La respuesta que ha dado el gobierno del presidente electo José Antonio Kast a esta disyuntiva ha sido más bien pragmática: son de tal entidad las necesidades urgentes que tiene Chile, que el imperativo de resolverlas supera las diferencias valóricas y nos debe centrar en un gobierno de emergencia. Y no deja de ser cierto que la amenaza a la integridad física de los chilenos, incluyendo la posibilidad de perder la vida, ha crecido de una manera que no deja más alternativa que transformar el combate a la criminalidad y la recuperación del orden público y el control fronterizo en la primera prioridad nacional.
Por otra parte, el deterioro de la calidad de vida de los chilenos no se circunscribe a la seguridad personal, sino que inunda con empobrecimiento, endeudamiento y falta de perspectivas de progreso a una mayoría de las familias chilenas. Por primera vez en 40 años las nuevas familias que inician su vida laboral lo hacen con ingresos menores a los que tenían sus padres cuando empezaban a trabajar, lo que aleja hasta una distancia inalcanzable el sueño de la casa propia. El círculo virtuoso del crecimiento se interrumpió. Esta realidad ha impactado de tal forma, que la mayoría de quienes pertenecemos a las elites económicas y políticas de izquierda o de derecha no percibimos frente a las últimas elecciones la fuerza que tenía la demanda por un cambio radical en la conducción de la economía y la administración del gobierno.
Así llega José Antonio Kast a La Moneda y ese es el desafío que enfrenta.
Es cierto que parte de la llamada batalla cultural remite a las soluciones que izquierdas y derechas proponen para mejorar las condiciones de vida de los chilenos y que alguien puede sostener, con algún fundamento, que un gobierno que tiene una más alta valoración del orden puede hacerse cargo con mejores chances de las amenazas a la integridad física de las personas; y que si a eso agregamos una mayor prioridad al crecimiento económico avanzaríamos también en el objetivo de acercar la posibilidad del progreso generalizado de las familias chilenas.
Pero la discusión que planteamos al inicio es de otro orden; gobernar es priorizar se ha afirmado con acierto. La pregunta pertinente es a qué va a dedicar más tiempo el presidente Kast. ¿En qué va a gastar su capital político? ¿Cuáles serán los temas en que buscará acuerdos con la oposición? ¿Qué objetivos perseguirán con más ahínco los ministros de su equipo político?
Kast ha sido meridianamente claro al definir sus prioridades. Para alcanzarlas deberá, esto no es novedad en nuestra historia, contar con apoyos de conservadores, pero también de liberales. Los primeros estarán más atentos al rol de la familia en la educación y la propiedad privada, los segundos también aspirarán a una economía de mercado, pero apreciarán la diversidad de proyectos de vida; probablemente unos y otros rechazarán la intervención excesiva del Estado en las decisiones de las personas y la economía, pero estarán de acuerdo en cambio con el apoyo a los más pobres y a quienes están en una posición vulnerable.
Sin embargo, a quienes tienen arraigadas convicciones conservadoras o liberales se une un gran número de personas que, sin definiciones tan precisas, sí coinciden en términos generales con el proyecto de Kast en las virtudes cívicas a las que aspiran para Chile. Entre esas virtudes están el respeto a los demás, la paz social, la tolerancia, el sentido común, la valoración de la democracia y la alternancia en el poder. En este grupo habrá personas de distintas posiciones políticas, que sin embargo concordarán en la importancia de superar la emergencia. Junto a la base de apoyo a José Antonio Kast, que está más a la derecha, conforman el 58% de la última presidencial y pueden llegar al 62% del Rechazo del 4 de septiembre de 2022.
Hay quienes afirman que, terminado el gobierno de Boric, el clivaje en la política chilena cambió desde el Sí y el No de octubre de 1988, al del plebiscito de 2022, que rechazó la refundación constitucional de Chile. Esta intuición sólo se verá confirmada, en mi opinión, si al gobierno de Kast lo sucede alguien que cuente con su apoyo. Por eso es tan importante el gobierno de emergencia.
La batalla cultural está siempre de alguna manera presente, pero tendrá que esperar su momento estelar; es una cuestión de más largo plazo, planteada por lo demás por la izquierda hace tiempo con Gramsci, renovada por posmodernistas y estructuralistas como Foucalt y Derrida con sus teorías sobre el poder, el lenguaje y el saber, que han cuestionado las instituciones más preciadas de la tradición cristiana occidental. La política mundial nos indica que hay efervescencia en esa discusión y que en la derecha hay muchos dispuestos a plantar cara a la izquierda. Chile no estará ajeno a esta discusión, pero antes de ello tenemos problemas más urgentes que resolver. Es lo que nos demanda la importante mayoría que eligió presidente a José Antonio Kast.
















