“Vivimos bajo un sistema que promueve la perversidad y en el que al final del día rige la Ley de Herodes, más no el Estado de Derecho.Como dice Álvaro Vargas Llosa, las mal llamadas reformas “neoliberales” de los 90s no fueron ni remotamente cercanas o similares a lo que serían unas verdaderas reformas liberales.”
Democracia
Vivimos bajo un sistema que promueve la perversidad y en el que al final del día
rige la Ley de Herodes, más no el Estado de Derecho.Como dice Álvaro Vargas
Llosa, las mal llamadas reformas “neoliberales” de los 90s no fueron ni
remotamente cercanas o similares a lo que serían unas verdaderas reformas
liberales.
En su libro “Rumbo a La Libertad” él explica que el problema
de raíz fue ignorado y que por lo tanto las reformas neoliberales de los 90s
estaban condenadas desde su inicio. Por ejemplo, cuando se privatizó, no se lo
hizo devolviéndoles a los ciudadanos una porción de lo que había sido propiedad
pública para que luego ellos decidiesen que hacer con ella, sino que se confirió
monopolios privados en lugar de los estatales.
En Ecuador y Venezuela,
la degeneración de sus precarias democracias es evidencia de que nunca se
extinguió el estatismo en Latinoamérica. El alma de este quedó empotrada en casi
todas las cartas políticas Latinoamericanas. No nos debería sorprender ya que
todas las constituciones latinoamericanas fueron compuestas por unas politizadas
asambleas constitucionales que resultaron en constituciones que redistribuían
riqueza y repartía privilegios y colocaban al estado como el administrador
máximo. De entrada, las elites de la independencia se aseguraron de que no surja
aquí ese motor del desarrollo que tanto nos ha faltado: el estado de derecho.
Hasta cuando seguiremos creyendo que el problema está en los individuos,
que hay algo inherentemente malvado dentro de cada uno de nosotros y que un
gigantesco Leviathan debe ser conferido el poder absoluto de protegernos hasta
de nosotros mismos. Y una vez que este gigante adquiera ese poder absoluto, ¿Qué
poder en el cielo o en la tierra nos garantizará nuestra libertad? Nadie ni
nada.Cuando los abusos y el caos llegan a un punto de ebullición, es ahí cuando
tenemos que presionar por las reformas verdaderas. Es evidente que la actual
constitución del Ecuador es tácitamente una carta muerta.
En el Ecuador
de hoy, “todo vale”. Para restaurar la estabilidad política de una vez por todas
y regresar a un estado en el que nuestra democracia y nuestras libertades
individuales no corran peligro es necesario hacer un “borrón y cuenta nueva”.
Valiéndome de un proyecto realizado por el Dr. Manuel Ayau de la
Universidad Marroquín de Guatemala, me atrevo a proponer una reforma a la
Constitución ecuatoriana, mediante la substitución de su contenido, y llegar a
una de principios, en la que se limiten las funciones del estado, que hoy se
pretende que haga casi de todo, se asegure la independencia de poderes, y por
derivación se fortalezcan los derechos de propiedad y libertades individuales.La
decisión la tomarían los ecuatorianos votando en las urnas como lo hicieron en
1978 más no para cambiar la constitución, si no reformar la actual mediante la
substitución de su contenido. A las potenciales objeciones de que este documento
no ha sido compuesto por personas que representen los intereses de las diversas
regiones y etnias del Ecuador les recuerdo que en una constitución de principios
se asume que todos los individuos son iguales ante la ley, por ende, no habría
necesidad ni se debiera permitir que se confieran en esta derechos colectivos o
especiales para cierto individuo o grupo de individuos.Muchos dirán que es poco
probable que una nueva constitución cambie las cosas ya que después de 21
constituciones en Ecuador nada ha cambiado.
Pero he aquí la gran
diferencia, esta constitución es una de principios que no está a la merced de la
calidad moral de los individuos que lleguen al poder sino que está simplemente a
la merced de la ley natural—ante la cual todos los individuos son tratados por
igual y todos tienen derecho a la vida, a la propiedad, y a la felicidad como
ellos la definan. Sería similar al experimento constitucional liberal de Juan
Bautista Alberdi en el bien llamado medio siglo de oro de Argentina. La
constitución de Alberdi ha sido reconocida por muchos como el fundamental motor
de crecimiento de la Argentina que a vísperas del siglo XX rivalizó a EE.UU. por
el dominio económico del hemisferio del oeste.
Un requisito mínimo para
el progreso es tener una constitución que no impida la primacía del estado de
derecho. Delegar derechos colectivos y redistribuir la riqueza como nuestras
constituciones lo han hecho es un modelo predestinado a fallar.
Fuente:
El Comercio – Ecuador
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