Los afganos por separado eran encantadoramente educados — pero el Afganistán que conocí era un bastión del analfabetismo, la pobreza, las enfermedades curables y la traición.
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Sábado, 11 de abril 2026

Los afganos por separado eran encantadoramente educados — pero el Afganistán que conocí era un bastión del analfabetismo, la pobreza, las enfermedades curables y la traición.
Phyllis Chesler
Una vez estuve cautiva en Kabul. Yo era la esposa de un encantador, seductor y occidentalizado musulmán afgano a quien conocí en una universidad americana. El purdah [reclusión en el harén] que sufrí fue relativamente suave, pero la vida femenina en total reclusión no era un camino de rosas – tampoco la hostilidad masculina hacía las mujeres con velo, con medio velo, o sin velo en público. Al llegar a Kabul, un funcionario del aeropuerto me confiscó diplomáticamente mi pasaporte americano. “No te preocupes, es sólo una formalidad”, me tranquilizaba mi marido. Nunca volví a ver ese pasaporte. Más tarde supe que esto se hacía de manera rutinaria a las esposas extranjeras — tal vez para garantizar que les fuera imposible marcharse. De la noche a la mañana, mi marido se convirtió en un extraño.
El hombre con el que había debatido sobre Camus, Dostoevsky, Tennessee Williams y el cine italiano se convirtió en un extraño. Me trataba de la misma manera que su padre y hermano mayor trataban a sus esposas: de manera distante, con un tinte de desprecio y vergüenza. En nuestros dos años juntos, mi futuro marido nunca había mencionado ni una vez que su padre tenía 3 esposas y 21 hijos. Tampoco me dijo que se esperaba te yo viviese como si hubiera sido educada como mujer afgana. Se suponía que yo debía llevar una vida exclusivamente entre mujeres, en gran medida a puerta cerrada, salir exclusivamente con un acompañante varón, y pasar mis días esperando a que mi marido volviese o visitando a parientes femeninas, o mandando hacer ropas nuevas (muy a la moda). En América, mi marido estaba orgulloso de que yo fuera una librepensadora y una rebelde natural. En Afganistán, mi crítica al tratamiento a la mujer y al pobre le convertía en sospechoso y vulnerable. Ridiculizaba mis reacciones de horror. Pero yo sabía lo que mis ojos y mis oídos me decían. Veía cómo las pobres mujeres con chadaris eran obligadas a sentarse en la parte trasera del autobús y tenían que ceder su lugar en la cola del bazaar a cualquier hombre. Vi cómo los matrimonios polígamos y concertados y las esposas menores de edad condujeron al sufrimiento femenino crónico y a la rivalidad entre esposas y medio hermanos; cómo la subordinación y el secuestro de las mujeres conducía a la profunda alienación entre los sexos — que conducía a las palizas a la esposa, la violación marital, y la rampante pero acaloradamente negada “encarcelación” — como la homosexualidad o la pederastia; cómo mujeres abandonadas y sin educación atormentaban a sus nueras y sirvientes femeninas; cómo se prohibía que las mujeres rezasen en las mezquitas o visitasen a médicos varones (sus maridos describían los síntomas en ausencia de ella). Los afganos por separado eran encantadoramente educados — pero el Afganistán que conocí era un bastión del analfabetismo, la pobreza, las enfermedades curables y la traición. También era un estado policial, una monarquía feudal y una teocracia, llena de paranoia y miedo. Afganistán nunca había sido colonizado. Mis parientes decían: “Ni siquiera los británicos podrían ocuparnos”. Por tanto me vi obligada a concluir que el barbarismo afgano era de fabricación propia, y no podía ser atribuido al “imperialismo occidental”. Mucho antes de la llegada de los Talibanes aprendí a no idealizar países del Tercer Mundo y no confundir a sus repulsivos tiranos con liberadores. También aprendí que el apartheid sexual y religioso en los países musulmanes es natural de ellos, y no el resultado de crímenes occidentales — y que tales “costumbres tribales coloristas” son absolutamente perversas, no relativamente. Mucho antes de que al-Qaeda decapitase a Daniel Pearl en Pakistán o a Nicholas Berg en Irak comprendí que es peligroso que un occidental, una mujer en especial, resida en un país musulmán. En perspectiva, estoy segura de que mi feminismo occidental se forjó allí, en el más bonito y traidor de los países de Oriente Medio. No obstante, ideólogos-intelectuales occidentales, feministas incluidas, me han demonizado como reaccionaria o “islamófoba” racista por argumentar que el islam y no Israel es el mayor practicante de apartheid tanto religioso como sexual en el mundo, y que si los occidentales no plantamos cara a este apartheid, moral, económica y militarmente, tendremos sangre inocente en nuestras manos; también nos encontraremos inundados por la sharia en Occidente. He sido atacada, amenazada, no invitada y desinvitada por tales ideas herejes – y por denunciar la violencia musulmana contra musulmán epidémica por la que el pequeño Israel es convertido en chivo expiatorio de manera increíble y rutinaria. Sin embargo, mis opiniones han encontrado el favor de las personas más valientes y más ilustradas vivas: los musulmanes seculares importantes y disidentes ex musulmanes de Egipto, Bangladesh, Irán, Irak, Jordania, Pakistán, Siria, y exiliados de Europa y Norteamérica — reunidos para la cita de la Conferencia Islámica Moderada celebrada en Florida. Según el presidente de la cumbre, Ibn Warraq: “Lo que necesitamos ahora es una era de ilustración en el mundo islámico. Sin un examen crítico del islam, seguirá siendo dogmático, fanático e intolerante y seguirá despreciando el pensamiento, los derechos humanos, la individualidad, la originalidad y la verdad”. La conferencia difundió una declaración pidiendo una nueva “Ilustración” así. La declaración concibe “la islamofobia” como una alegación falsa, ve “un noble futuro para el islam como religión personal, no como doctrina política”, y “exige la liberación del islam de su cautiverio a manos de las ambiciones de hombres hambrientos de poder”. Es hora de que los intelectuales occidentales de izquierdas que afirman ser antirracistas y estar comprometidos con los derechos humanos respalden a estos disidentes. Hacerlo exige que adoptemos un estándar de derechos humanos universal y abandonemos nuestra lealtad al relativismo multicultural que justifica y hasta idealiza el barbarismo islamista, el terrorismo totalitario y la persecución de la mujer, las minorías religiosas, los homosexuales y los intelectuales. Nuestro repugnante rechazo a decidir entre civilización y barbarismo y entre racionalismo ilustrado y fundamentalismo teocrático pone en peligro y condena a las víctimas de la tiranía islámica. Ibn Warraq ha escrito un devastador trabajo que saldrá hacia verano. Se titula Defender a Occidente: crítica al orientalismo de Edward Said. ¿Se atreverán los intelectuales occidentales de izquierdas a defender a Occidente?
Phyllis Chesler es psiquiatra y líder del movimiento feminista norteamericano. Estuvo casada con un miembro de la familia real afgana, país del que huyó poco antes de la llegada de los Talibanes.
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