Política

Carta desde África: La paradoja de la ayuda

“Si los recursos financieros fueran la llave del desarrollo económico, las cosas estarían despegando. Por ejemplo, un país africano medio recibe ayuda exterior de alrededor del 13% de su PIB. Esto se traduce en la transferencia de un montón de recursos financieros de países desarrollados a países pobres”.

Thompson Ayodele

Exclusivo para Diario Exterior / Cuando los miembros del G8 se reúnan el mes que viene en Escocia, África encabezará la agenda. Con el inicio de la Comisión para África, es obvio que el primer ministro británico Tony Blair quiere que mejore el actual nivel de pobreza en África. Pero Blair está convencido de que los problemas que afronta este continente sólo se superarán si se presta más ´ayuda´ a los gobiernos africanos. Según la experiencia pasada, es probable que se demuestre que está equivocado.


 


La teoría popular del maligno círculo de pobreza sostuvo que los ingresos reducidos no dejaban mucho para el ahorro, dejando una ausencia de inversión y crecimiento. Según la teoría, sin proporcionar ayuda para romper el presunto círculo maligno, el desarrollo sería un milagro. Blair se decanta claramente por esta teoría. Recientemente, ha viajado por todo el mundo en busca de la cancelación de deuda y búsqueda de nuevos compromisos para dar más ayuda a los países africanos. Parte del plan de su juego es doblar la ayuda a los países africanos de los presentes 25 billones de dólares a 50 billones de dólares hacia el año 2010.


 


El principal motivo para dar dinero a fondo perdido países pobres ha continuado inamovible durante las tres últimas décadas: los países más pobres no podrán desarrollarse sin que se les de dinero. La ayuda exterior se basa en la premisa de que los países pobres carecen de recursos financieros para crecer. Muchos son rápidos en afirmar que el desarrollo sólo es posible mediante la enorme transferencia de recursos financieros por parte de países desarrollados.


 


En plata, si los recursos financieros fueran la llave del desarrollo económico, las cosas estarían despegando. Por ejemplo, un país africano medio recibe ayuda exterior de alrededor del 13% de su PIB. Esto se traduce en la transferencia de un montón de recursos financieros de países desarrollados a países pobres.


 


Durante el Plan Marshall, las transferencias fueron de sólo el 2,5% del PIB de los países más grandes, Francia y Alemania. La Comisión para África ha sido elogiada como la réplica del Plan Marshall. Pero llamar a los presentes esfuerzos de ayuda como una rama africana del Plan Marshall es una quimera. El Plan Marshall pretendía restaurar las economías de Europa Occidental dentro del marco de la democracia y las ´instituciones libres´ (derechos de la propiedad, mercado libre y mandato de la ley). Pero las naciones pobres de África han carecido hasta el presente de estas instituciones.


 


Los donantes no se han dado cuenta de que la ayuda no va a los miserables que vemos en televisión. Termina entre la élite en el poder. Eso explica por qué la élite gobernante en todas partes de África es más próspera que la gente de sus países. Para promover el bienestar de millones de personas en África, uno tiene que promover la inversión y el comercio sin barreras, y permitir a los mercados asignar recursos, y permitir florecer a la empresa privada. Todo esto es vital para el desarrollo, no la ayuda exterior.


 


Los impactos y consecuencias de la ayuda son en general impredecibles e indeseados. Los gobiernos nacionales e internacionales, los consultores, los académicos y las ONG tienen intereses en el negocio de las ayudas. Éste es el motivo por el que el llamamiento a más ayuda crece más audible que nunca. Pero la ayuda ha destruido los valores que mantenían unida a la sociedad, en favor de las definiciones de liderazgo y desarrollo de los extranjeros. Al margen de eso, los países donantes estipulan usualmente qué proyecto de los países receptores tendrá que ejecutarse, ya sea relevante para la gente o no. No hay duda de por qué tantos proyectos abandonados y sin completar jalonan el panorama de África.


 


Es interesante observar que la mayoría de la presunta ayuda no abandona los países donantes. En muchas instancias, es el país donante el que proporciona consultores, expertos y materiales, negando así a los países receptores la capacidad de desarrollar sus recursos humanos. En 1996, más del 25% de la ayuda donada por los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OECD) fue entregada en forma de cooperación técnica.


 


En 1997, más del 50% de los 26 billones de dólares disponibles en asistencia global al desarrollo a ultramar por los estados miembros de la UE estaba sujeta a bienes y servicios de las compañías de los países garantes. Al final, los países receptores no pueden utilizar apropiadamente los recursos financieros que reciben, porque los donantes prohíben comprar bienes de otros mercados que no sean los del donante, incluso cuando los precios no son competitivos.


 


¿Así que, dónde deja esto a África? La Agenda de Desarrollo de Doha proporciona a los países africanos una vía de salida de la pobreza. Bajo Doha, la UE, Estados Unidos, Japón y otros países desarrollados acordaron descartar todas las formas de apoyo a la exportación, reducir las políticas distorsionadoras del mercado y conceder acceso al mercado a los productos de los países en desarrollo. Si los países desarrollados cumplieran sus compromisos, se beneficiarían centenares de millones de personas de África, Asia y Latinoamérica.


 


Según el informe del 2003 de la Organización Mundial de Comercio, entre el 60 y el 80% de las exportaciones de países como Nigeria, Benin, Burkina Faso, Burundi, Chad, Malawi, Mali, Ruanda, Sudán, Tanzania, Uganda o Zimbabwe se ven afectadas por políticas distorsionadoras del mercado de países desarrollados, desplazando a África del mercado internacional. Estados Unidos, por ejemplo, continúa depreciando el precio del algodón.


 


Los aranceles y las barreras no arancelarias de países de la OECD suponen 160 billones de dólares al año. Por ejemplo, bajo la reducción arancelaria, los granjeros del cacao de Nigeria, Ghana y Costa de Marfil pueden exportar granos de cacao a Japón libremente, o a Corea con un arancel del 2%. Sin embargo, si los mismos granjeros produjeran y exportaran cacao en polvo, se les impondrían aranceles de hasta el 30% en Japón y el 40% en Corea.


 


Uno continúa preguntándose por qué el primer ministro británico Blair no utiliza el mismo celo y compromiso que dedica hoy a promover la ayuda exterior y la cancelación de la deuda a pedir en su lugar la desaparición de los subsidios distorsionadores del mercado y la desaparición de los aranceles entre sus aliados. Sólo ese esfuerzo haría mucho más por mejorar las vidas de muchas personas golpeadas por la pobreza en África que ninguna partida de ayuda exterior.


 


La pobreza en África no puede reducirse a transferencias financieras de gobierno a gobierno, que nunca llegan a su destino. Este tipo de ´ayuda´ perpetúa la pobreza, promoviendo políticas gubernamentales pobres y corrupción, en lugar de promover un crecimiento económico real y duradero. Tristemente, este será el producto del actual esfuerzo.


 


*Ayodele es coordinador del Institute of Public Policy Analysis con sede en Lagos.


 


Fuente: Institute of Public Policy Analysis

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