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Basta de deslealtad política

Hoy nuestros enemigos son conscientes de que las amenazas vacías están a la orden del día. La impotencia de nuestro gobierno queda subrayada cuando abandonaba a los ciudadanos del sur, convirtiendo a muchos de ellos en refugiados en su propio país

Isi Leibler

Fue solamente al dirigirme recientemente a una congregación judía en el extranjero que el grado de vergüenza ante el comportamiento indecente e inmoral de nuestros líderes electos me impactó de lleno. Todo me pareció un mal sueño mientras intentaba poner la nota positiva a nuestra desastrosa realidad.


 


El Laborismo y el Shas se han echado de nuevo atrás en su iniciativa por obligar a nuestro fracasado y disfuncional primer ministro a dimitir. Junto con el partido Kadima de Ehud Olmert en el poder, han traicionado una vez más sus obligaciones nacionales. Al prolongar la esperanza de vida política del primer ministro otros seis meses al menos después de proclamar repetidamente que es incapaz de liderar a la nación, el líder Laborista y Olmert demostraban que ambos son cartas del mismo mazo.


 


Mientras que antes incluso los líderes fracasados estaban motivados por lo que consideraban el interés nacional, los patéticos relaciones públicas de hoy en día están obsesionados con la necesidad de conservar el poder y promueven sin ninguna vergüenza sus agendas personales. Muestran su desprecio a la opinión pública y permanecen impertérritos ante los daños a largo plazo que provocan.


 


En el pasado, Israel era renombrada como nación de valentía, determinación y sofisticación. La disuasión era el sello de nuestra defensa y nuestros adversarios eran completamente conscientes de que se enfrentaban a una puntual retribución si derramaban sangre judía inocente. Hoy nuestros enemigos son conscientes de que las amenazas vacías están a la orden del día. La impotencia de nuestro gobierno queda subrayada cuando abandonaba a los ciudadanos del sur, convirtiendo a muchos de ellos en refugiados en su propio país.


 


Hoy, a pesar de disponer del ejército más poderoso de la región, tanto Olmert como Barak violan su repetido mantra de que “no habrá tregua con los terroristas” y las numerosas promesas realizadas al gabinete y a la familia Schalit de que no se consumaría ningún acuerdo con Hamas en Gaza sin asegurar la liberación de Gilad. Accedían a una tregua con la milicia terrorista que proclamaba abiertamente que no tenía intención de implementar su cumplimiento por parte de los demás grupos. Hamas también dejaba completamente claro que tiene intención de explotar la tregua con el fin de reagruparse, obtener armamento más letal procedente de Irán y renovar sus ataques contra nosotros en el momento que prefiera.


 


Tras haber convencido al mundo de rechazar cualquier relación con Hamas, ahora damos luz verde a todos los países para que reconozcan y traten directamente con ellos. Que una milicia terrorista pueda imponernos un sitio militar es una desgracia nacional aún mayor que nuestra debacle con Hizbulah en el Líbano. La “tregua” también contradice nuestra constante insistencia en que apaciguar a terroristas es la receta garantizada del desastre que refuerza a los jihadistas de todo el mundo.


 


El apaciguamiento y las concesiones unilaterales también están en marcha en el frente diplomático general. Nuestro primer ministro está tomando parte en negociaciones secretas a puerta cerrada en frenéticos esfuerzos por alcanzar un acuerdo con su impotente homólogo palestino Mahmoud Abbás antes de finales de año. Esto es especialmente barroco a la luz de la virtual seguridad en que la Autoridad Palestina se fusionará o será tomada por Hamas, que a continuación cosechará los beneficios de nuestra generosidad. Lo que es aún más increíble es que las concesiones que ofreció a los palestinos Olmert están relacionadas con Jerusalén y otros activos nacionales vitales que aún no han sido dados a conocer al gabinete o la Knesset.


 


Están las negociaciones con Siria, también iniciadas por el primer ministro sin la aprobación del gabinete, señalando a los sirios la disposición a prescindir del Golán. Olmert lo hacía sabiendo que un compromiso con los sirios, que están profundamente asociados a los iraníes, es en la actualidad virtualmente imposible. Al hacerlo, enfurecimos a los americanos y conferimos legitimidad a Assad, que hasta el momento era calificado de parias internacional. El representante de Naciones Unidas en el Líbano, Terje Roed Larsen – que no es ningún amigo de Israel – condenaba a nuestro gobierno por “hacer un gran regalo a Siria sin hasta la fecha obtener nada a cambio.” Para rematarlo, también está mostrando señales a los reticentes libaneses de que estamos dispuestos a ceder las Granjas de Sheba a pesar del hecho de que hasta el momento las propias Naciones Unidas rechazaron las reclamaciones territoriales sobre este territorio altamente estratégico, con el argumento de que pertenece a Siria.


 


El primer ministro y sus asesores en relaciones públicas gestionaron mal de principio a fin las crueles negociaciones relacionadas con nuestros soldados desaparecidos. Difundieron declaraciones contradictorias a diario, provocando un dolor insostenible a las familias, socavando la moral de la nación y proporcionando un campo abonado a la propaganda de Hizbulah y nuestros enemigos.


 


En paralelo a este caos tenemos el flujo constante de manifestaciones irresponsables por parte de ministros del autobombo. Haim Ramon, primer ministro en funciones, afirma que la tregua es una derrota para Israel. Shaul Mofaz, otro primer ministro en funciones, proclama que Israel va a atacar a Irán. Tanto la ministra de asuntos exteriores como el ministro de defensa, directa o implícitamente, instan al primer ministro a dimitir a causa de su comportamiento inmoral. El ministro de defensa en funciones Matan Vilna´i dice a los habitantes de Sderot que dejen de quejarse de que les disparen misiles. El ministro del interior Avi Dichter condena al gobierno por no tomar medidas militares contra Hamas. El ministro de justicia Daniel Freedman describe la tregua de Hamas como un acto de locura. La lista podría prolongarse sustancialmente con una sección entera dedicada a la tradición política y los derroteros del ministro de defensa Ehud Barak


 


Y para rematar todo, nuestro primer ministro, bajo investigación por corrupción, se niega a dimitir y sigue tomando decisiones vitales que la mayor parte de la gente está convencida son productos de una mente completamente distraída por temores personales. Aunque los días de Olmert ciertamente están contados, solamente cabe esperar que lo que los regalos diplomáticos y otras iniciativas puedan estar contemplando sea su fase terminal, con el fin de salvarse para crear una herencia histórica.


 


Pero la coalición de partidos y ministros del gabinete, la mayor parte de los cuales le condena públicamente, carecen del valor hasta para exigir transparencia y actúan como si la responsabilidad del gabinete hubiera sido disuelta. Permanecen pegados a sus cargos, negándose a actuar por temor a enfrentarse al juicio de la opinión pública.


 


El núcleo del problema se encuentra dentro del propio Kadima, que desde el primer día — con notables excepciones — abarcó a un abanico disfuncional de políticos frustrados con puntos de vista contrarios, unidos solamente por la búsqueda de intereses personales. Suscribieron una creencia mesiánica pseudo-secular en que Ariel Sharon podía de alguna manera obrar milagros. Pero el culto a la personalidad se desintegró cuando las cuestionables actividades privadas de Sharon quedaron en evidencia, y las repercusiones de la desastrosa retirada unilateral de Gaza que despejaron el camino a la enfermedad actual ya no pudieron esconderse durante más tiempo.


 


Kadima pasará a la historia por haber erosionado los valores centrales del sionismo. Inició políticas virulentas de concesiones unilaterales, apaciguamiento y resistencia a ejercer la disuasión y la fuerza militar. La historia recordará al Kadima como el equivalente a las políticas de apaciguamiento de Neville Chamberlain que condujeron a la edad oscura de Europa.


 


El presente fracaso de todos los partidos de la coalición a la hora de obligar a Olmert a marcharse es monstruoso. Ellos pasarán a la historia como oportunistas desafortunados dispuestos a sacrificar el bienestar de la nación por sus propios objetivos egoístas.


 


La gente está enfurecida y se siente frustrada. Las masivas manifestaciones organizadas tras la guerra del Líbano pidiendo la cabeza del gobierno, especialmente del primer ministro, fueron ignoradas con desprecio. La mayoría piensa ya que manifestarse no va a lograr nada.


 


A lo largo de todo este desafortunado período, nuestra nación ha mostrado valentía y resistencia. Bajo una nueva directiva, se pondrá al día de nuevo. El ejército está en buenas manos y ha sido dramáticamente reforzado. Cuando sea autorizado por un nuevo gobierno a emplear la disuasión genuina, puede transformarla esencialmente de la noche a la mañana.


 

También un sistema electoral que pueda poner fin de una vez por todas a las negociaciones bajo la mesa que se han convertido en la carta de presentación de nuestra degradada Knesset

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