Europa, Pensamiento y Cultura

El fatal divorcio entre paz y libertad

Estamos a las puertas de conmemorar los 70 años del fin de la Segunda Guerra Mundial, que en Europa concluyó en mayo y en Asia, definitivamente, en agosto. Y no es, bien sabemos, la única conmemoración cercana referida a los conflictos mundiales.

Y no es, bien sabemos, la única conmemoración cercana referida a los conflictos mundiales. El año pasado se cumplían los 100 años del inicio de la Primera Guerra Mundial. La suma de ambas guerras fue de cerca de 100 millones de bajas, entre civiles y militares. Además de la irreparable pérdida de vidas humanas, la destrucción material fue incalculable. Todas las fuerzas productivas de las naciones se centraron en la industria de muerte y destrucción masiva. El aparato estatal creció en los países beligerantes de una forma nunca antes vista y se instauró un nuevo orden mundial basado en el equilibrio de la amenaza nuclear.
 
El célebre historiador Hugh Trevor-Roper dijo en 1954 que “es instructivo comparar la Primera Guerra Mundial con la Segunda […] La primera guerra marcó un cambio mucho más grande en la Historia. Cerró una larga era de paz general y dio comienzo a una nueva era de violencia de la cual la segunda guerra es sencillamente un episodio […]  Así, la Primera Guerra Mundial marca un punto de viraje en la historia moderna”.

Esto refuerza la idea de que ambos conflictos son una sola “Guerra de los 31 años” (evocando a la Guerra de los 30 años, que aconteció en Europa tres siglos antes por motivos religiosos y que guardó parecidos efectos traumáticos sobre la población), una guerra en dos episodios, pero ¿a qué era de paz general se refiere Trevor-Roper? ¿Cuáles son las causas y principios que permitieron el desarrollo y transición de las eras de paz y violencia?
 

Concluidas las guerras napoleónicas, las potencias europeas se reunieron en Viena con el fin de restaurar el orden anterior en base a equilibrios de poderes y tapones a Francia. Esto, sumado a los inicios de la segunda Revolución Industrial, dio pie a nuevas relaciones económicas internacionales que exigían mayor comunicación y cooperación. Y afortunadamente, el consenso intelectual y político de la época fue proclive a la Libertad. Para 1860 se cierra un tratado de libre comercio entre Gran Bretaña y Francia gracias a las gestiones de los políticos liberales Cobden y Chevalier, respectivamente, apoyadas inclusive por el mismo emperador Napoleón III. ¡Los históricos archirrivales de Europa se entendían en libre intercambio! La reacción en el resto de países fue acorde a este hecho inédito, y prontamente proliferaron los tratados de libre comercio entre todos, los que propició un orden internacional de libertad económica y, con ello, la más estable paz y prosperidad que conociera el continente.
 
Pero no fue el Fin de la Historia. Un nuevo estado nacional, Alemania, surgía unificado por el acero, marcado fuertemente por el histórico carácter militar del Estado gestor de su unión, Prusia. El estadista prusiano Otto von Bismarck aseguró la existencia del nuevo Estado gracias a su habilidad diplomática, creando redes que lo protegían y que aislaban a Francia, su rival. Su idea era lograr para Alemania un espacio entre las potencias, pero de forma equilibrada. Esto acabó con la llegada del Káiser Guillermo II, quien pretendió dar a su Estado un puesto de exclusiva superpotencia europea siguiendo una política agresiva. Y para tal propósito escogió un modelo mercantilista de crecimiento económico proteccionista de la industria nacional y cerrado al comercio internacional.
 
Los demás países resintieron esta nueva política. Erradamente comenzaron a adoptar medidas parecidas.

Y sentían que debían resguardarse del acelerado crecimiento militar de Alemania. El comercio, que tanto contribuye a la paz de los pueblos, comenzó a sufrir con estas medidas mercantilistas. La paz se relativizó, produciéndose aquí el gran quiebre entre las dos eras en cuestión de la historia contemporánea: Cuando la paz dejó de depender de la libertad económica que propiciaba la cooperación entre los pueblos y comenzó a depender de quien se atrevía a disparar primero, cuando se convirtió en “Paz Armada”. Y, como se le atribuye a Frederik Bastiat, correligionario de Chevalier, “si los bienes no cruzan las fronteras, lo harán los soldados”.

Toda la muerte y miseria que vino a continuación es harto conocida.
 

Será importante conmemorar esta fecha con la lección que las dos conflagraciones mundiales dejaron para la posteridad: La verdadera paz se sostiene con la libertad y al mismo tiempo la refuerza, porque ambas requieren del entendimiento, del respeto y de la cooperación entre personas y pueblos. Por tanto, aprendamos que, en cualquier escenario en que la paz se divorcie de la libertad, el desenlace será fatal. 

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