“El año pasado, en la sala y pasillos de ese foro diplomático, los funcionarios y agentes castristas se burlaron del protocolo una vez más y perpetraron golpizas, insultos y actos de intimidación típicos de los regímenes dictatoriales y tiránicos. A mí ellos me vejaron y me golpearon públicamente amparados en su inmunidad diplomática.”
Guillermo Estévez
En estos días tendrá lugar un vez más, en la reunión No. 61 de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas en Ginebra, una consideración de las violaciones de los derechos humanos y las libertades fundamentales en Cuba. El año pasado, en la sala y pasillos de ese foro diplomático, los funcionarios y agentes castristas se burlaron del protocolo una vez más y perpetraron golpizas, insultos y actos de intimidación típicos de los regímenes dictatoriales y tiránicos. A mí ellos me vejaron y me golpearon públicamente amparados en su inmunidad diplomática. Pero como bien dijera el embajador de Estados Unidos ante la Comisión, los diplomáticos cubanos no tienen inmunidad criminal.
Durante más de 13 años, he asistido a las reuniones de la Comisión de Derechos Humanos en Ginebra. Allí he denunciado las violaciones de derechos humanos y, en particular, de las libertades fundamentales (libertad de expresión, prensa, reunión, asociación y opinión) que son sistemáticamente violadas por la dictadura totalitaria de Fidel Castro y el partido; y he ayudado a personas y a organizaciones no gubernamentales (ONG) a testificar en contra de ese régimen. Cada año que voy a Ginebra, hablo por los que no tienen voz (víctimas, presos, pueblo); denuncio al régimen que oprime a mi país hace casi medio siglo y cabildeo con los embajadores para lograr condenas al sistema cubano por sus múltiples violaciones, abusos, torturas y terror.
El 15 de abril de 2004 me tocó protagonizar un capítulo único, histórico, emotivo y pacífico. En el inmenso salón de la Comisión de Derechos Humanos, atestado de personas hasta en los pasillos, ante la presencia de embajadores y delegaciones de 191 naciones (entre ellas los 53 países miembros de la Comisión), de decenas de miembros de ONGs y de muchos observadores, tras anunciarse que había sido aprobada la resolución en el Punto 9 contra el gobierno de Cuba por violar los derechos humanos y las libertades de un pueblo, hubo unos segundos de solemne silencio diplomático dictado por respeto al protocolo. En medio de ese silencio, clamé a toda voz el lema de nuestros independentistas del siglo XIX: “!Viva Cuba Libre!”… y luego de una pausa: “!Abajo Castro!”
Mi expresión, aunque emotiva, fue cívica y pacífica; a la vez que producto de los años de frustración frente a las amenazas, humillaciones, ofensas y hasta agresiones físicas de los agentes del régimen que, disfrazados de diplomáticos cubanos, se manifiestan en los salones y pasillos de la Comisión contra cualquiera que vaya allí a denunciar pacíficamente al régimen que representan. Estos miembros de la delegación cubana se me abalanzaron como una jauría para “castigarme” por lo que deben haber considerado una insolencia.
Los guardias de las Naciones Unidas intentaron protegerme; pero los diplomáticos-policías cubanos, expertos en castigos corporales, llegaron a golpearme en el cuello y en las piernas con patadas a pesar de la diligencia de los guardias que, oportunamente, fueron socorridos con refuerzos, me movieron de un sitio a otro y, finalmente, me mantuvieron protegido de espaldas al mostrador de entrada. Cuando esta jauría vio que ya no podría alcanzarme, se alejó en busca de otras víctimas. Muchos delegados de diversos países pasaban a la salida por delante de donde yo estaba detenido y me saludaban, me hacían el signo de la victoria y me felicitaban. Muchos me manifestaban verbalmente su alegría y otros me congratulaban por haber denunciado al régimen de Cuba durante el pleno de la asamblea.
Los esbirros cubanos estaban frenéticos, ciegos de ira. Habían perdido la votación, los habían denunciado y desnudado a toda voz en el mero centro de la sesión plenaria de la Comisión de Derechos Humanos, y no habían podido vengarse todavía lo suficiente en su estilo habitual de matones. Aún precisaban de otra víctima. Alrededor de media hora después, al activista de derechos humanos Frank Calzón, al pie de una escalera rodante, le propinaron un golpe contundente en la cabeza cayendo inconsciente. Otro acto delictivo de los diplomáticos cubanos que, al parecer, creen disfrutar de inmunidad criminal. Lo demás es crónica para la historia.
Fuente: Diario de las Américas
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