Parece una ironía: el proceso de sustituir con tecnología a la fuerza de trabajo humana elevó nuestro estándar de vida a niveles jamás alcanzados.
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Jueves, 19 de febrero 2026
Parece una ironía: el proceso de sustituir con tecnología a la fuerza de trabajo humana elevó nuestro estándar de vida a niveles jamás alcanzados.
editorial
El temor a la pérdida de empleos en la industria textil europea en 2005 con
motivo de la eliminación de cuotas de importación nos recuerda cuánto solemos
idealizar los puestos de trabajo en el sector manufacturero y cuánto
menospreciamos al sector servicios. Nos identificamos con los obreros de la
industria vestidos con sus monos de trabajo, robustos y sudorosos con los
overoles impregnados de aceite. Tendemos a sentir compasión por esos hombres
laboriosos que inmortalizó Charles Chaplin en Tiempos Modernos y a
quienes Henry Ford deseaba hacer felices vendiéndoles automóviles que pudieran
comprar.
Dado la fuerza visual de estas imágenes, tendemos a pensar que
el sector servicios “no produce” nada, como dicen sus críticos más acérrimos. A
simple vista, Seur o UPS mueven paquetes de un lado a otro aunque en realidad,
están haciendo que el mundo sea más pequeño, lo cual es extraordinario. Pero
nadie sale a quemar neumáticos cuando una de estas empresas cierra sus puertas
ni la SEPI sale a su rescate con dinero fresco.
Podemos comprender lo que
ha cambiado el mundo con un simple ejemplo: las llamadas de larga distancia. En
1920, una llamada desde Nueva York a Los Ángeles costaba 26 dólares el minuto.
Hoy, con una tarjeta, es casi gratis. Y 26 dólares en 1920 eran, si hacemos bien
las cuentas, 287 dólares de hoy. Esa misma transformación la estamos
presenciando en el sector textil con la invasión de artículos asiáticos, gracias
a la cual hoy se pueden adquirir camisetas, calcetines y ropa interior a precios
bajísimos.
La tecnología ha substituido a ese ejército de mujeres que
conectaban telefónicamente a las dos ciudades. Nos duele que mucha gente vaya a
perder sus empleos porque sus empresas han sido superadas por otras más
eficientes y competitivas. En España se prevé hasta 20.000 recortes de empleos.
Además, prevén que desparezcan 400 empresas, el número más alto de los últimos
años, sobre todo en zonas del centro y el sur de España, especializadas en mano
de obra intensiva y que no pueden competir con los precios más bajos que ofrece
Marruecos o Túnez ni con los muchos más rebajados de los productos chinos.
Según la Organización Internacional del Trabajo, el gran problema es que
prácticamente ningún país se preparó a tiempo para el final de las cuotas,
aunque algunos han solicitado en los últimos meses apoyo al organismo
internacional para poner en marcha programas que permitan paliar su temido
impacto social. Pero no podemos entender este complejo escenario si nos quedamos
sólo contemplándolo desde la compasión y la solidaridad.
La
deslocalización empresarial nos debe hacer entender que los empleos no son
beneficios; son costos. La cuestión no reside en “crear
puestos de trabajo” como pregonan nuestros políticos sino en saber qué puestos
de trabajo crear y eso sólo lo pueden ir descubriendo los empresarios. Si
hubiéramos dejado que nadie pierda sus empleos allá por los años ´20, el mundo
de hoy sería tan obsoleto que nos sería imposible reconocerlo. Pero no fue así,
y gracias a que dejamos que la tecnología se imponga, miles de nuevas industrias
fueron concebidas generando millones de nuevos puestos de trabajo.
Parece una ironía, pero lejos de cumplirse los malos augurios de los
futurólogos, el proceso de sustituir con tecnología a la fuerza de trabajo
humana mejoró nuestro estándar de vida a niveles jamás alcanzados. Miles de
personas perderán sus empleos de aquí en más pero mejor que no culpen a los
chinos por estar en el paro sino a quienes los sumieron con ayudas y subsidios
en el más profundo letargo. Hoy despiertan, y, de golpe, se dan cuenta que el
mundo ha cambiado.
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