Con hasta 40.000 dólares al año, los estudiantes matriculados en tales centros pueden contar con una pródiga exposición a todo valor reinante del progresismo políticamente correcto, desde la diversidad al secularismo pasando por los derechos de los homosexuales hasta el calentamiento global.
Jeff Jacoby
Las colecciones de libros autodidactas “para tontos”, que empezaron con “DOS para tontos” en 1991, abarca más de 1000 títulos. Usted lo bautiza y John Wiley & Sons lo publica — Fondos de inversión para tontos”, Lactancia para tontos, Carreras de Fórmula 1 para tontos, El Papa Juan Pablo II para tontos, hasta Loros para tontos. Y siempre hay más de camino. El editor “produce 200 títulos nuevos para tontos en cadena al año”, informa Rachel Donadio en el New York Times Book Review. “A ese ritmo, pronto habrá más libros para tontos en el mercado que tontos para leerlos”.
Qué más quisiera. Desafortunadamente, la reserva nacional de tontos no parece estar en peligro de secarse.
La evidencia más reciente del atontamiento de la vida americana proviene del Intercollegiate Studies Institute, una venerable organización que promueve los valores clásicos en la educación superior. Como parte de un programa para reforzar la comprensión de la historia y las instituciones políticas de América — lo que llama “alfabetización cívica” — el ISI encargó un examen de más de 14.000 novatos y veteranos elegidos al azar en 50 instituciones técnicas universitarias y universidades de toda la nación. A los estudiantes se les entregaron 60 cuestionarios tipo test, poniendo a prueba su conocimiento de la historia norteamericana, el gobierno, los asuntos exteriores y la economía. Los resultados fueron atroces.
El novato medio suspende el examen con holgura, respondiendo correctamente apenas al 51,7% de las preguntas. La puntuación media entre los veteranos es igualmente patética: 53,2%. En la escala tradicional de evaluación, notas como esas reciben un suspenso. Incluso en los centros universitarios cuyos estudiantes obtuvieron las notas más altas, la puntuación media de los veteranos se encontraba por debajo de 70% — un suficiente en el mejor de los casos.
Esto no era un examen de historia antigua o de inefable teoría política. Se centraba en lo que debería ser el centro de la cultura popular americana. Por ejemplo, una pregunta planteaba la fuente de la frase “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres son creados iguales”. Había cinco opciones — el Federalista, el Preámbulo de la Constitución, el Manifiesto Comunista, la Declaración de Independencia, o la inscripción de la Estatua de la Libertad. Más de la mitad de los veteranos universitarios no supo la respuesta correcta: la Declaración de Independencia.
Otra pregunta: “¿Cuál de las siguientes fue una alianza para resistir la expansión soviética — Naciones Unidas, la Liga de Naciones, la Organización del Tratado Atlántico Norte, el Pacto de Varsovia o los Tigres Asiáticos?” La respuesta, por supuesto, es la OTAN. Más de la mitad respondió mal esa, también.
Increíblemente, el 51% de los veteranos no sabía que la Carta de Derechos prohíbe expresamente el establecimiento de una religión nacional. Una proporción aún mayor, el 55%, no sabía que la batalla que puso fin a la Revolución Americana se libró en Yorktown (el 28% eligió Gettysburg). Ocho de cada diez no supo identificar la Seguridad Social como el mayor gasto gubernamental federal. Incluso con la presente guerra en Irak, menos de la mitad reconocía al Partido Ba´az como la principal plataforma de apoyo político de Saddam Hussein.
“Si una nación espera ser ignorante y libre”, escribía Thomas Jefferson en 1816, “espera lo que nunca se dio ni se dará”. Si estaba en lo cierto, la libertad norteamericana se va de cabeza al barranco. El ISI estaba sobrecogido al descubrir que casi en un tercio de los centros examinados, los veteranos obtenían realmente notas inferiores a los novatos. O bien los veteranos olvidaban lo que habían aprendido al entrar como novatos, concluye el informe, “o — más probablemente — eran mal enseñados por sus profesores”. ¿Y dónde se concentra esta reducción al estúpido cívico? Aplastantemente en las universidades más selectivas de entre las 50 examinadas, incluyendo Yale, Duke, Georgetown, Brown, o Berkeley.
Con hasta 40.000 dólares al año, los estudiantes matriculados en tales centros pueden contar con una pródiga exposición a todo valor reinante del progresismo políticamente correcto, desde la diversidad al secularismo pasando por los derechos de los homosexuales hasta el calentamiento global. Pero tienen enormes posibilidades de acabar los cuatro años sabiendo aún menos de la historia y las instituciones civiles de América de lo que sabían al ingresar.
Como observaba Jefferson, la supervivencia de la libertad democrática exige un público formado. ¿No tiene uno aún Estados Unidos? “Nosotros… entendemos como axiomático”, advertía en 1998 la Task Force on Civic Education de la Asociación Americana de Ciencias Políticas, “que los presentes niveles de conocimiento político, implicación política y entusiasmo político son tan bajos como para amenazar la vitalidad y la estabilidad de la política democrática en Estados Unidos”. La apatía cívica, especialmente entre los jóvenes, es hoy la norma. La mayor parte de los estudiantes universitarios no vota, no se implica en campañas políticas, y no sigue temas públicos.
Mientras la sangre y los fondos americanos son sacrificados para alimentar la libertad y la democracia en el extranjero, las habilidades cívicas de las que dependen nuestra libertad y nuestra democracia se evaporan lentamente. Quizá John Wiley & Sons debería añadir un título más a su extensa lista: “Supervivencia democrática para tontos”.
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Jeff Jacoby es columnista de The Boston Globe.
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