Esta España, en lugar de regenerarse, ha degenerado. Vuelve a la situación de hace un siglo triplicando la burocracia: las administraciones públicas, las de chorizos infiltrados, y las creadas para los embutidos. Aunque como consuelo nos queda el saber que algo funciona aún en España: la industria chacinera.
Hace alrededor de un siglo, y tras cada elección, los cargos de la función pública, desde un conserje a un jefe de negociado, se cubrían con recomendados de un diputado, un gobernador civil o un ministro, al que después había que agasajar llevándole pollos, jamones y chorizos.
“Ay, desleal Bertoméu, sé que su suegra mató un cerdo y no me ha traído usted un jamón y unos chorizos”. “Sí, señor, se los traeré”. Seguramente de aquél subsecretario quedó para la historia lo de casar chorizos y políticos.
En la calle vagaban los funcionarios despedidos que habían servido a la administración derrotada. Mendigaban cargados de hijos y de hipotecas en aquella España pobre y triste, casi como ahora.
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