes a aproximadamente 1000 toneladas de agente, predominantemente mostaza… Según todas las pruebas disponibles, la presunción firme es que 10.000 litros de ántrax no fueron destruidos y podrían existir aún”.

En pocas palabras, Saddam no cumplía aún las demandas de la ONU. Cualquiera que fuera su motivación para ser reticente al compromiso en materia de las mismas cosas que podrían provocar su derrocamiento – ¿estaba manteniendo algún tipo de disuasión interna frente a los kurdos y los chi´íes o frente a Irán, ganando tiempo para pasar el contrabando a Siria, componiendo piezas separadas para reconstruir el programa de armas de destrucción masiva? – no cumplió la Resolución 1441, que exigía el acceso total y transparente a los enclaves de armamentos y el total desarme.

Chirac vio la misma información de Inteligencia que Blair o Bush. Su agencia de espionaje respaldaba la opinión de consenso sostenida por el resto de Occidente. Pero nada de eso importaba. Cuando Estados Unidos y el Reino Unido presionaron al Consejos de Seguridad para considerase la resolución del “uso de la fuerza”, Chirac despachaba a sus ministros de exteriores a más de una docena de capitales con el fin de organizar una oposición internacional a sus en otro tiempo aliados. En la práctica, cuando el Reino Unido y Canadá hicieron circular un compromiso en el último momento, Francia rechazó formalmente el plan delante de Irak.

Sin ahorrar palabras, Blair concluía que Chirac estaba jugando nada menos que con la alianza transatlántica. “El resultado de este tema determinará ahora más que el destino del régimen iraquí y que el futuro del pueblo iraquí, tanto tiempo machacado por Sadam. Determinará el modo en que Gran Bretaña y el mundo confrontan la amenaza central a la seguridad del siglo XXI: el desarrollo de la ONU; la relación entre Europa y los Estados Unidos; las relaciones dentro de la Unión Europea y el modo en que Estados Unidos se involucra en el resto del mundo. Determinará el patrón de política internacional para la próxima generación… Alcanzamos un ultimátum pidiendo a Saddam se cumpla la resolución 1441 o esté en violación material. No es una propuesta irracional, teniendo en cuenta la historia. Pero aún así los países dudaron”.

Y les puso nombres. “Francia dijo que vetaría una segunda resolución en cualquier circunstancia. A continuación Francia denunciaba los seis puntos. Más tarde ese día, Irak los rechazaba”. Cierto: Blair estaba recordando al mundo que Jacques Chirac rechazaba la medida de compromiso delante incluso de Saddam Hussein.

No importa. Chirac, sin tapujos, condenaba a continuación el ataque encabezado por Estados Unidos contra el régimen de Sadam porque “se llevaba a cabo sin la aprobación de Naciones Unidas… que es el único marco legítimo para construir la paz en Irak”. Por supuesto, si la ONU es la única fuente de legitimidad para cualquier acción militar, entonces Chirac tiene algunas explicaciones que dar. Después de todo, la misma semana que las fuerzas de la coalición atacaban al régimen de Sadam, centenares de tropas francesas entraban en la República Central Africana para proteger los intereses franceses tras un golpe de estado. Francia no pidió permiso a la ONU. Y esto no fue en absoluto un caso aislado de unilateralismo francés. Chirac desafió abiertamente los llamamientos por parte de la ONU a entregar el control de Mayotte, una isla alejada de la costa de Comoros, al este de África y con todos los miembros de la OTAN excepto dos alineándose con Estados Unidos y el Reino Unido — en la práctica,21 de los 25 estados miembros de la Unión Europea apoyaban la campaña en Irak – el comportamiento de Chirac antes, durante y después de la caída de Sadam se redujo a unilateralismo en un contexto multilateral.

Chirac fue igual de desastroso en Afganistán. En el 2004 había un amplio acuerdo para incrementar el compromiso de 6500 efectivos de la OTAN en Afganistán con elementos de la nueva Fuerza de Respuesta de la OTAN,1 unidad adultos sostenida de reacción rápida compuesta de aviones, barcos de guerra y 20.000 tropas. Previsiblemente, Chirac se echó atrás, declarando “La Fuerza no está diseñada para esto. No debería utilizarse para cualquier tema antiguo”. Algunos de nosotros comparamos el tema con la noción de que la seguridad y la estabilidad a largo plazo del enclave mismo que incubó a al Qaeda y desató el 11 de Septiembre fuera “simplemente cualquier tema antiguo”.

Durante su estancia en el Palacio del Elíseo, las políticas de Chirac parecieron alimentarse del resentimiento con la potencia americana, quizá incluso un tris de complejo de inferioridad frente a América. En ocasiones esto se expresaba temas serios, como Afganistán o Irak, y en ocasiones en episodios estúpidos y patéticos. Tómese el ejemplo cuando sus ciudadanos rechazaron su adorada Constitución Europea. Chirac parecía culpar increíblemente a los Yanquis y los americanos. “El interés de los anglosajones y los americanos es, por supuesto, impedir el avance europeo, corre el peligro de que el mañana conduzca a una Europa mucho más fuerte”.

O considere Quaero, el esfuerzo francoalemán por construir un motor de búsqueda en Internet que rivalizase y superase a Google. A instancias de Chirac, los gobiernos de la Unión Europea derrocharon 250 millones de euros (294 millones de dólares) en el proyecto. “Tenemos que asumir el desafío de los gigantes americanos Yahoo! y Google”, decía el 2006, añadiendo que lo que está en juego es “la diversidad cultural frente a la creciente amenaza de la uniformidad”. Vale la pena recordar que estaba hablando de un servicio de ayuda a la gente a buscar fotografías, videos, música y blogs – un servicio que fue creado por un par de estudiantes americanos de licenciatura sin ningún dinero público.

Quizá eso lo diga todo de la presidencia de Chirac. Comenzó con la defensa del honor francés en el frente de batalla de los Balcanes, y terminó intentando plantar la bandera de la Unión Europea en algún pequeño rincón del ciberespacio.

Alan W. Dowd es columnista de FrontPage Magazine y miembro permanente del Sagamore Institute for Policy Research.

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú