La gran mayoría de economistas, sean de “derecha” o de “izquierda,” o de donde sean, coinciden que la apertura al comercio exterior conlleva beneficios globales.
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Domingo, 12 de julio 2026
La gran mayoría de economistas, sean de “derecha” o de “izquierda,” o de donde sean, coinciden que la apertura al comercio exterior conlleva beneficios globales.
Roberto Salinas León
Así afirman voces tan ideológicamente distantes unas de otras, por ejemplo, Paul
Krugman, Kenneth Rogoff o Milton Friedman. Entonces, ¿porqué persiste la
oposición tan marcada, tan virulenta, a la globalización?
Por un lado,
los “globalifóbicos” la tienen relativamente fácil. Basta con señalar el cierre
de una empresa, y el traslado de empleos a otra región del mundo, para
dramatizar los efectos supuestamente nocivos de la apertura. Claro está, no se
toma en cuenta el lado real, pero menos visible, de la apertura: el hecho que
aumenta las actividades de comprar, vender, comerciar, invertir, ahorrar, tanto
dentro como fuera de fronteras nacionales. En el folklore cotidiano, comerciar
con otros es visto como un juego de suma negativa.
Ello significa que los
defensores de la apertura no han logrado idear una estrategia efectiva de
comunicación, que explique los beneficios reales del libre comercio, más allá de
fórmulas, academicismos o la teoría de juegos. Este es un reto capital. El
Premio Nobel de Economía James Buchanan, uno de los expertos más reconocidos en
el tema del comercio internacional, advierte incluso que la tendencia de hablar
de “ventajas comparativas” en vez de especialización, ha generado una
complacencia entre los economistas internacionales, lo que a la vez ha creado un
vacío en la necesidad de explicar el libre comercio en peras y en manzanas, en
una forma efectiva, atractiva y convincente.
El semanario The Economist
ha repetido un mensaje similar ad nauseaum. Por un lado, explica, los que
protestan en contra de la globalización tienen razón que el problema principal
con la economía global es la pobreza que impera en el mundo subdesarrollado. El
consenso convencional ha tratado de “humanizar” la apertura, mientras, desde el
punto de vista económico, deberían dejar de pedir disculpas por la
globalización, y en vez, tratar de acelerar los procesos de integración y
apertura comercial. Los principales beneficiados, de acuerdo a esta visión,
serían precisamente los más necesitados. Pero este mensaje, el cual es impecable
desde el punto de vista teórico, adolece de una estrategia de
comunicación.
Tal estrategia debe incorporar críticas claras y
contundentes a tres tendencias, tres peligros capitales para la economía global.
Por un lado, el proteccionismo, en un mundo de tanta inter-comunicación, sólo da
lugar a su incumplimiento, es decir, al contrabando, a la informalidad en los
bienes importados, a la corrupción y al atraso. Por otro lado, existe la figura
permanente del nacionalismo comercial, el cual florece en momentos políticos,
como se observa ahora en los debates presidenciales de cara al episodio
electoral de Noviembre. Sin embargo, cuando los consumidores votan con sus
bolsillos, no les interesa el país de origen de los productores, ni las cifras
de empleo o del déficit comercial. No les preocupa dónde fue hecho el producto.
Lo que hace la diferencia sobre el producto es la calidad, el precio, el diseño
y el atractivo comercial-tanto para los más apasionados globalizadotes, como los
más furibundos globalifóbicos.
Un tercer elemento es la doctrina de “fair
trade,” de comercio justo, que tanto se ha utilizado en países desarrollados,
sobre todo en la economía estadounidense. Esta figura es, casi siempre, una
excusa para avanzar una agenda de intereses especiales, a costas de todos los
consumidores. Sin embargo, se presenta como un “contrapeso” al libre comercio.
Los datos de las penas compensatorias por motivo de la doctrina de comercio
justo son todo un drama. El proteccionismo no arancelario, sea en la forma de
una norma técnica o una regla ecológica, ha significado pérdidas brutales, si
bien no visibles, a tanto productores, como a consumidores.
Comunicar el
comercio. Vaya reto capital. Roberto Salinas-León es Director General de
Política Económica de TV Azteca en México y Académico Asociado del Cato
Institute.
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