Política

¿Comida por bombas atómicas?

Claudia Rosett

Que el Kim Jong Il de Corea del Norte esté matando de hambre a su pueblo mientras construye bombas nucleares es bastante malo. Pero, ¿por qué le ayudamos?


 


En teoría, no lo hacemos. Pero Estados Unidos ha sido con mucho el mayor donante a la solicitud de ayuda bajo la que el Programa Mundial de Alimentos de la ONU ha enviado 1,7 billones de dólares en arroz, maíz, trigo y azúcar a Corea del Norte a lo largo de una década. El pasado verano el régimen se declaró autosuficiente en materia alimentaria, ordenando al WFP que redujera gradualmente las operaciones hacia finales del año. Pero Corea del Norte también hizo saber al WFP que le encantaría comenzar a recibir ayuda para proyectos de desarrollo gestionados por el estado. Obedientemente, el WFP ha aparecido con un plan, esperando aprobación de su junta ejecutiva esta semana próxima, para “trabajar con el gobierno apoyando su estrategia de impulsar el desarrollo y salir de la asistencia humanitaria”. La “Operación de Recuperación y Ayuda Humanitaria Continuada” tiene un presupuesto de 102 millones de dólares para aportar comida y “asistencia de transición” a la “estrategia de transición” de Pyongyang.


 


Lo que Kim espera recobrar es su control sobre una población que, a pesar de la policía secreta de Corea del Norte, del gulag y de las ejecuciones públicas por “crímenes” tales como intentar huir del país, se escapa gradualmente de su control por menos que nada. El pasado otoño, Pyongyang clausuró los intercambios privados de grano que a lo largo de tres años han ofrecido una especie de semblante elemental de mercado en la sociedad más rígidamente gobernada del mundo. Ahora Pyongyang intenta componer de nuevo su viejo sistema de distribución pública gestionada por el estado. El WFP, que nunca cerró realmente su sede en Pyongyang, está allí para ayudar.


 


Pero, ¿la idea de “desarrollo” de Corea del Norte es realmente compatible con los intereses del mundo libre o de su propio pueblo? Durante los últimos veinte años, el régimen ha disputado un calculado juego de señalar que está a punto de reformar – sólo para obtener lo que pueda intimidando y cerrarse represivamente de nuevo, persiguiendo sus proyectos de proyectiles balísticos y bomba nuclear por el camino. Los optimistas señalan las reformas de mercado de China, y manipulaciones norcoreanas tales como el viaje semisecreto en tren de Kim a China. Olvidan que en China, las reformas sólo comenzaron después de que la muerte de Mao en 1976 permitiese un cambio de directiva.


 


Desde la creación de Corea del Norte como estado totalitario en 1948, Pyongyang sólo ha tenido dos dictadores — Kim Il Sung (instaurado por Stalin) y su hijo, Kim Jong Il, que asumió el cargo tras la muerte de su padre en 1994. El historial de Kim junior a lo largo de la última docena de años no es de reforma, sino de brutalidad, chantaje y engaño.


 


Lo que trajo ayuda occidental significativa a Corea del Norte al principio de todo fue un acuerdo de congelación nuclear propuesto en 1994 por Jimmy Carter. Kim violó deliberadamente el acuerdo, persiguiendo proyectiles nucleares al tiempo que mataba de hambre a una estimación de dos millones de norcoreanos – utilizando el sistema de distribución del estado para decidir de la manera más eficaz quién moría. Los empleados extranjeros de ayuda humanitaria se encontraron cara a cara con la política de Songun (término político por el que Corea del Norte designa a su sistema político, que afirma ha reemplazado al Marxismo), lo que significa que el ejército ocupa la principal prioridad. Algunos se fueron: Médecins Sans Frontières se retiró en 1998, habiendo concluido que “su asistencia no estaba llegando a la gente más vulnerable, y que, por el contrario, estaba ayudando a alimentar al régimen que les oprime”. En lugar de eso, MSF dedicó sus esfuerzos a ayudar a los norcoreanos que huían del país.


 


El WFP siguió adelante a mala cara, intentando superar inteligentemente al régimen en su propio terreno. Corea del Norte transfirió alegremente la ayuda al ejército y la élite del partido, rehusó permitir inspecciones sorpresa y prohibió al WFP llevar nativos coreano-parlantes – dejándole dependiente de los traductores del régimen. En respuesta, el WFP expandió su personal internacional en Corea del Norte de dos a 46, montando eventualmente 5 oficinas de campo en el exterior de Pyongyang gestionando un buen número de fábricas de alimentos y programas comida por trabajo, al tiempo que metía grano menos popular que el arroz con la esperanza de que esto redujese drásticamente la desviación estatal de los suministros. Hacia mediados del 2004, el WFP se jactaba de “haber logrado un acceso cada vez mayor al país”. Con el fin de impedir que el régimen desviase la ayuda, el WFP rehusó enviar comida a las zonas a las que el gobierno prohibía el acceso.


 


Desde que Kim mostrara su desprecio el año pasado, el WFP ha estado preparando un menú más de su gusto. La nueva propuesta del WFP afirma que en cumplimiento de los deseos de Corea del Norte, “la monitorización será reducida significativamente”. No habrá más oficinas de campo. Sólo se permitirán inspecciones cuatro veces al año. El gobierno gestionará todo el almacenamiento interno, el transporte y la distribución. El WFP pagará al régimen de Kim por el favor de almacenar los bienes gratuitos, le reembolsará por el combustible utilizado y antes de nada, le proporcionará un estipendio por visita en forma de 3 millones de dólares en concepto de viaje, alquiler de oficina, comunicaciones, mantenimiento de los vehículos y los “consultores” de Corea del Norte.


 


Si el nuevo plan del WFP sale adelante, Kim estará en la agradable posición de recibir bienes gratuitos, disfrutar de control total sobre quién recibe qué, y adscribirse el mérito de los repartos. Parte del plan del WFP, por ejemplo, es proporcionar suministros a las plantas de procesamiento de alimentos en las que el gobierno contratará a los empleados, gestionará las plantas, y en algunos casos – no está claro cuántos — “transportará el producto a las instituciones beneficiarias”.


 


No hay duda de que mucha gente tiene hambre, y, como lo describió el jefe de la oficina del WFP en Pyongyang, Richard Ragan, en una entrevista reciente, “está viviendo al límite”. En el campo de las buenas obras, uno de los peores dilemas es qué hacer cuando un tirano tiene cautiva a su propia población – rentabilizando su provocación para extorsionar a donantes sinceros lo que quiera que sea que él quiera realmente. Pero en Corea del Norte, el WFP – el principal canal de ayuda de América al país – está perdiendo cualquier posición de ventaja que pudiera haber tenido alguna vez. El Gran Hermano China y la Corea del Sur impaciente por apaciguar están enviando cantidades sustanciales de ayuda con pocas condiciones adjuntas. Mientras tanto, Estados Unidos intenta acorralar a Kim en materias tan mortalmente importantes como bombas nucleares. Este nuevo programa instado por el WFP con el fin de complacer el paladar de Kim envía un único mensaje: Sí, de verdad, somos panolis.


 


 


Claudia Rosett es periodista residente de la Fundación para la Defensa de las Democracias y miembro del equipo de Anne Bayefsky en el Instituto Hudson

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