Muerto Fidel Castro, ¿qué sentido tiene para Chávez continuar sosteniendo un régimen que ha perdido su único capital político?
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Sábado, 24 de octubre 2026

Muerto Fidel Castro, ¿qué sentido tiene para Chávez continuar sosteniendo un régimen que ha perdido su único capital político?
Comienzo por establecer mis fuentes sin mencionar sus nombres: se trata de
personas situadas por Castro en el entorno de Hugo Chávez. Tienen la función de
ayudar al coronel a construir lenta y pacientemente un Estado totalitario. A
estas alturas carecen de convicciones ideológicas, saben que lo que hacen es
moralmente injustificable y políticamente disparatado, pero se encuentran
atrapadas en ese opaco mundo afectivo en el que se dan cita las lealtades
humanas, los temores al futuro y la inercia vital.
Tras toda una vida de
obediencia al Comandante en Jefe, les resulta muy difícil romper con la
costumbre. Han aprendido a vivir dócil y agónicamente en medio de la más
absoluta contradicción.
De acuerdo con ellos, por estos días Hugo Chávez
experimenta lo que los psiquiatras llaman “emociones conflictivas”. La noticia
de la mala salud de Fidel Castro, de quien cuentan que padece un avanzado cáncer
de próstata -lo que, de ser cierto, explicaría su delgadez y ese color pajizo
que le colorea la piel- le preocupa a Chávez tremendamente, pero parece
agradarle la idea de convertirse en la cabeza visible de la izquierda
latinoamericana.
Es verdad que, en gran medida, Chávez le debe su
permanencia en el poder al respaldo político y policiaco de Fidel Castro, su
admirado sostén, pero la gratitud es siempre un sentimiento muy complicado para
las personalidades narcisistas. La ayuda que ha necesitado y recibido de Castro
es también una prueba de su propia debilidad, y esas cosas no se perdonan
fácilmente. Es este trasfondo -y una imprudente confidencia del ministro cubano
Pérez Roque- lo que explica unos curiosos hechos recientes.
Hace pocas
fechas ambos gobiernos, por medio de sus cancilleres respectivos, se apresuraron
a firmar numerosos convenios de colaboración, una extraña formalidad impropia de
dos estados caracterizados por la improvisación y el caos. ¿Por qué? Porque
Castro sabe que las relaciones entre los dos países no están fundadas en lazos
institucionales, sino en frágiles vínculos personales que pueden debilitarse
tras su muerte hasta desaparecer del todo.
Castro es el maestro que no
respeta demasiado al alumno que el destino le ha deparado, mientras Chávez, a su
vez, es el discípulo tortuosamente agradecido. Los dos se sienten y actúan como
caudillos iluminados que a nadie deben dar cuenta de sus actos porque nadie
tiene la capacidad de juzgarlos. Castro, por su propia voluntad, en una
operación coordinada por sus colaboradores más directos -los llamados “jóvenes
talibanes”- envía miles de médicos, dentistas, técnicos, policías y material de
propaganda a Venezuela -un aporte que disgusta a muchísima gente dentro de
Cuba-, mientras Chávez, por decisión personal inconsulta, remite diariamente a
la Isla entre 53 000 y 70 000 barriles de incobrable petróleo, compasiva
solidaridad revolucionaria que tampoco genera demasiada felicidad entre los
venezolanos.
En todo caso, ¿qué sucederá con esos vínculos mutuamente
ruinosos en el momento en que desaparezca Fidel Castro? Es probable que quien
herede el poder en Cuba tras la muerte del Comandante, incluso si se trata de su
hermano Raúl -que no padece la pulsión napoleónica que caracteriza a Fidel- se
concentre en mantener el control de los calabozos nacionales y se olvide de las
aventuras planetarias.
Simultáneamente, en Venezuela lo predecible es
que Chávez, ya sin la presión moral de su mentor, se replantee el tema de los
subsidios a Cuba: ¿para qué continuar sosteniendo un régimen que ha perdido su
único capital político, ese enorme interés antropológico que despierta Fidel
Castro tras medio siglo de propaganda y fotogénicas excentricidades? Va a ser,
sin duda, un velorio interesante cuyas consecuencias se sentirán en toda la
cuenca del Caribe. Ya están preparando los ritos funerarios.
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