“Habrá que esperar en qué queda el Plan Marshall de ZP; pero no para sostener que, si se trata de soltar dinero a espuertas, será un robo a los contribuyentes europeos, un regalo a los cleptócratas del Tercer Mundo y, por eso mismo, una afrenta a quienes los padecen”.
Opinión: Mario Noya
El presidente Rodríguez Zapatero quiere que la UE ponga en marcha un Plan
Marshall para que los países paupérrimos dejen de serlo. Por esas casualidades
de la vida, esa idea se la hemos escuchado, hace bien poco, a Günter Grass,
ciudadano de Alemania, uno de los dos motores de la Unión, según la eurovisión
zapateril (el otro, vergüenza me da decirlo, es Francia). El señor Grass, a su
vez, se la ha tomado prestada a Willy Brandt.
Convendría que ZP y sus
compañeros de fatigas marshallianas se asomaran a este artículo que publicó hace
ya unos años Ian Vásquez en el Cato Institute, o a
este otro, de Richard Rahn, del que se hizo eco en
su día Hispalibertas.
Habrá que esperar en qué queda el PM de ZP; pero
no para sostener que, si se trata de soltar dinero a espuertas, será un robo a
los contribuyentes europeos, un regalo a los cleptócratas del Tercer Mundo y,
por eso mismo, una afrenta a quienes los padecen.
El dinero no lo es
todo, ni mucho menos. Que se lo digan a los cubanos, sometidos desde hace casi
medio siglo a la dictadura de Fidel Felón:
“(…) el gobierno de Castro
pudo permitirse el lujo de ser aún más ineficiente dado el monto asombroso del
subsidio soviético: una cantidad tan grande que la historiadora Irina Zorina, de
la Academia de Ciencias de Rusia, ha llegado a cuantificar en más de cien mil
millones de dólares. Es decir, cuatro veces lo que fue el Plan Marshall para
toda Europa, y más de tres veces la suma dedicada por Washington a la Alianza
para el Progreso para toda América Latina. Y esa monstruosa cantidad fue volcada
sobre una sociedad que en 1959 contaba con seis millones y medio de habitantes,
y 33 años más tarde apenas alcanzaba los once.
Naturalmente, en 1992,
cuando ese subsidio desapareció, se produjo una brutal contracción de la
economía, la Isla perdió el 50% de su capacidad productiva, y tuvo que dejar sin
funcionamiento el 80% de su industria (…)”
(Manual del perfecto
idiota latinoamericano… y español, pág. 157. C.A. Montaner, P.A. Mendoza y Á.
Vargas Llosa. Plaza & Janés, 1996)
¿Cómo se puede ayudar a los
países paupérrimos? Atendamos a lo que propone Xavier Sala i Martín en
Economía liberal para no economistas y no liberales (Plaza & Janés,
2002). Extractaré algunos pasajes de ´El corazón de África sangra´ (págs.
139-148):
– “El papel más importante deben desempeñarlo los líderes
políticos y los gobiernos africanos, que son quienes deben tomar la iniciativa.
La economía no puede funcionar sin paz y libertad, sin estabilidad política, sin
un gobierno que proteja los derechos de propiedad y con una burocracia y una
corrupción que ahogan la iniciativa privada”.
– “(…) en la reunión de
líderes del África francófona celebrada en Yaundé a mediados de enero de 2000,
el presidente de Senegal, Abdoulaye Wade, presentó el Proyecto Omega, que
intenta fomentar el crecimiento económico del continente sin tener que depender
de la condonación de la deuda y de las limosnas de los países ricos […] Todos
los procesos de desarrollo anteriores han fracasado porque, entre otras razones,
han sido impuestos desde fuera (…)”.
– “La ayuda debe darse de dos
formas. Por un lado, los países ricos tienen que invertir dinero en el
continente. Pero (…) de un modo inteligente (…) Para evitar el derroche, yo
sería partidario de que el dinero de los países ricos se centrara en las ayudas
sanitarias [Sala sugiere que los países ricos compren a los laboratorios, a
precio de mercado, grandes cantidades de vacunas, y que luego las donen a los
enfermos de los países pobres. Algo parecido contempla para el desarrollo de
cultivos transgénicos] […] El segundo tipo de ayudas (…) consiste en reducir
las barreras proteccionistas y las subvenciones que tanto EEUU como Europa dan a
sus productos agrícolas. Los contribuyentes pagamos más de 34.000 millones de
euros anuales para subvencionar a los campesinos europeos y americanos (…)
Además de representar unos costes obscenos para los contribuyentes europeos y
americanos, este proteccionismo tiene efectos devastadores en el Tercer Mundo:
los productos agrícolas africanos no sólo no pueden entrar en los ricos mercados
europeos, sino que incluso tienen problemas para ser vendidos en su propio país,
donde resulta más barato comprar leche europea que local. Esta competencia
desleal es una vergüenza”.
– “[las] empresas de los países ricos (…)
deben contribuir de cinco formas básicas. La primera es proporcionando recursos
monetarios y humanos (…) La segunda (…) es invirtiendo directamente en la
salud de los africanos […] gastar un poco más para mantener la salud de los
trabajadores conllevará mejoras de productividad y beneficios superiores. La
tercera forma que tienen las empresas de ayudar es colaborando en la
distribución de medicamentos (…) Una forma de evitar que lleguen a manos de
jefes locales corruptos es que las empresas multinacionales comprometidas
utilicen a sus trabajadores y sus redes comerciales para distribuirlas. Las
empresas también pueden informar sobre las conductas sexuales menos peligrosas
(…) La cuarta vía [por la que pueden colaborar las empresas] es facilitando el
acceso a la educación de los más pobres (…) Finalmente, la mejor manera que
tienen (…) de colaborar (…) es simplemente haciendo negocio con ellos,
invirtiendo, comprando y vendiendo en esos países”.
– “Iniciativas como
el Jubileo 2000, que ha llevado a cabo una gran labor de concienciación de los
ciudadanos en relación con el tema de la condonación de la deuda, deberían
cambiar de rumbo y empezar a concienciar a la gente sobre el perjuicio que los
subsidios y el proteccionismo agrícola europeo y norteamericano causan a los
países pobres. (…) poner tanto énfasis en la condonación de la deuda es, a mi
juicio, un error. Y lo es porque la deuda del Tercer Mundo no es la causa sino
un síntoma de sus problemas. (…) si no hacemos que los países africanos creen
unas economías estables que generen crecimiento y riqueza y nos limitamos a
condonarles las obligaciones financieras, dentro de cinco años volverán a tener
créditos impagables que se tendrán que volver a condonar”.
-“[El FMI, el
BM, etc.] deben seguir aportando dinero, ideas y capital humano. Pero han de
cambiar su actitud (…) Tienen que entender que las soluciones deben venir de
abajo y que no deben ser impuestas desde arriba. (…) las instituciones
internacionales deben entender que, a menudo, los programas de ajuste que no
tienen en cuenta los perjuicios que se causan a los más desamparados pueden
acabar generando una sensación de injusticia, un malestar social y una violencia
colectiva que acabe con la viabilidad de todo el proceso”.
Tiene buena
pinta, ¿no?
Fuente: Bitácora Liberalismo.org
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