Oriente Próximo, Política

Irak, 10 años después

Llegado el décimo aniversario de la Operación Libertad Iraquí, varias cosas que hace una década no lo eran tanto son hoy evidentes — y unas cuantas están hoy en realidad menos claras que allá por entonces.

 
 
Entre las cosas que se han aclarado:
 
Irak había dejado de funcionar mucho antes del 19 de marzo de 2003.
Los que dicen que Estados Unidos “se cargó Irak” y que lo precipitó a una posición disfuncional al intervenir en 2003 no reconocen que Irak era un estado disfuncional mucho antes de la Operación Libertad Iraquí. Como ha observado el analista Fouad Ajami en la Hoover Institution, cuando la coalición entra en Irak, se encuentra “un país envenenado y en ruinas”. El General Ray Odierno añade: “Lo que subestimé cuando llegué fue la devastación social que tenía lugar en Irak — el hecho de que la educación se había quedado unos 20 años atrás, de que la inversión se había detenido, el hecho de que la gente estaba siendo machacada”. En resumen, Irak no estaba funcionando porque unas potencias extranjeras hubieran intervenido. Las potencias extranjeras habían intervenido más bien porque Irak no funcionaba.
 
Irak formaba parte en realidad de una guerra contra el terror más amplia.
Con tentáculos que llegaban a los terroristas del World Trade Center en 1993, a Abú Nidal y los suicidas palestinos, el Irak de Saddam Hussein formaba parte de una constelación de países, grupos transnacionales y particulares que consideran el terrorismo una herramienta legítima y normalizada para alcanzar fines políticos. Además, aunque el Irak de Sadam Hussein no tenía relación con los atentados del 11 de Septiembre de al Qaeda, el Irak de Saddam Hussein tenía relación con Abú Musab Zarqawi, el lugarteniente de al Qaeda que incendió la guerra civil de Irak. Como revela en sus memorias Tony Blair, Zarqawi se desplazó a Irak en mayo de 2002, se reunió con “iraquíes destacados” y estableció un destacamento en Irak seis meses antes de la invasión estadounidense.
 
En lo que Saddam Hussein no reparó al llegar a acuerdos de naturaleza tan arriesgada es que el 11 de Septiembre había alterado de forma sustancial la política estadounidense de seguridad nacional. “Cualquier administración en medio de una crisis así”, concluye el historiador John Lewis Gaddis, “habría tenido que reevaluar lo que creía saber en materia de seguridad”. ¿Era posible la disuasión? ¿Era viable la contención? ¿Era responsable dar a Bagdad el beneficio de la duda? La respuesta de la administración Bush a cada pregunta era “no”, cosa que condujo a la guerra.
 
Por último, como observa el historiador Paul Johnson, al derrocar al régimen terrorista de Saddam Hussein, “América obligaba a los líderes del terrorismo internacional a concentrar sus esfuerzos en impedir que la democracia emergiera en Irak”. Los guerrilleros de al Qaeda eran atraídos a Irak como los insectos a la luz. De hecho, Irak terminaría siendo un campo de batalla clave del conflicto general. Desde todos los puntos de vista — incluyendo el de al Qaeda — el incremento estadounidense de efectivos asestó al grupo terrorista de bin Laden una significativa derrota estratégica en Irak.
 
La Operación Libertad Iraquí estuvo a la altura de su nombre.
La guerra liberó a 24 millones de iraquíes. Irak dista hoy mucho de ser perfecto, pero su población es libre — libre de tiranías, libre de estar obligada a dar “el alma y la sangre… por Sadam”, libre de la enorme cámara de tortura en la que Sadam convirtió a Irak, libre de sus terrores omnipresentes. Como reflexionaba  hace poco el General Odiermo, “Es difícil describir al dictador tan desagradable que era Saddam Hussein sin estar allí en Irak”. Los iraquíes celebraron en 2005 sus primeros comicios post-Sadam, fecha en que el 75 por ciento de los votantes acudieron a las urnas a demostrar que pertenecen a la familia democrática.
 
El mundo está mejor — y América más segura — sin Saddam Hussein.
“Irak es en sí mismo un factor desestabilizante”, observa” Odierno. Hay que recordar que durante el reinado de Sadam, que comenzó en 1979, Irak había declarado la guerra a todos sus vecinos prácticamente: Irán, Kuwait, Arabia Saudí e Israel. Saddam utilizó armas químicas contra Irán y contra los suyos. Mucho antes de la Operación Escudo del Desierto y la Operación Tormenta del Desierto, buscaba la forma de entrar en el club nuclear. Tras la Operación Tormenta del Desierto, Estados Unidos intentó contener a Sadam implantando zonas de exclusión aérea — a 13.000 millones de dólares al año — y destacando efectivos en Arabia Saudí. La presencia de efectivos extranjeros en territorio sagrado musulmán enfureció a Osama bin Laden, que se impuso la tarea de expulsar a los americanos de “el país de los dos lugares sagrados”. De ahí nació un grupo terrorista marginal conocido como al Qaeda, que emprendió una guerra global de guerrillas contra América y provocó la guerra global de América contra el terror, que inevitablemente condujo de vuelta a Irak.
 
Era inevitable porque las relaciones, el comportamiento y los antecedentes de Saddam Hussein con el manejo de armas de destrucción masiva alimentaban la presunción de culpabilidad que, mezclada con la profunda sensación de vulnerabilidad de América tras el 11 de Septiembre, generó una mezcla letal. Es quizá el vínculo más fundamental entre el Irak de Saddam Hussein y el 11 de Septiembre: el primero no fue el autor material del segundo, pero el segundo dio a Washington una lección de los peligros derivados de no afrontar las amenazas en formación. De la misma forma, el apaciguamiento de Hitler no tuvo nada que ver y tenía al mismo tiempo todo que ver con la forma en que América planteó la Guerra Fría contra Moscú.
 
El Presidente Bush sí cometió errores.
Todos los presidentes en tiempo de guerra han cometido errores. El principal error cometido por el Presidente Bush no fue ir a la guerra, sino la forma. Al no entrar en Irak y desmantelar el ejército iraquí, la insurgencia de posguerra pasó a ser inevitable. La excusa de la administración Bush era que una presencia más liviana sería más idónea para un conflicto limitado centrado en el cambio de régimen sobre el papel. Pero una fuerza preparada para avanzar por el desierto demostró ser insuficiente para la ocupación y rehabilitación de la envenenada política de Irak. El resultado: una posguerra cara.

Eso nos lleva a las cosas que permanecen confusas, después incluso de una década de comenzar la Guerra de Irak:
 
¿Valió la pena?
Como un test de Rorschach, para algunos estadounidenses la guerra parecía una iniciativa imprescindible pero cara para proteger los intereses estadounidenses — y para otros, un fiasco. Los críticos de la guerra no pueden exagerar la factura: 4.500 estadounidenses muertos y 880.000 millones de dólares gastados. Los defensores de la guerra replican que el éxito o el fracaso de las guerras de América no se deciden en función del recuento de bajas.
 
Curiosamente, una década después de comenzar la Operación Libertad Iraquí, la opinión norteamericana del polémico conflicto empieza a cristalizar en torno a un consenso sorprendente: El 55% dice hoy que la guerra tuvo “mucho éxito” o “algún éxito” con respecto al 43% de 2008, según la encuesta NBC News/Wall Street Journal.
 
¿Qué hay de las armas de destrucción masiva?
La decisión del Presidente Bush de iniciar una guerra preventiva en Irak se apoyó principalmente en el temor a que Bagdad hiciera uso de su armamento de destrucción masiva. Pero la invasión solamente sacó a la luz el esqueleto de un programa de armamento.
 
Algunos observadores — incluyendo al director de Inteligencia nacional del Presidente Obama, James Clapper  — afirman que Sadam envió su armamento a Siria. Clapper era responsable de la Agencia Nacional de Cartografía e Imágenes durante la guerra de Irak y concluye que Sadam desplazó “incontestablemente” su armamento a Siria, utilizando aparatos comerciales modificados y camiones para sacar el contrabando de Irak entre finales de 2002 y principios de 2003. Esas valoraciones están siendo examinadas ahora en la prensa convencional y los círculos militares , mientras Siria se viene abajo y el mundo se pregunta si Bashar Assad entregará a los suyos su arsenal. Si Assad cae o huye, mucha gente buscará el rastro iraquí en el arsenal sirio.
 
La ironía es que el Presidente Obama, decidido a evitar otro Irak, se ha mantenido al margen de Siria, cosa que ha elevado la probabilidad de que Damasco haga uso de su armamento de destrucción masiva.
 
¿Qué nos espera?
Como explica Frederick Kagan, uno de los artífices del incremento, a finales de 2011, los propios funcionarios militares del Presidente Obama quisieron conservar más de 20.000 efectivos destacados en Irak. Pero el Presidente Obama minó las delicadas negociaciones con Bagdad y propuso un contingente tan reducido que sería insuficiente hasta para protegerle a él. Cuando Bagdad se quejó, cuenta Kagan, la Casa Blanca “decidió mejor retirar todas las fuerzas norteamericanas de Irak… a pesar del hecho de que ningún mando militar era partidario de la noción de que un rumbo así pudiera garantizar la integridad de los intereses norteamericanos”. El resultado: Washington no tiene influencia sobre Bagdad; Irak está castigado por un conflicto sectario renovado; Irán está introduciendo armamento y guerrilleros en Siria a través de Irak; y al Qaeda prepara su vuelta en Irak.
 
Igual que la decisión del Presidente Bush de invadir Irak abrió la puerta a lo desconocido, la decisión del Presidente Obama de retirarse de Irak hace lo propio.
 


Alan W. Dowd es analista de seguridad y defensa

// OTROS TEMAS QUE TE PUEDEN INTERESAR

// EN PORTADA

// LO MÁS LEÍDO

// MÁS DEL AUTOR/A

Menú