Una semana que lo tuvo todo a nivel informativo: elecciones autonómicas, la caída de un populista latinoamericano y hasta un nuevo Papa.
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Martes, 17 de febrero 2026

Una semana que lo tuvo todo a nivel informativo: elecciones autonómicas, la caída de un populista latinoamericano y hasta un nuevo Papa.
EDITORIAL
La
semana comenzaba con el “cacerolazo” ecuatoriano que acabaría finalmente con el
gobierno de Lucio Gutiérrez. Este fue la tercera revuelta popular de este tipo
en América Latina desde el año 2001, es otra manifestación de ciudadanos
pacíficos hartos de las miserias de sus gobernantes. Aquí el detonante fue la
indignante decisión de Gutiérrez de “limpiar” nada menos que la Corte Suprema de
Justicia renovando a sus miembros para que el ex mandatario, Abdalá Bucaram,
prófugo por corrupción, pudiese regresar al país libre sin ser perseguido por la
justicia.
Fue el acabose. Anular los
juicios por malversación de fondos de Bucaram hizo que media Quito y media
Guayaquil saliesen a protestar pacíficamente pidiendo que los dos mandatarios
terminasen en la cárcel. Cinco días de protestas, un estado de sitio derogado,
un Congreso sesionando blinadado y una emisora radial pidiendo la desobediencia
civil conforman otra cuadro democrático dantesco que ya se hace costumbre en la
región.
El martes España amanecía
conociendo la previsible victoria del Partido Nacionalista Vasco (PNV) y Eusko
Alkartasuna (EA) en las elecciones autonómicas, haciéndose con el 39 por ciento
de los votos, perdiendo terreno frente a la anterior legislatura, cuando
esperaban una victoria que respaldara el plan soberanista de Ibarretxe. Esto termina con sus esperanzas de gobernar sin
ataduras; mucho peor, está de rodillas frente a Batasuna, la
organización ilegalizada y terrorista que se camufló en la lista oculta del PCTV
para participar en estas elecciones ante la pasividad del Ejecutivo
español.
Por otra parte, los peores
presagios se cumplieron en lo que concierne a la suerte electoral etarra. El
Partido Comunista de las Tierras Vascas (cuyas siglas son EHAKen euskera) –
nueve escaños o el 12,5 por ciento de los votos -, cuyo voto pidió la
ilegalizada Batasuna, consiguió un resultado que le convierte en una
eventual pieza clave para formar gobierno.
El miércoles nos sumábamos a la
alegría de la Iglesia católica: Habemus Papam! La elección de Benedicto XVI obedece a
una elección de continuidad del mandato de Juan Pablo II. A pesar de las
quinielas, no había otro cardenal que asegurara mejor el legado de Karol
Wojtyla, ya que este nuevo sucesor de San Pedro tiene una proyección
marcada justamente por su condición de guardián de los valores de la doctrina
católica. Sorprende la rápida elección y, en consecuencia, la unidad y
mayoritaria coincidencia del cónclave en su persona.
El jueves dejábamos el júbilo para
volver a terrenos menos etéreos criticando el Plan Director de la Cooperación
española porque advertíamos que los responsables políticos, a juicio de los
expertos, siguen “utilizando” como reclamo la tan ajada cuestión del 0,5% y el
volumen de los fondos como si esto fuera directamente proporcional a una
efectiva disminución de la pobreza. Parecieran no enterarse de que los países pobres no
demandan más ayuda sino más apertura de mercado para poder comercializar sus
productos.
Los países en desarrollo han reaccionado de forma indiferente
a las cifras de la cooperación española y no es para menos, ya que sus
necesidades de crecimiento van mucho más allá de las “migajas” –como las llamó
Robles- que puede dar el PACI. Sin recursos de capital, sin emprendedores, sin
educación e infraestructura y habiendo dilapidando toda la ayuda prestada a lo
largo de las últimas décadas, exigimos que la cuestión demanda por Oxfam pase a
un segundo plano y nos concentremos en los objetivos y el destino de la
ayuda.
Terminábamos la semana con la ha
huida desesperada de Lucio Gutiérrez que demuestra que la gente tarde o temprano
dice ¡basta!. Durante toda la semana hemos seguido en vilo las grandes protestas
en las calles de Quito y Guayaquil, donde miles de “forajidos” protagonizaron
una verdadera insurrección popular, con características históricas y detalles
épicos, que socavó la estructura política del Estado ecuatoriano dejando a su
clase política en la galería del desprecio, la humillación y el
vilipendio.
El pueblo sufrido de Ecuador, al igual que el argentino en el
año 2001, salió a las calles en un tremendo “cacerolazo” que hace que la estadística
registre siete gobernantes en tan sólo nueve años. Esto demuestra que
la sociedad ecuatoriana no les da respiro a los usurpadores del poder, ya que
volvió a emplearse a fondo en las calles y plazas, protestando contra una élite
incapaz e indolente.
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