En días recientes hemos visto una gran cantidad de balances sobre lo bueno y malo que nos dejó el año 2004. Análisis de todo tipo, que permiten concluir -en términos generales- que a Chile le fue bien. Por tanto los chilenos iniciaron el año con el objetivo de seguir por esta senda del desarrollo a fin de aumentar este bienestar a todos.
Desarrollo
Si bien será un año electoral, en donde habrá quienes se duerman en los laureles sacando dividendos políticos, mientras otros lo único que harán será criticar, lo concreto es que en nuestro país se respira un “consenso de Chile”, es decir una combinación de libertad política y económica, que ha sentado las bases de la transformación del país. Una exitosa estrategia de crecimiento basada en políticas económicas de libre comercio y políticas macroeconómicas sólidas, pero que se han sabido combinar con políticas sociales enmarcadas en una transformación mental que le dio solidez a los cambios y que reconoce la estrecha relación entre economía de mercado y Estado de derecho, verdaderos cimientos de éste consenso. Todo lo contrario de una Latinoamérica que ha buscado el camino fácil, la “pillería”, el “atajo” cortoplacista y miope.
Efectivamente, si miramos al vecindario, y pese a que logró el mayor crecimiento en los últimos 24 años al alcanzar un promedio del 5,5%, no hay que ser agudo para afirmar que en la región las cosas no andan bien, por tanto tal vez ya es tiempo de considerar seriamente el “modelo chileno”. Chile resultó primero en libertad económica, aumentó su libertad de prensa, es líder en e-gobierno constituyendo el país con más conexiones a internet en la región. El riesgo país descendió a un mínimo histórico, y se convirtió en una plataforma para bonos de carbono. Fue el mayor productor mundial de salmón, obtuvo un importante premio para el aceite de oliva y aumentaron las exportaciones de vino y paltas, siendo el único país latinoamericano que ha reducido la brecha del PIB per cápita con respecto a Estados Unidos, entre muchos otros logros. En el terreno político, la democracia se vio reforzada por los gestos en materia de derechos humanos y por el avance del perfeccionamiento de las instituciones que lo rigen.
Evidentemente no todo es color de rosa y sin duda hay temas pendientes, en los cuales el “mateo del curso” reprobó la asignatura. La calidad de la educación primaria y secundaria, la desigualdad, la creación de más puestos de empleo, disminución de la delincuencia e indicios de corrupción, son algunas consideraciones que tienen que mantenernos más alerta frente a lo que esta sucediendo. Sin embargo, y pese a estos graves problemas, Chile ha demostrado que se puede salir adelante. Los países que son más libres son más prósperos y tienden a crecer mucho más rápido. Más libertad económica y política tienden a crear expectativas de vida más larga, a reducir la mortalidad infantil, a proveer mayor acceso a agua potable, a reducir la corrupción, a dar más libertad de prensa, en definitiva, a consolidar la democracia.
Latinoamérica necesita de un consenso, un modelo a seguir, y una alternativa concreta es el modelo chileno. ¿Cómo hacerlo?. No basta con salir a mostrar Chile. Hay que traer a los futuros líderes a nuestro país, y un primer paso, que demostraría una real voluntad de ser co-partícipes en el desarrollo de la región, puede ser abrir las universidades tradicionales y privadas fomentando el intercambio estudiantil y docente tanto a nivel de pre y postgrado. Chile necesita dar señales concretas, como ofrecer becas del gobierno y de empresas privadas para que los alumnos aventajados latinoamericanos puedan continuar estudios de master y doctorado en nuestro país. Más tarde, volverán a sus países no sólo llenos de ideas nuevas, habrán estrechado amistadas y ciertamente tendrán más de algún afecto al país que los acogió. Asimismo, es fundamental que nuestros estudiantes conozcan en terreno la realidad de la región.
América latina, su gente, necesita desprenderse de esa superstición de que su existencia depende del poder estatal, hay que grabar a fuego que para salir de la pobreza se depende fundamentalmente del esfuerzo personal individual. Pero ese salto, requiere una verdadera transición “cultural”, una transformación de la mente, como la obtenida en Chile y su “consenso”. Esa es la única posibilidad -al menos por ahora- que tiene América Latina si quiere llegar al Bicentenario con más esperanzas que sombras.
Angel Soto es Profesor en la Facultad de Comunicación de la Universidad de los Andes. Este artículo fue originalmente publicado en el diario El Mercurio, el 10 de enero de 2005.
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